Gagnef, Suecia. Foto de Jens Johnsson

Cultura adolescente del siglo XXI

En las escuelas se dice a los adolescentes que saber cosas es menos importante que saber operar sobre cosas. Si tradicionalmente el conocimiento era la forma intelectual del cuidado del alma por su capacidad para proporcionarle experiencias de orden, hoy animamos a convivir con el desorden de lo efímero.

El sociólogo estadounidense James Coleman fue el primero en darse cuenta, en los años cincuenta del siglo pasado, de la emergencia de la adolescencia como un nuevo grupo cultural situado entre la infancia y el mundo adulto. Si bien adolescentes había habido siempre, la cultura ado­lescente era un fenómeno nuevo. Su aparición había sido facilitada por la universalización de la educación y la sub­siguiente transferencia de responsabilidad de las familias a la escuela. Esta había sido concebida como la gran palan­ca del cambio social, porque permitiría ofrecer una base similar a toda la juventud y superar así los límites cul­turales de las familias. Sin embargo, Coleman constataba que los adolescentes se mostraban más interesados en su popularidad que en su formación intelectual.

La escuela nació para facilitar el paso de la condición de hijo a la de ciudadano, pero los escolares vivían inmer­sos en una cultura parcialmente clausurada en sí misma que era reticente a los modelos adultos, mientras aceptaba acríticamente sus modelos generacionales. La nueva «so­ciedad de adolescentes» era culturalmente independiente. Poseía su lenguaje, su moda, su música, sus medios de comunicación y sus modelos de comportamiento, que a menudo se definían en oposición a los de sus padres. Y todo ello estaba reforzado publicitariamente, porque la cultura adolescente estaba dando lugar a un nuevo merca­do con un gran potencial consumidor.

ADOLESCENTES DE TREINTA AÑOS. «Vivimos», escribía Coleman en 1959, «una paradoja peculiar: en nuestra compleja sociedad industrial hay cada vez más cosas que aprender, y la educación formal es cada vez más importante para abrir oportunidades vitales; pero lo que hemos hecho ha sido crear una gran cultura de adolescen­tes que muestra poco interés en la educación mientras se siente subyugada por cosas que tienen poco que ver con la escuela». Es obvio que Coleman no dijo la última palabra sobre la adolescencia. Hoy somos testigos de una ampliación de sus fronteras. Por abajo, parece haber fagocitado a la pubertad y, por arriba, todos hemos visto adolescentes de (seamos caritativos) treinta años. Las niñas de diez años quieren ropa sexi y los jóvenes de treinta, ropa adolescente. Los niños quieren anticipar su adolescencia y los adolescentes postergar su vida adulta. El 25 % de los televidentes de canales infantiles en los Estados Unidos son adultos.

Hoy, aquellos adolescentes nos parecen bastante inge­nuos. El 70 % no fumaba, el 80 % no consumía alcohol. A Coleman no se le ocurrió preguntar si consumían drogas o practicaban sexo seguro. Según un estudio de la Agencia de Salud Pública de Barcelona, alrededor del 47 % de las chicas y del 43 % de los chicos de dieciséis años reconoce haber­se emborrachado al menos una vez en el último año. El inicio del consumo de alcohol se sitúa en los 13,7 años. Un adolescente medio maneja hoy el doble de dinero (en términos reales) que uno del tiempo de Coleman. Hay niñas que al llegar a la pubertad comienzan a soñar con operaciones de cirugía estética.

A medida que la sociedad se ha vuelto más compleja, se ha ido agrandando la distancia entre los intereses es­pontáneos del niño y las demandas de conocimiento del mundo adulto pero, como al mismo tiempo, cada vez ala­bamos más la espontaneidad, comenzamos a temer que el adolescente llegue a erigirse en el modelo de conducta de nuestras sociedades. ¿No es cierto que rasgos psicológicos que se consideraban propios de la adolescencia, como la confusión, la vacilación constante, los imprevisibles cam­bios de humor, la incomodidad con la propia imagen, etcé­tera, han dejado de ser específicamente adolescentes?

