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¿Por qué el yoga te cambia la vida?

El yoga es una realidad biológica que despierta conciencias. En Occidente, la creencia de que la práctica rutinaria del yoga ayuda a comandar la mente y, por tanto, favorecer el control de la propia vida, aglutina un cierto consenso. Y también son cada vez más los profesionales que prescriben la práctica del yoga para determinados casos de depresión o trastorno mental
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l yoga es una herramienta milenaria y biológica íntimamente vinculada a la conciencia. Algunas voces aseguran que el yoga tiene entre 3.500 y 10.000 años, y se especula que llegó a occidente coincidiendo con grupos de personas que huían de las ciudades y las máquinas para refugiarse en la pureza de los bosques, la montaña y el mar. El hinduismo, por el contrario, defiende que el yoga no tiene edad porque siempre ha existido. Dicen que es la ciencia del alma, que el alma es una sola para el conjunto de la humanidad y que por eso, cuando despertamos el yoga que llevamos dentro, también despertamos la conciencia. Pero, ¿qué quiere decir que el yoga despierta la conciencia? Y, como podemos afirmar que el yoga es una realidad biológica?

Desde hace algún tiempo la medicina occidental va aceptando la evidencia y empieza a asumir el peso ancestral de la medicina oriental. El caso más claro, aparte de pequeñas concesiones a la medicina tradicional china o al ayurveda, es el yoga. Por ejemplo, la creencia de que la práctica rutinaria del yoga ayuda a comandar la mente y, por tanto, favorecer el control de la propia vida, aglutina un cierto consenso. Y también son cada vez más los profesionales que prescriben la práctica del yoga para determinados casos de depresión o trastorno mental.

El yoga crea espacio en la estructura muscular y ósea y transforma la rigidez, derivado de la tensión acumulada, en bienestar. Y también crea espacio en la mente para combatir el colapso en cuando nos somete el pensamiento atroz, imparable y, muchas veces, cíclico y destructivo

La práctica del yoga converge en un único fin; crear espacio: una acción muy presente en nuestra cotidianidad. Cuando estamos en estados prolongados de angustia o de estrés, cuando estamos en medio de una aglomeración o cuando sentimos la presión del trabajo, necesitamos espacio. Y también lo necesitamos cuando nos influyen las estridencias o las relaciones tóxicas. Ante estas coyunturas que nos generan tensión, la respuesta natural que tomamos como personas es la acción de alejarnos. Y mientras desde el mundo externo creamos espacio a partir de la propia acción del alejamiento físico, una buena manera de alejarnos desde el mundo interior es a través del yoga.

El yoga crea espacio en la estructura muscular y ósea y transforma la rigidez, derivado de la tensión acumulada, en bienestar. Y también crea espacio en la mente para combatir el colapso en cuando nos somete el pensamiento atroz, imparable y, muchas veces, cíclico y destructivo.

Surinder Singh (Rishikesh, India), probablemente el máster de yoga más destacado del momento, utiliza una alegoría que pone luz sobre esta idea. Dice Surinder que las personas somos como el suelo que envuelve una semilla. Si el suelo es una masa apretada, tiesa, el agua se escurre por los bordes y no riega la semilla. Por el contrario, a través de un suelo compacto pero no apretado, el agua escurre y riega la semilla que acabará aportando el fruto. Si proyectamos esta alegoría a nuestro día a día, el suelo representa el cuerpo y la mente, la semilla representa la razón de la existencia – el Dharma –, y el agua representa el prana, la energía. Y no porque tenga connotaciones metafísicas, al contrario; energía significa moléculas, energía electroquímica, electromagnética, neurotransmisores, que a su tiempo significa sangre, linfa… Y los canales por donde fluye esta energía son los vasos sanguíneos, los linfáticos, los meridianos – propios de la medicina tradicional china –, etc.

Sucede que el estilo de vida occidental deposita una atención extraordinaria a la higiene exterior, pero en cambio tiene poco en cuenta la interior y, consecuentemente, los canales energéticos son objeto de una dejadez preocupante. Factores como la contaminación, la alimentación y los comportamientos que favorecen el estrés tienen una incidencia directa, y unos canales energéticos dañados provocan que el prana fluya como si avanzara por caminos de maleza y zarzas. Contribuir a la limpieza y el mantenimiento de los canales energéticos es fundamental para una vida plena, alegre y optimista, y el yoga contribuye de forma definitiva, porque con los estiramientos y el movimiento creamos espacio al cuerpo, y mediante la conexión con la quietud el creamos en la mente.

Creamos el espacio por donde fluye el prana que riega la razón de nuestra existencia, el prana que llega a todos los rincones del cuerpo, regularmente, a través de cada respiración. Respiraciones conscientes, cada vez menos frecuentes, cada vez más profundas. De esta manera disminuimos la presión sanguínea y, de paso, bloqueamos los mensajeros que transmiten el estrés y la angustia. Y automáticamente, por un principio de proporcionalidad, activamos los mensajeros sobre los que el cerebro no tiene ningún dominio: los que actúan sobre el latido del corazón, los pulmones o la secreción de las glándulas que, en positivo, nos dotan de fortaleza física y mental. La fortaleza que, al mismo tiempo, nos aporta confianza en nosotros mismos. La confianza que contribuye a la creatividad necesaria para encarar, con determinación, los retos de la vida.