Óleo sobre tela. Autor: Jordi Jové*

Barcelona, donde los árboles son bellos

A los sesenta, Barcelona inició la consolidación de un cambio de luz -y por tanto, también de gama de colores- que venía de lejos. Esta consolidación coincidió con la distribución del butano, que supuso la democratización del calor en los hogares. Una energía barata, al alcance de los bolsillos de renta más baja, y duradera. Las estufas catalíticas pasaron a formar parte del mobiliario residencial, a conjunto con el televisor del salón. Una caricaturesca aproximación al Arte Pop que, al mismo tiempo, había estallado en Londres y Nueva York víctima de la expansión del movimiento de masas aplicado al lienzo.

Escribo desde casa. Desde una cabaña de escasos treinta metros cuadrados rodeada de muros de piedra seca. En soledad. Con las Suites para violonchelo de Bach de fondo. Hacía tiempo que no las escuchaba. Las he repescado a partir de uno de los poemas del monto de libros que me ayudan a concretar las ideas de este texto que tengo entre manos. Estos días de invierno, tacaños como un aljibe, transcurren según el manual: frío, lluvia y, de vez en cuando, viento. Dispongo de una estufa de leña como única fuente de calor. Y suerte tengo, porque sin ese calor, que es luz, no sabría ver la belleza de los acebuches.

 

La estufa me resulta familiar. Los abuelos, en el pueblo, tenían el mismo modelo. La tenían desde que terminaron la casa que él mismo, el abuelo, en los años sesenta fue construyendo con la ayuda de algún albañil los días que no trabajaba en la mina. En aquella época Barcelona iniciaba la consolidación de un cambio de luz —y, por tanto, también, de gama de colores— que venía de lejos.


Esta consolidación coincidió con la aparición de cotidianidades peculiares como, por ejemplo, la distribución del butano, que supuso la democratización del calor en los hogares. Una energía barata, al alcance de los bolsillos de renta más baja, y duradera. Las estufas catalíticas pasaron a formar parte del mobiliario residencial, a conjunto con el televisor del salón. Y las calles vivían la escena que todavía se puede ver en algunos pueblos y barrios, la del montón de bombonas ordenadas por hileras, al tiempo que, vestido con el clásico mono, el butanero tocaba el claxon del camión sin reservas; una caricaturesca aproximación al Arte Pop que, al mismo tiempo, había estallado en Londres y Nueva York, víctima de la expansión del movimiento de masas aplicado al lienzo.

El poeta Ponç Pons hace una pincelada en su último libro, Els ullastres de Manhattan (Quaderns Crema, 2020), cuando nos acerca a las sensaciones que le despertó el MOMA, probablemente la catedral del movimiento encabezado por Warhol, Mel Ramos, Lichtenstein y compañía. Dice Pons, del MOMA, que es un centro de reanimación neuronal, y lo remata trasladándonos al inicio del espíritu consumista, también coincidente con la consolidación del cambio de luz y color en ciudades como Barcelona, ​​citando un verso del poeta Pedro Salinas: cuantas más luces hay, más hay, de dudas! Salinas, de alguna manera, supone la deshumanización de la sociedad a costa de incrementar las comodidades.

Óleo sobre tela. Autor: Jordi Jové

Los abuelos tuvieron la salamandra hasta entrados los años noventa, cuando instalaron la calefacción. Y la estufa acabó, por piezas, en el trastero del almacén. Cuando un hogar se calienta con leña o carbón el ardor es sensacionalmente sobrecogedor. Más que si se calienta con gas o electricidad. El calor de la leña o el carbón envuelve como la fiebre. Invoca el sueño e invita, sobre todo estos días que llueve día sí y día también, a yacer y leer adormeciéndose despacio.

Redescubrir la ciudad desde el detalle histórico y el anecdotario

Como comentaba al principio, sobre el escritorio tengo varios libros que me ayudan a concretar las imágenes que he configurado para el artículo. La cubierta de uno de estos libros parece una radiografía exacta de este atardecer. El color violeta, uniforme, incorpora una franja en la parte baja. La franja reproduce la fotografía de un día de invierno cenizo en una ciudad que podría ser Barcelona y que, por los coches que se ven —el incremento de modelos y colores en el caso de los vehículos es una muestra más de la consolidación de la nueva paleta de luces de la ciudad— debería rondar los años que nos ocupan.

El calor de la leña o el carbón envuelve como la fiebre. Invoca el sueño e invita, sobre todo estos días que llueve día sí y día también, a yacer y leer adormeciéndose despacio

En Barcelona los hogares comienzan a calentarse de manera semi industrial coincidiendo con los primeros edificios del Eixample, un periodo complejo como explica el periodista y escritor Enric Calpena en Barcelona. Una biografia (Edicions 62, 2015). Un libro delicioso y imperdible para aquellos que quieran redescubrir la ciudad desde el detalle histórico y el anecdotario. A mediados del siglo XIX Barcelona era un polvorín de tensión social y económica. La gente estaba hasta arriba de los moderados, lo que provocó la articulación, contra natura, de carlistas, progresistas y republicanos. En ese momento la población llegaba a las doscientas mil personas. Todas ellas encerradas en las propias murallas de la ciudad, dando pie a una de las aglomeraciones más elevadas de Europa. Los muros comportaban una concentración de problemas inaudita. El ambiente era sórdido, infecto, hasta el punto de irrespirable en muchos casos. Y gris, sin luz, sin color.