Gagnef, Suecia. Foto de Jens Johnsson

SIN AFRONTAR EL FUTURO. Nuestros adolescentes viven en un mundo en el que el sentido de la posibilidad crece continuamente a expensas del sentido de la realidad. No puede ser de otra manera porque tiran en direcciones opuestas. Aquello de «Sé realista, pide lo imposible» ha dejado de ser un eslogan para convertirse en un prejuicio. Si antiguamente a los adolescentes se les hacía vivir de­terminados rituales de paso para entrar en la vida adulta, ahora no está muy claro que tengamos bien definida una vida adulta que ofrecerles. De hecho, lo que continuamen­te les estamos aconsejando es que no se amolden, que sean adaptables. En las escuelas se les dice que saber cosas es menos importante que saber operar sobre cosas. Si tradicionalmente el conocimiento era la forma intelectual del cuidado del alma por su capacidad para proporcionarle experiencias de orden, hoy animamos a convivir con el desorden de lo efímero.

Nuestro consejo a los adolescentes es: «Be water, my friend», sé amorfo, no vivas constreñido por límites, sé adaptable

Sorprendentemente, una sociedad que ha hecho de la autonomía y del sentido crítico los ejes de la religión laica del presente, es capaz de comulgar con ruedas de molino y acepta como un dogma inapelable que lo único que sabemos del futuro es su indefinición y, por tanto, que debemos preparar a las nuevas generaciones para hacer frente de manera dúctil a la ductilidad del porve­nir, ya que, como repetimos machaconamente, trabaja­rán en actividades que no se han inventado todavía con herramientas que aún no hemos diseñado, resolviendo problemas que aún no tenemos.

El primero que dijo esto fue un pedagogo laboris­ta, Peter Mauger, en 1966, es decir, hace 51 años. «Los adultos de mañana», aseguraba, «se enfrentarán con problemas cuya naturaleza hoy no nos podemos ni ima­ginar. Deberán vérselas con trabajos que aún no han sido inventados». La idea la recogieron Bill Clinton, en 1996, y su secretario de educación, Richard Riley, en el 2004: «Los trabajos más solicitados en el 2010 todavía no existen. Los trabajadores del futuro inmediato utilizarán tecnologías que aún no han sido inventadas para resolver problemas que ni siquiera sospechamos hoy que serán problemas mañana». Podría mostrar cientos de afirmaciones simi­lares pronunciadas en los entornos más serios por perso­nas supuestamente competentes. Añadiré solamente la advertencia del Foro Económico Mundial de Davos del año pasado, que en su informe The Future of Jobs insistía en que «el 65 % de los niños que entran hoy en la escuela primaria acabarán trabajando en trabajos de tipo entera­mente nuevo, que no existen todavía».

En definitiva, nuestro consejo a los adolescentes es: «Be water, my friend», sé amorfo, no vivas constreñido por límites, sé adaptable. Pero los adultos a los que se re­ferían Mauger, Clinton y Riley somos nosotros, y algunos incluso ya nos hemos jubilado. Así que si queremos saber cuáles serán las habilidades del futuro, aprendamos de los más competentes del presente, los que ya se enfren­tan con éxito a problemas nuevos, con herramientas nuevas. Descubriremos en ellos las siguientes caracte­rísticas: 1. Dominio de la atención, que posiblemente sea el nuevo cociente intelectual. 2. Una formación con­sistente que les permite ser hábiles. 3. Capacidad para generar confianza y mantenerse fieles a la palabra dada. 4. Capacidad para introducir un tiempo de reflexión entre la aparición de un deseo y la respuesta, para así organizar la acción. Esto es lo que llamamos «pensamiento estratégico». Suelo defender el derecho del niño a estar frustrado, pensando en el derecho que tiene un pastelero de no comerse los ingredientes mientras está haciendo un pastel. 5. Voluntad de no ser solo moderno, es decir, de disponer de una perspectiva amplia sobre el presente que vaya más allá de lo inmediato. Sin darnos cuenta, hemos asistido a una profunda mutación del significado de lo moderno. Lo hodierno ya no se refiere a una situa­ción cronológica en la línea del tiempo, sino a una posi­ción en la escala de valores. Lo moderno se ha cargado axiológicamente, hasta el punto de que nadie se enfada si le dices que está equivocado, pero conviene no decirle que está anticuado. El moderno no se siente partícipe de una tradición, sino que vive en la fascinación de la con­tinua inminencia de lo nuevo, convencido de que ser es ser mejorable. Hoy lo que incrementa el valor de alguien es su adquisición de la última prótesis antropológica (el último aparato tecnológico) que aumente su conciencia de lo posible.

