Polémicas, verdades y mentiras sobre el ‘dress code’ en Barcelona

Una compañera dice que ha aprovechado las rebajas para irse a comprar ropa para ir al trabajo, con la particularidad que, durante las próximas semanas, la pandemia la obligará a trabajar desde casa. Explica que no quiere que le vuelva a ocurrir como cuando tuvo que teletrabajar por primera vez, en marzo del año pasado, y se pasaba todo el día en pijama. Se ha propuesto vestirse y arreglarse cada día para ponerse a trabajar, aunque lo haga desde casa y no tenga que verla nadie.

 

Después hemos hablado de Bridgerton, la serie de época estrenada recientemente por Netflix con gran éxito. Para los que no la hayáis visto, os diré que Bridgerton es un divertimento ambientado en la alta sociedad de Londres durante la Regencia. La productora Shonda Rhimes, que tiene mucha vista, se ha tomado una serie de licencias dramáticas que restan rigor histórico a la producción, pero a los millones de fans que han disfrutado con todo lo que tiene de excesivo y extravagante les da absolutamente lo mismo.


Escena de Bridgerton, una de les series de moda en Netflix.

Uno de los atractivos de Bridgerton es su vestuario: increíbles vestidos de baile, joyas desmesuradas, tocados de plumas… La responsable es Ellen Mirojnick, diseñadora de vestuario de películas míticas como Instinto básico o Behind the Candelabra, ¿ya veis por donde van los tiros verdad? Barroquismo y sensualidad a raudales. Me atrevo a decir que en esta época tan gris que nos toca vivir —teletrabajo en pijama y chándal y sin poder ir prácticamente a ningún sitio—, apreciamos todavía más una serie en la que los personajes visten estupendamente —pobre de quien no siga el dress code—y encadenan bailes y recepciones reales con fiestas transgresoras y veladas operísticas.

En esta época tan gris que nos toca vivir —teletrabajo en pijama y chándal y sin poder ir prácticamente a ningún sitio—, apreciamos aún más una serie donde los personajes visten estupendamente y encadenan bailes con fiestas transgresoras y veladas operísticas

El dress code o código de vestimenta son una serie de normas y pautas que identifican el modo de vestir en determinadas ocasiones. En Occidente, se han ido relajando con el argumento de que el dress code es carca y elitista, aunque hay quien piensa que con lo de que todo el mundo vaya como quiera a cualquier sitio se nos ha ido un poco la mano. En 2009, el Gremi de Restauració pidió poder vetar la entrada a las personas que no llevaran camiseta, generalmente guiris, porque perjudicaba “la estética y el ambiente del local”. Dos años después, entrevisté para Catalunya Ràdio a Lluís Sans, gerente de las tiendas Santa Eulalia, quien me confirmaba que en Barcelona “desgraciadamente, se ha abusado un poco del casual“, un fenómeno que, si bien global, se daba especialmente en nuestra ciudad. Para Sans, no se trataba de vestir siempre formal sino con intencionalidad. O sea, que para ser elegantes no era necesario que pareciera que veníamos de tomar el aperitivo en el mítico Sandor.

La tienda de Santa Eulàlia en el Passeig de Gràcia.

Pero, en Barcelona, ¿​​realmente todo el mundo puede ir como quiera? Pues depende. Por ejemplo, la discoteca Twenties explica en su web que “saber cómo vestirse es clave para no tener problemas para entrar en la mayoría de las discotecas de moda de la ciudad condal” y detalla cómo hacerlo para evitar “que algún portero te haga pasar un mal rato”. A continuación, enumera como deben vestir los chicos y las chicas. En el caso de ellas, añade: “Si tienes el cabello rapado, muy corto o de algún color poco común, a veces puede ser motivo en algunas discotecas chic de la ciudad para no dejarte pasar”. Y recomienda: “Si es tu caso, aplícate un poco más para que no se fijen”. ¿Poniéndote un sombrero? ¿Una peluca? No dice cómo.

En Occidente, las normas de vestimenta se han ido relajando con el argumento de que el dress code es carca y elitista, aunque hay quien piensa que con lo de que todo el mundo vaya como quiera se nos ha ido la mano

Paradójicamente, en el Gran Teatre del Liceu —para algunas personas, el colmo del elitismo, especialmente para las que nunca han puesto los pies en él— no hay código de vestimenta. De hecho, teatros operísticos de todo el mundo llevan años luchando para quitarse de encima esta etiqueta. Sin ir más lejos, hace unos años The English National Opera puso en marcha una campaña protagonizada por Damon Albarn (Blur, Gorillaz) y Terry Gilliam (ex-Monty Phyton) para demostrar que la lírica no era un espectáculo ramplón para viejos millonarios vestidos de etiqueta. Rupert Myers, abogado y escritor, le dedicó una columna crítica con un título que ya es toda una declaración de intenciones: “No es elitista arreglarse para ir a la ópera” (The Guardian, 4 de octubre de 2012). Myers —citando el novelista David Mitchell— consideraba que para los hombres ponerse una americana es una forma tremendamente tranquilizadora de parecer inusualmente inteligentes —muy british todo ello— y que además es totalmente democrática porque puedes comprar una chaqueta en M&S por menos de lo que te cuestan unas zapatillas. Concluye que arreglarse forma parte de la experiencia de la ópera del mismo modo que los aficionados al fútbol o al rugby se visten con los mismos colores que los jugadores del terreno de juego.

O sea que vestirse, en cierto modo, es querer formar parte del espectáculo sea cual sea y se haga donde se haga.