La antigua fábrica de Ca l'Alier, en el corazón del Poblenou. ©Curro Palacios

Las razones del éxito de Poblenou

El popular barrio de Barcelona está más puntero que nunca. Ha sido elegido como uno de los cincuenta mejores distritos del mundo para vivir gracias a que mezcla tradición con modernidad, arquitectura, cultura y buena gastronomía.

Hace mucho tiempo que la popularidad de Poblenou, uno de los barrios hasta hace unos años más desconocidos de Barcelona, está al alza. Se sabía, pero tuvo que llegar el resultado de la macro encuesta llevada a cabo por la revista internacional Time Out para acabar de confirmarlo. El objetivo del magazine era averiguar cuáles eran para sus lectores los mejores vecindarios del mundo. O los más emocionantes, que dirían los americanos. Al número de encuestados se sumaron, además, expertos locales de numerosos países y editores de la publicación internacional para garantizar una red global que arrojara resultados objetivos. ¿El resultado? La conclusión de que, efectivamente, el barrio de Poblenou de Barcelona es uno de los 50 mejores distritos del mundo donde vivir.

 

¿Y qué se valoraba? Pues nada fuera de lo normal, pero sí factores altamente demandados: barrios en plena ebullición con interesantes locales de (casi) todos los ámbitos, una relación calidad-precio aceptable y un lugar, además, donde los turistas también pudieran experimentar lo mejor de la ciudad, lo auténtico, que dirían las guías de viaje. Y otra cosa no, pero en Poblenou uno puede vivir, comer, beber y cultivarse y hacerlo como un auténtico local. Palabra de residente.

Poblenou, señalan en las conclusiones de este ránking de vecindarios a nivel mundial, fue el centro de la revolución industrial de Barcelona pero, hoy en día, en los bloques que se extienden al noreste del Parc de la Ciutadella apenas quedan signos de las empresas textiles y de transporte que se construyeron en esta zona industrial de Catalunya a principios del siglo XX”. Y, bueno, ahí está la gracia, en la esencia de este barrio que es visto como un pueblo junto a la playa dentro de una ciudad, que sigue evitando la gentrificación (la mayoría de los comercios cierran a mediodía y muchos hasta los sábados por la tarde) en medio de la nueva industria del siglo XXI”. Y es que a pesar de la revolución industrial que se desató aquí durante el pasado siglo, lo cierto es que hoy por hoy poco tiene de industrial el tema, pero sí mucho de revolución.

Agencias digitales, prestigiosas consultoras o punteras startups ocupan los edificios antaño dedicados a la producción textil. Estos edificios han sido adaptados como espectaculares espacios de trabajo, restaurantes, cafés y hasta galerías de arte. Es la zona más industrializada del barrio, aunque aún así, y gracias a su mimada reconversión, no resulta fría, ni siquiera empresarial.

Espai Joliu, en la calle Badajoz, es una cafetería-concept store repleta de plantas que abrió en 2016.

Existe un equilibrio perfecto entre la jornada laboral y los lugares de asueto que, como el Espai Joliu, te reconcilian con la vida moderna. En este espacio concebido como una concept store sirven un delicioso café que lleva, desde su creación en 2016, conquistando los corazones de todos aquellos amantes de lo bueno y lo bonito, de lo orgánico y de lo que provenga de la naturaleza. A nivel gastronómico, su oferta se centra en el buen café y los dulces artesanales de algunas de las pastelerías más punteras de la ciudad.

En Espai Joliu puede tomarse café de especialidad y pasteles artesanos.

Carne de Instagram, este fotogénico espacio de aires industriales ofrece rica comida (no pueden faltar las tostadas de aguacate o apetecibles sándwiches saludables) y buena bebida, pero también interesantes objetos de cerámica de artesanos locales como Valentinis Artisian o prestigiosas revistas internaciones. Por esta zona también se encuentran otros locales de culto como una de las sucursales deNomad Coffee o Little Fern, un restaurante informal enfocado en la comunidad ubicado en el corazón del distrito. Inspirándose en la próspera cultura del café de Nueva Zelanda, Little Fern ofrece comida sana y deliciosa combinada con café de especialidad. Entre sus platos estrella se encuentra el que puede ser, aunque yo lo confirmo, el mejor pan de plátano de la ciudad.