«JUST GOOGLE IT». Lo que se conoce como «21st cen­tury skills» es un espejismo. Ni los conocimientos, ni la memoria, ni las viejas virtudes intelectuales han perdido valor. Lo que se ha desvalorizado es la información bruta, pero se ha revalorizado la información rigurosamente filtrada. Eso de «Just Google It» es una falacia, como lo es fomentar una creatividad sin conocimientos. Para re­solver un problema creativamente lo primero que hace falta es conocer bien el problema. Precisamente porque lo nuevo no para de crecer, es esencial poseer una buena base de conocimientos para poder integrar la novedad en un relato. No conozco a nadie que no quisiera tener más memoria de la que tiene, ni a nadie bien informado sobre la importancia de la memoria a largo término que frivolice con la desmemoria. ¿Es que la creatividad, la innovación, el pensamiento crítico eran irrelevantes en el pasado? ¿No es ridículo pretender aprender con rigor prescindiendo de los codos? ¿Se puede pensar bien sin disciplina intelectual? Quizás uno de los secretos mejor guardados del mundo adulto sea que, en realidad, hay pocos adultos aunque haya muchos que aparenten serlo. Pero no podemos abandonar a los adolescentes a su suerte diciéndoles que a su edad nosotros hacíamos lo mismo que ellos, porque no estamos para ofrecerles modelos de vida adolescente, sino de vida adulta, que es la vida que cada uno nos tenemos que construir.

Gagnef, Suecia. Foto de Jens Johnsson

Cultura adolescente del siglo XXI

En las escuelas se dice a los adolescentes que saber cosas es menos importante que saber operar sobre cosas. Si tradicionalmente el conocimiento era la forma intelectual del cuidado del alma por su capacidad para proporcionarle experiencias de orden, hoy animamos a convivir con el desorden de lo efímero.

El sociólogo estadounidense James Coleman fue el primero en darse cuenta, en los años cincuenta del siglo pasado, de la emergencia de la adolescencia como un nuevo grupo cultural situado entre la infancia y el mundo adulto. Si bien adolescentes había habido siempre, la cultura ado­lescente era un fenómeno nuevo. Su aparición había sido facilitada por la universalización de la educación y la sub­siguiente transferencia de responsabilidad de las familias a la escuela. Esta había sido concebida como la gran palan­ca del cambio social, porque permitiría ofrecer una base similar a toda la juventud y superar así los límites cul­turales de las familias. Sin embargo, Coleman constataba que los adolescentes se mostraban más interesados en su popularidad que en su formación intelectual.

La escuela nació para facilitar el paso de la condición de hijo a la de ciudadano, pero los escolares vivían inmer­sos en una cultura parcialmente clausurada en sí misma que era reticente a los modelos adultos, mientras aceptaba acríticamente sus modelos generacionales. La nueva «so­ciedad de adolescentes» era culturalmente independiente. Poseía su lenguaje, su moda, su música, sus medios de comunicación y sus modelos de comportamiento, que a menudo se definían en oposición a los de sus padres. Y todo ello estaba reforzado publicitariamente, porque la cultura adolescente estaba dando lugar a un nuevo merca­do con un gran potencial consumidor.