El cambio de régimen propició que el consistorio se apresurara a promover el derribo de las murallas. Pero para llegar a este punto hubo una serie de tiras y aflojas. Primero derrumbaron una parte, luego la quisieron reconstruir, pero se dieron cuenta de lo absurdo y detuvieron el proyecto hasta conocer cómo y de qué manera debía crecer la ciudad. Y así fue como el Ayuntamiento se decantó, de manera entusiasta, por un proyecto de expansión radial del arquitecto Rovira i Trias, inspirado en urbes como París o el distrito de Westminster de Londres. Pero Madrid impuso al otro candidato, Idelfons Cerdà, que por el hecho de haber estudiado ingeniería gozaba de ciertas ventajas y privilegios entre el funcionariado madrileño.

El Eixample de Cerdà

Aún así, el nuevo Eixample, no fue como lo imaginaba Cerdà. En el libro Barcelona. Una biografia, Enric Calpena también detalla qué se tuvo en cuenta a la hora de construir los nuevos edificios del Eixample: buena parte de estos constaban de una escalera central que distribuía a los diferentes pisos. El entresuelo estaba pensado para oficinas o bien como vivienda para el servicio de los propietarios del principal, que solían ser los dueños de todo el edificio. Los pisos más o menos lujosos, en vez de balcón, a veces incorporaban una galería o, como se dice en menorquín, boinder. En ese momento el lavabo —la comuna— era un agujero dispuesto en una de las puntas de la galería interior. Era donde también se disponían las chimeneas de las cocinas económicas, que funcionaban con carbón, como también funcionaban las estufas que calentaban algún rincón del hogar. El humo de las estufas también se orientaba al patio interior. Entre unas circunstancias y las otras el patio interior era un estercolero considerable.

El carbón que se utilizaba para la cocina económica y la estufa, se almacenaba en el semisótano, espacio que hoy en día ocupan algunos establecimientos comerciales o pubs como Les genes que j’aime, en la calle Valencia, entre Passatge dels Camps Elisis y Pau Claris. Unos años más adelante, en estos mismos espacios del subsuelo, se instalaron las primeras calderas que alimentaban los radiadores de hierro fundido. Y es de esta manera es como aparecen las primeras calefacciones, exclusivas para los pisos de las familias acomodadas.

Óleo sobre tela. Autor: Jordi Jové

Conversando con el artista Jordi Jové, este me hace notar que mientras tanto, en el mundo, la proliferación del pigmento de forma industrializada facilitaba la aparición de movimientos pictóricos con el color como elemento radical. Los primeros movimientos que se vierten a buscar la luz afuera, o que se trasladan a lugares donde la luz aporta una nueva magnitud, son el impresionismo y el postimpresionismo, como es el caso de Van Gogh, que se muda a Arlés. Recrean los mismos paisajes a diferentes horas del día y diferentes épocas del año para reconocer que el cambio de luz implica cambio en la percepción del color.

La luz pasó a ser adorada, a diferencia de antes, cuando el color era escaso. Sobre todo el azul, porque era raro. Era complicado de encontrar en la naturaleza. Tanto era así que en contratos de compraventa renacentistas los pagos se hacían con oro o con color azul, que denotaba nivel aristocrático y representaba el cielo y toda la liturgia que le rodea. De todas maneras es el fauvismo francés y el expresionismo alemán quien consolida este cambio. En cuestión de dos o tres décadas, la vida estalló en intensidad.

Los primeros movimientos que se vierten a buscar la luz afuera, o que se trasladan a lugares donde la luz aporta una nueva magnitud, son el impresionismo y el postimpresionismo

En paralelo, la adoración por la luz se popularizó en toda Europa. Y lo hizo mediante diversas grietas, como, por ejemplo, la aparición de las primeras cámaras Kodak, sesenta años más tarde del nacimiento de la fotografía: usted pulsa el botón, nosotros hacemos el resto, decía el eslogan.

Barcelona ha consolidado pasos enormes para exponerse a la luz y sigue luchando en esta dirección porque sabe que la circulación de la luz es higiene. Es ensalzar el color. Y el color es emoción y es belleza. Debido al emplazamiento geográfico, esta es una asignatura que le acompañará siempre. En Els ullastres de Manhattan, Ponç Pons nos recuerda que, según Tomás de Aquino, la belleza requiere de perfección, armonía y luminosidad. Y que a pesar del ritmo invasivo de los coches y no poder disfrutar del silencio, en la vida urbana, un poco de calor hace que todos los árboles sean bellos.


* Jordi Jové. Pintor y profesor de Dibujo. Algunas exposiciones destacables en este últimos años: la colectiva DelicARTessen 2020-2021 en la Galería Esther Montoriol de Barcelona. In Yellow Wood, 2015 en la galería Quilu Arte Espace de Shanghai (China) conjuntamente con la fotógrafa Espe Pons. En 2015 recibió el 1er. Premio del LIII Concurso Internacional de Dibujo de la Fundación Ynglada – Guillot de Barcelona, ​​y en 2016 fue Finalista de la sexta edición del Premio de Pintura de la Fundació Vila Casas, Barcelona.

Jordi Jové apuesta por una pintura retiniana, en el sentido del disfrute o enorme placer que supone reconocer, en todo cuadro, el encuentro entre forma, color y gesto. Reconstruyendo este camino de tanteos, de certezas, de errores y de enmiendas que el pintor va tejiendo, como si de un gran palimpsesto se tratara. Jordi Jové afirma que cualquier decisión estética conlleva un posicionamiento ético y moral que es fundamental en toda obra artística y en el ejercicio de la libertad individual.