Vino a granel

Hablábamos de la posibilidad de nieve en Barcelona con la alegría del no acostumbrado, del que tiene casa, del que puede faltar un día al trabajo y no se hunde el mundo (como sí que se hunde, por ejemplo, si no vas una mañana a ordeñar las vacas). Pero donde ha nevado es en el Priorat y la nieve ha hecho que se venga abajo parte del tejado de la bodega Vall Llach. Donde se han producido los daños (qué pena me da usar un lenguaje tan aséptico para hablar de esto) había botellas de guarda, y buena parte de la cosecha del 19 que, por cosas de la Covid, todas las bodegas han podido vender menos. Desde aquí, un abrazo. Esto me da pie a hablaros de un lugar de Barcelona relacionado con ellos: el Tros Vall Llach.

Lo encontrarán en la derecha del Eixample, en la calle Mallorca, 303. Tienen (no he ido desde antes de la pandemia, pero supongo que seguirán igual) embutido y queso, pan de coca y un requesón de postres que será de los mejores que hayan probado. Sobre todo, lo que tienen es todo el vino de la bodega Vall Llach (podrán encontrar muchas añadas de Idus, por ejemplo) y también vino de pequeños productores del Priorat que es probable que no conozcan, porque no tienen distribución comercial.

Los viticultores que hacen este tipo de vinos —sin distribución comercial— son los que están sufriendo más ahora que los restaurantes tienen tantas restricciones. Pero la gran diferencia entre El Tros y otros establecimientos es ésta: en la entrada del local hay tres tinas, llenas, cada una de ellas, de una varietal del Priorat (de los viñedos de la bodega). Cariñena, garnacha negra, syrah, merlot y carbernet sauvignon, con respecto a los negros, y viognier y garnacha blanca, con respecto a los blancos. Sin sulfitos y sin filtrar. Vino a granel.

La gracia de esto es que aparte de probar varietales (“Póngame media copa de Cabernet”) que siempre ayuda a aprender, puedes hacerte tú mismo la mezcla. A mí, eso, me encanta. Puedes jugar a ser Dios, porque para jugar a ser Dios sólo hay tres maneras: ser un escritor, ser un niño que ha pedido muñecos a los reyes o ser un enólogo. Así pues, puedes pedir que te pongan el coupage típico del Priorat, puedes pedir que te pongan el coupage de un vino que admiras y puedes jugar con tu grupo burbuja a que adivinen lo que les has puesto en la copa.

Esta idea feliz no la había visto en Barcelona, ​​y no sé si en otras regiones vinícolas se hace. Sólo la había visto en Nueva York, hace años, cuando fui, gracias a mi editorial, que me hizo uno de los regalos más espléndidos que me han hecho: un billete de avión y un dorsal para la maratón, a cambio de un libro que lo explicara. ¿Como no iba a celebrar la penosa llegada a la meta con vino?