Berta Marsé ha publicado Encargo, su primera novela.

Berta Marsé: “soy cuentista por vocación”

Le halaga que en su escritura se perfile larga la sombra de Juan Marsé. Escribe desde que tiene uso de razón, pero su prudencia y el apabullante ejemplo de su padre le aconsejaron no publicar hasta que su literatura estuviera madura. El cuento es su registro, pero he aquí su primera novela, Encargo: tiene la intensidad y el ritmo del relato y se bebe como un gran reserva: degustando pero de un tirón hasta acabar la botella.

Que la vida se iba volviendo rara lo había intuido Berta Marsé sin darse cuenta. Se lee en la primera novela de esta “cuentista por vocación”. Encargo (ed. Anagrama), una nouvelle (novela corta) de largo recorrido pero impregnada del ritmo y la intensidad del relato, que es su hábitat (es autora de los breviarios En jaque y Fantasías animadas). Escribió la novela con mucho esfuerzo peleando contra el tiempo que se le escurría en los años tal vez más complicados de su vida (Barcelona, 1969): la enfermedad de sus padres, la muerte del gran Marsé (el escritor falleció el pasado 18 de julio, una fecha que es como una broma del destino), y otros asuntos personales que le pusieron la vida del revés a “la Marsé”.

“Y ahora que tengo tiempo, que mi padre ya no está —dice con visible pesar—, me cuesta más concentrarme: no hay manera, me desconcierta la incertidumbre. Tenemos tiempo, sí, pero nos han quitado el espacio”. No hablaremos más del asunto: “Esto que hoy sucede (la pandemia), tardará tiempo en manifestase literariamente; necesita tiempo, al menos para mí”; y aunque muchos enseguida se hayan lanzado a escribir, ella no, no es así su carácter ni la génesis de su literatura, demasiado raro y brutal para una lectura rápida.

 

Berta Marsé, analista de guiones cinematográficos y lectora editorial, camina con los oídos bien aguzados y una libreta siempre a mano, donde apunta “frases, anécdotas y sobre todo diálogos y situaciones que me hacen gracia, porque el humor me parece esencial, siempre”. Ha echado mano de un brevísimo suceso que le acaeció con 22 años, apuntado y guardado en uno de sus mil cuadernos, que en cuestión de segundos pudo arruinar o acabar con su vida. A salvo por gracia del azar, en torno a aquellas décimas de segundo ha construido una historia que te agarra a las páginas y no te da respiro hasta el también inesperado final. Entre medias, un preciosista mosaico de historias de barrio y personajes al límite que, inevitable, retrotraen a la Ronda del Guinardó, y de ahí calle abajo hasta llegar a Sant Antoni, donde encontramos su personaje bicéfalo, Yesi o Desi, Desi o Yesi. Conversamos de mañana, pantallas interpuestas.

— No será casual que las historias más interesantes que hoy se publican se refieran a personajes y situaciones al borde de la demencia, ¿esa chifladura que también recorre su novela, no se parece cada vez más a la vida real?

— Habría que preguntárselo a los especialistas en locura. Lo mío es ficción pura.

— Ficción que has escrito rompiendo las fronteras entre relato y novela, guión de serie y largometraje, ¿es posible concebir hoy la creación sin ese ritmo del relato y la miniserie?

— Es el ritmo que yo elijo, soy cuentista vocacional. Esto iba a ser un relato pero se alargó, manteniendo la intensidad y el ritmo de la escritura corta. Me siento cómoda en el registro del cuento, es lo que más me gusta leer y también, escribir. Por descontado que el cine influye en todo lo que hago.

— Talleres, grupos de terapia y más talleres, ¿nos quieren ocupados como si sufriéramos todos un trastorno límite?

— Bueno, yo no he ido a ningún taller, nunca; supongo que habrá de todo en esos grupos de trabajo, y que habrá a quienes les resulten útiles.

Berta Marsé anota en una libreta anécdotas y vivencias de su día a día.

— Sin duda, novelas cosidas con puntadas al aire, pero que luego ganan premios como el Planeta y otros. ¿Qué vas a decir cuando te ofrezcan el Planeta, o acaso ya ha sucedido?

— Sería buenísimo porque económicamente me arreglaría la vida, pero me plantearía un dilema, casi prefiero que no me planteen algo así. Además, algo así no sucederá, porque ahora se va a publicar un libro póstumo de mi padre, un diario que escribió durante el año que fue jurado del Planeta, el 2004, donde cuenta precisamente lo que acabas de decir: cómo esas novelas dejan las costuras a la vista. Aquellos comentarios y su dimisión en 2005 hicieron saltar el premio por los aires y no creo que ahora les interese yo, suficiente con un Marsé. Por otro lado, mi estilo no encaja mucho, no creo que lo que yo escribo sea para el gran público y, dada la cuantía del premio supongo que tendrán que vender mucho.

— A propósito de Encargo se ha señalado tu capacidad para crear sospecha, la evitación de lo evidente, una estructura como fuego de artificio, hibridación de géneros, sencillez extrema… ¿Cuánto trabajo hay detrás?

— Muchísimo. Pero todo eso que dices… aprendo cosas nuevas sobre mi propio trabajo. Escribo bastante por instinto, por tanto no son decisiones meditadas. No soy consciente de evitar lo evidente ni de buscar la sencillez extrema. Escribo y luego suprimo lo que no es esencial, que es lo más doloroso, sin duda: prescindir de fragmentos que te gustan pero que dispersan la atención.

— Seguro que habías escrito mucho más en torno a esa galería de personajes carcelarios, ¿me confundo?