ADOLESCENTES DE TREINTA AÑOS. «Vivimos», escribía Coleman en 1959, «una paradoja peculiar: en nuestra compleja sociedad industrial hay cada vez más cosas que aprender, y la educación formal es cada vez más importante para abrir oportunidades vitales; pero lo que hemos hecho ha sido crear una gran cultura de adolescen­tes que muestra poco interés en la educación mientras se siente subyugada por cosas que tienen poco que ver con la escuela». Es obvio que Coleman no dijo la última palabra sobre la adolescencia. Hoy somos testigos de una ampliación de sus fronteras. Por abajo, parece haber fagocitado a la pubertad y, por arriba, todos hemos visto adolescentes de (seamos caritativos) treinta años. Las niñas de diez años quieren ropa sexi y los jóvenes de treinta, ropa adolescente. Los niños quieren anticipar su adolescencia y los adolescentes postergar su vida adulta. El 25 % de los televidentes de canales infantiles en los Estados Unidos son adultos.

Hoy, aquellos adolescentes nos parecen bastante inge­nuos. El 70 % no fumaba, el 80 % no consumía alcohol. A Coleman no se le ocurrió preguntar si consumían drogas o practicaban sexo seguro. Según un estudio de la Agencia de Salud Pública de Barcelona, alrededor del 47 % de las chicas y del 43 % de los chicos de dieciséis años reconoce haber­se emborrachado al menos una vez en el último año. El inicio del consumo de alcohol se sitúa en los 13,7 años. Un adolescente medio maneja hoy el doble de dinero (en términos reales) que uno del tiempo de Coleman. Hay niñas que al llegar a la pubertad comienzan a soñar con operaciones de cirugía estética.

A medida que la sociedad se ha vuelto más compleja, se ha ido agrandando la distancia entre los intereses es­pontáneos del niño y las demandas de conocimiento del mundo adulto pero, como al mismo tiempo, cada vez ala­bamos más la espontaneidad, comenzamos a temer que el adolescente llegue a erigirse en el modelo de conducta de nuestras sociedades. ¿No es cierto que rasgos psicológicos que se consideraban propios de la adolescencia, como la confusión, la vacilación constante, los imprevisibles cam­bios de humor, la incomodidad con la propia imagen, etcé­tera, han dejado de ser específicamente adolescentes?

Gagnef, Suecia. Foto de Jens Johnsson

SIN AFRONTAR EL FUTURO. Nuestros adolescentes viven en un mundo en el que el sentido de la posibilidad crece continuamente a expensas del sentido de la realidad. No puede ser de otra manera porque tiran en direcciones opuestas. Aquello de «Sé realista, pide lo imposible» ha dejado de ser un eslogan para convertirse en un prejuicio. Si antiguamente a los adolescentes se les hacía vivir de­terminados rituales de paso para entrar en la vida adulta, ahora no está muy claro que tengamos bien definida una vida adulta que ofrecerles. De hecho, lo que continuamen­te les estamos aconsejando es que no se amolden, que sean adaptables. En las escuelas se les dice que saber cosas es menos importante que saber operar sobre cosas. Si tradicionalmente el conocimiento era la forma intelectual del cuidado del alma por su capacidad para proporcionarle experiencias de orden, hoy animamos a convivir con el desorden de lo efímero.

Nuestro consejo a los adolescentes es: «Be water, my friend», sé amorfo, no vivas constreñido por límites, sé adaptable

Sorprendentemente, una sociedad que ha hecho de la autonomía y del sentido crítico los ejes de la religión laica del presente, es capaz de comulgar con ruedas de molino y acepta como un dogma inapelable que lo único que sabemos del futuro es su indefinición y, por tanto, que debemos preparar a las nuevas generaciones para hacer frente de manera dúctil a la ductilidad del porve­nir, ya que, como repetimos machaconamente, trabaja­rán en actividades que no se han inventado todavía con herramientas que aún no hemos diseñado, resolviendo problemas que aún no tenemos.

