Los guías de turismo habilitados como ejemplo de calidad

Uno de los engranajes más valiosos para alcanzar un turismo de calidad son los guías turísticos. Si queremos un relato correcto de lo que representa Barcelona en el exterior, la tarea de los guías turísticos deviene fundamental. El éxito de una ciudad turística no se basa solo en grandes campañas publicitarias. Hemos visto la decadencia de diferentes puertos de destino turístico, pese a las ingentes campañas promocionales empleadas por administraciones y agentes privados. Las campañas ayudan pero lo que separa el éxito del fracaso es la impresión de la persona que aterriza en una plaza turística y la valoración posterior que hace. El nivel de placer retrospectivo convertirá a este cliente turístico en prescriptor o no. Todos los expertos coinciden en que la mejor publicidad la hacen estos centenares de miles de prescriptores que, Covid-19 aparte, nos visitan año tras año. La calidad de los establecimientos turísticos, hoteles, restaurantes, cafeterías, terrazas, la seguridad en la calle, la organización de cara a la visita de museos, monumentos, parques… y los guías turísticos son los que marcan el grado de satisfacción de aquellos que nos han visitado.

Durante muchos años en Catalunya para convertirse en guía habilitado de turismo se tenía que ser licenciado o diplomado en Turismo y pasar una prueba oral y una escrita bastante exigentes que acreditasen el conocimiento del producto turístico de Barcelona y Catalunya, esto es, historia, historia del arte, cultura popular, tradiciones, gastronomía, literatura, entre otros temas. También había una prueba de idiomas, en la que se demostraba el nivel de catalán. Es decir, profesionales que podían explicar e interpretar a un turista qué es Barcelona con conocimiento. En este caso, entended esta palabra “conocimiento” con todos los significados: consciencia de lo que se está haciendo, transmitir la ciudad y el país a una persona que se interesa, y hacerlo con la preparación necesaria.

No obstante, desde la promulgación en 2006 de la Directiva europea de servicios, que proponía una mayor liberalización de la actividad económica, conocida como Directiva Bolkestein, todo se ha complicado. Desde 2012 la misma Generalitat ha hecho una lectura sesgada de la directiva en cuestión y en diferentes momentos se ha considerado que todo el mundo podía convertirse en guía turístico. Cualquiera sin una pizca de conocimiento de la ciudad puede ponerse delante de un grupo de ávidos turistas y explicar cualquier cosa. Los llamados free tours responden a este paradigma. De anécdotas sobre las barbaridades que sueltan algunos de estos supuestos guías hay a raudales. Tan sólo una muestra: a la pregunta de un turista anglosajón de por qué la Sagrada Familia estaba en obras, un desaprensivo respondió que fue bombardeada en la Segunda Guerra Mundial. ¿Cachondeo? ¿Sarcasmo? ¿O atrevida ignorancia?

El desorden en este momento tan delicado para el sector es que los guías habilitados por la Generalitat mediante el examen tienen que competir con los antes citados free tours y con los de otras comunidades autónomas a quien en los últimos años la Generalitat ha permitido convalidar su reconocimiento como guías oficiales, obtenido sin ningún examen y con titulaciones menos exigentes, lo que les ha permitido trabajar también en Catalunya. Ninguna de estas vías para obtener la habilitación de guía de turismo de Catalunya implica tener conocimiento de Barcelona y ya no digamos de Catalunya.

La Generalitat ha intentado solucionar este desorden con un decreto que entró en vigor el pasado 30 de junio y ya no se convalidan habilitaciones de guía conseguidas en otras comunidades autónomas. Sigue sin convocar las pruebas para guía habilitado pero en cambio se permite obtenerlo con un título de técnico superior de Turismo o un certificado de profesionalidad.

En Italia, por ejemplo, las competencias en turismo están traspasadas a las regiones y el carné de guía lo gestiona cada provincia. Se continúan haciendo exámenes y los guías no oficiales tienen prohibido explicar en la calle. En Florencia, incluso han prohibido los free tours.

Toda esta injusticia y falta de rigor liga poco con un turismo de calidad. Del mismo modo que exigimos que el hotel, el restaurante o el aeropuerto funcionen bien y ofrezcan productos de calidad, también lo debemos exigir a los guías turísticos y poder controlar este aspecto parece bastante más sencillo que controlar el producto que se sirve en una terraza de las Ramblas o impedir la venta ambulante ilegal.

A menudo oímos a algunos gobernantes decir que el turismo es también una forma de mostrar el país qué somos. Pero esto es bastante difícil si los guías preparados tienen que competir con personas que no saben quién es Elías Rogent o son incapaces de explicar el proyecto original del Eixample o qué representan las cuatro columnas de Puig i Cadafalch, por poner algunos ejemplos. O, ¿no es preocupante para la administración catalana que algunos de estos supuestos guías no dominen la lengua catalana y respondan cualquier tontería a la pregunta de un turista sobre rótulos y textos en catalán?

Llevamos demasiados años mareando a los guías y turistas con una política sin norte en este aspecto y la crisis actual podría ser una oportunidad para volver a poner las cosas en su sitio. La excelencia turística pasa también por el relato que hacemos de la ciudad. En la confección de este relato participa mucha gente pero en buena medida depende de nuestros guías turísticos. Cuidémosles.