— No, había escrito mucho más de lo que finalmente he dejado, y especialmente había desarrollado esa parte de la cárcel. Pero esto ocurre siempre, y duele, pero es importante hacerlo. He dejado que los personajes secundarios se asomen pero se quedan ahí, tendría mucho más que contar de cada uno de ellos.

— Lo que sí has contado sobre ti misma es que vas por ahí con una libreta, siempre, donde apuntas lo que te llama la atención. ¿Como método de escritura?

— Sí, pero es algo que supongo hacen la mayoría de escritores. Tengo amigos que dicen “¡no le cuentes nada a la Berta que luego lo escribe!” Apunto frases, anécdotas, diálogos y, si algo me parece gracioso, enseguida lo registro, porque el humor para mí es esencial, especialmente en medio de la tragedia.

Portada del libro editado por Anagrama.

— Espero no desvelar nada inoportuno, pero sé que la novela parte de una de esas tantas anécdotas apuntadas en una libreta. ¿Cómo y cuándo sucedió?

— Tenía 22 años y vivía en el barrio de Sant Antoni (donde discurre el meollo de la novela), y una noche bajé a pasear al perro y… fue cuestión de segundos: enfrente de mí paró un cochazo y de él bajaron dos tipos trajeados, venían directos hacia mí pero uno de ellos paró al otro y le dijo “no, no, ésta no que lleva perro”, y rápido volvieron a montarse en el coche y desaparecieron. Fue como una bala que me pasara silbando. Y lo apunté. Aquel día estuvo a punto de sucederme algo seguramente fatal de lo que me libré por azar, pero quizá otra persona no se libró.

— Y tantos años después, ¿cómo es que recurriste a ese apunte?

— Vi en un periódico que se convocaba un concurso de relatos y busqué entre mis muchísimas libretas. Y encontré ésta: cuando la fatalidad te roza pero te libras. Empecé a escribir y apareció la Yesi, y ya entonces ni concurso ni nada. La escena abre un agujero negro que dura cinco años, pero la novela gira alrededor de ese vacío sin entrar en él: a Yesi no le interesa contar ni a Desi, saber.

— Berta, ¿te molesta mucho si te digo que no puedo evitar leer a Juan Marsé en tu novela? Esos episodios tejidos de barrio, una historia de microhistorias…

— ¡Al contrario, me encanta! Pero estoy lejísimos: su mundo es enorme, su historia y  su territorio, gigantescos, como los de toda esa generación que nació en plena guerra, que vivió la posguerra y el franquismo. Mi mundo es totalmente distinto, pero si en algo te recuerda al suyo, para mí es un elogio y un halago.

— “¡Lean a la Marsé!”, se apunta en la contra de tu novela (J.A. Muñoz, Revista de Letras), ¿te gusta que se diga algo así?

— Me parece estupendo, pero ni me había fijado. ¿Dónde dices que está eso, en la faja o en la contra? Porque de las fajas siempre me deshago.

— ¿Ha sido complejo ser hija de semejante monstruo de las letras y heredar su vocación?

— Nunca me he peleado contra su influencia: soy su hija y qué le voy a hacer. No, no me molesta que me lean como hija de Juan Marsé. De hecho, puedo decirte que siempre que he participado en Sant Jordi, de cada 10 mujeres que se acercan a la caseta, mujeres siempre, 9 lo hacen para decirme lo mucho que les ha gustado Últimas tardes con Teresa. Siempre se darán las comparaciones e incluso, prejuicios; pero si alguien se acerca o se aleja de mí por eso, pues vale. Lo llevo muy bien. Afortunadamente, soy la hija de Marsé.

La escritora ya está trabajando en su segunda novela.

— ¿Cómo fue el escritor como padre?

— Muy fácil. En contra de esa impresión de arisco que daba, mi padre era una persona muy accesible. Yo escribo desde que tengo uso de razón, pero la suerte es que no empecé a publicar hasta muy tarde, con 30 y pico. Y menos mal que no me dio por querer hacerlo con 20 años, porque mis relatos entonces estaban muy verdes.

— ¿Él te lo hubiera dicho?

— Sí, con seguridad me hubiera aconsejado que no publicara. Por eso digo que fue una suerte que ni lo intentara, que empezara tarde, tranquila, sin gran ambición y en una editorial como Anagrama, cuyo criterio es serio. Sí, fue una suerte ser discreta y tímida, porque cuando uno es joven no tiene ni mundo ni estilo propios, y mientras busca, copia o emula a sus escritores: yo lo hacía con Poe, que me tenía fascinada.

— Berta, ¿has conocido a muchos para quienes el resentimiento es el motor de sus vidas?

— No especialmente, pero si lo preguntas refiriéndote a Desi, no creo que sea solo resentimiento lo que mueve su vida, también hay amor y odio. Y a la postre, no se sabe si actúa por venganza o por compasión. Lo que está claro es que no lo hace a sangre fría.

— La consabida: ¿sigues en la novela o has vuelto al cuento? ¿Próxima entrega?

— Pues mira pensaba volver al cuento, tengo varios ya escritos para un volumen sobre viejos difíciles, que es un asunto que me atrae mucho. Pero estaba en ello cuando, en medio del confinamiento, se me cruzó una idea para otra novela corta que a mí misma me sorprendió tanto que ahí estoy. Aunque en esta situación me cuesta muchísimo concentrarme, como nos pasa a todos, supongo: tamaña incertidumbre hace que vivamos en el aire.

Ahí va Berta Marsé, haciendo y de puntillas por no tropezarse.