La cafetería Little Fern, en la calle Pere IV.

Por supuesto este mix de tendencias, empresas y una buena dosis de carga histórica que ha generado toda esta renovación urbanística a la que se ha sometido el barrio en los últimos años, tiene alguna que otra consecuencia arquitectónica que, en este caso, ha resultado ser positiva. Y si el icono de Poblenou, aunque un poco alejado del núcleo, es la Torre Glòries que Jean Nouvel diseñó inspirándose en los cálculos funiculares de Gaudí, no desmerecen otros ejemplos notables como es el caso del Media-Tic, un edificio de Enric Ruiz-Geli o el del hotel Meliá Barcelona Sky, un esbelto rascacielos diseñado por Dominique Perrault.

Arquitectura, arte, diseño y mucho dinamismo, es cierto que a Poblenou le quedan muchos años, y mucho esfuerzo, para convertirse en uno de esos distritos artísticos que seducen al mundo, pero hay que reconocer que va por muy buen camino. Ejemplos como el del Disseny Hub han sido determinantes para conseguirlo. Este centro de coolture que reúne el Museo de Diseño de la ciudad, el centro de diseño FAD y una excelente biblioteca general y especializada se ha forjado, a golpe de creatividad, un prestigio a nivel internacional del que la ciudad carecía antes de su creación. Poblenou suma y sigue.

El Disseny Hub y la Torre Glòries.

Y vaya que si sigue. Lo hace también con apuestas más alternativas como el espacio Ulla Blaus, un hubcreativo de artesanía y reciclaje donde todo, o casi, tiene cabida aquí, hasta una imprescindible, lo digo en serio, visita al inodoro. No muy lejos de aquí, nada está lejos aquí, se encuentra NIU, otro espacio multidisciplinar donde todo es posible, salvo comer, aunque sí se puede beber.

La nueva cocina de barrio

Aunque si se trata de comer o beber, mejor hacerlo en los grandes clásicos que gobiernan el barrio a base de buena cocina, como Els Tres Porquets (sus croquetas de croquetas de sobrasada y camembert son de otro planeta) o Els Pescadors, o en algunos de los recién llegados que, vista su popularidad hasta en tiempos de pandemia, están aquí para quedarse. Es el caso de Can Culleres, un restaurante sin mayor pretensión que la de dar de comer bien. Y es aquí donde Jordi Asensio y Patricia Nieven sientan cátedra con un cocina honesta con alimentos frescos y de calidad. De sus creaciones, de base tradicional pero aplicando técnica creativa e innovadora, nacen platos como el pulpo a la brasa con humus de calabaza, salsa tsatsiki y costra de arroz negro, las navajas con pico de gallo o las kokotxas de merluza al pilpil. Cucharas en alto para una cocina que es toda una declaración de intenciones, la de volver a los orígenes.

Plato de navajas con pico de gallo, en Can Culleres.

Y aunque ya hace tiempo que LArtesana de Poblenou abrió sus puertas, la ambición por las cosas bien hechas no ha mermado ni un ápice de la buena cocina de este establecimiento que si bien en la forma del local no resulta demasiado atractivo, presenta un menú excelente en el fondo de su cocina. Pau Pons y Héctor Barbero cocinan rico para obreros y ejecutivos a precios populares y sin mayores aires de grandeza que los que les otorgue su clientela, que no es poca. Juntos forman la verdadera esencia de la nueva cocina de barrio, que aúna honestidad, producto y técnica para rematar platos como unos callos con garbanzos o un rösti de patata, bacalao y yema. A la propuesta solo hay que sumarle unas buenas referencias de vinos naturales y la técnica de un ex Gresca y un ex Monvínic (por cierto, una de las grandes pérdidas a consecuencia de la pandemia). Nada puede fallar aquí y, de hecho, no lo hace.

No están todos los que son, pero vaya que sí son los que están. Todos estos atractivos que dotan de un, si cabe, mayor valor al corazón del distrito, la zona residencial, al pueblo dentro de la gran ciudad. Aquí es donde, entre calles como el carrer de Marià Aguiló y la Rambla, turistas y residentes convergen en un amable proceso de convivencia donde todo el mundo saluda, y hasta sonríe, al pasar.