El primero que dijo esto fue un pedagogo laboris­ta, Peter Mauger, en 1966, es decir, hace 51 años. «Los adultos de mañana», aseguraba, «se enfrentarán con problemas cuya naturaleza hoy no nos podemos ni ima­ginar. Deberán vérselas con trabajos que aún no han sido inventados». La idea la recogieron Bill Clinton, en 1996, y su secretario de educación, Richard Riley, en el 2004: «Los trabajos más solicitados en el 2010 todavía no existen. Los trabajadores del futuro inmediato utilizarán tecnologías que aún no han sido inventadas para resolver problemas que ni siquiera sospechamos hoy que serán problemas mañana». Podría mostrar cientos de afirmaciones simi­lares pronunciadas en los entornos más serios por perso­nas supuestamente competentes. Añadiré solamente la advertencia del Foro Económico Mundial de Davos del año pasado, que en su informe The Future of Jobs insistía en que «el 65 % de los niños que entran hoy en la escuela primaria acabarán trabajando en trabajos de tipo entera­mente nuevo, que no existen todavía».

En definitiva, nuestro consejo a los adolescentes es: «Be water, my friend», sé amorfo, no vivas constreñido por límites, sé adaptable. Pero los adultos a los que se re­ferían Mauger, Clinton y Riley somos nosotros, y algunos incluso ya nos hemos jubilado. Así que si queremos saber cuáles serán las habilidades del futuro, aprendamos de los más competentes del presente, los que ya se enfren­tan con éxito a problemas nuevos, con herramientas nuevas. Descubriremos en ellos las siguientes caracte­rísticas: 1. Dominio de la atención, que posiblemente sea el nuevo cociente intelectual. 2. Una formación con­sistente que les permite ser hábiles. 3. Capacidad para generar confianza y mantenerse fieles a la palabra dada. 4. Capacidad para introducir un tiempo de reflexión entre la aparición de un deseo y la respuesta, para así organizar la acción. Esto es lo que llamamos «pensamiento estratégico». Suelo defender el derecho del niño a estar frustrado, pensando en el derecho que tiene un pastelero de no comerse los ingredientes mientras está haciendo un pastel. 5. Voluntad de no ser solo moderno, es decir, de disponer de una perspectiva amplia sobre el presente que vaya más allá de lo inmediato. Sin darnos cuenta, hemos asistido a una profunda mutación del significado de lo moderno. Lo hodierno ya no se refiere a una situa­ción cronológica en la línea del tiempo, sino a una posi­ción en la escala de valores. Lo moderno se ha cargado axiológicamente, hasta el punto de que nadie se enfada si le dices que está equivocado, pero conviene no decirle que está anticuado. El moderno no se siente partícipe de una tradición, sino que vive en la fascinación de la con­tinua inminencia de lo nuevo, convencido de que ser es ser mejorable. Hoy lo que incrementa el valor de alguien es su adquisición de la última prótesis antropológica (el último aparato tecnológico) que aumente su conciencia de lo posible.

«JUST GOOGLE IT». Lo que se conoce como «21st cen­tury skills» es un espejismo. Ni los conocimientos, ni la memoria, ni las viejas virtudes intelectuales han perdido valor. Lo que se ha desvalorizado es la información bruta, pero se ha revalorizado la información rigurosamente filtrada. Eso de «Just Google It» es una falacia, como lo es fomentar una creatividad sin conocimientos. Para re­solver un problema creativamente lo primero que hace falta es conocer bien el problema. Precisamente porque lo nuevo no para de crecer, es esencial poseer una buena base de conocimientos para poder integrar la novedad en un relato. No conozco a nadie que no quisiera tener más memoria de la que tiene, ni a nadie bien informado sobre la importancia de la memoria a largo término que frivolice con la desmemoria. ¿Es que la creatividad, la innovación, el pensamiento crítico eran irrelevantes en el pasado? ¿No es ridículo pretender aprender con rigor prescindiendo de los codos? ¿Se puede pensar bien sin disciplina intelectual? Quizás uno de los secretos mejor guardados del mundo adulto sea que, en realidad, hay pocos adultos aunque haya muchos que aparenten serlo. Pero no podemos abandonar a los adolescentes a su suerte diciéndoles que a su edad nosotros hacíamos lo mismo que ellos, porque no estamos para ofrecerles modelos de vida adolescente, sino de vida adulta, que es la vida que cada uno nos tenemos que construir.