Imagina que eres un turista

“Como vecino de la Sagrada Família, ¿no te molestan los turistas?”. Esta pregunta me la han hecho a menudo y siempre acabo respondiendo que quienes me molestan son la gente a la que le molestan los turistas. Evidentemente que reivindico la ciudad para los barceloneses, y que podamos vivir a un precio razonable, y que no haya demasiada degradación en el ambiente, pero quienes me molestan no son los turistas sino los barceloneses que no soportan a los turistas. Especialmente si son vecinos de la Sagrada Família, estos especialmente, porque yo lo soy y sé lo que es. Yo les digo que no hagan caso a ningún vecino del barrio que se queje de los turistas: seguramente es alguien que conozco, y les garantizo que no tiene nada de que quejarse. Pásenme el nombre, en serio. A ver si tiene el valor de explicármelo a mí.

Y es que no pasa nada. No hay ninguna molestia, lo digo en serio. Por mucho que lo diga la “Asociación de vecinos y vecinas”, que no representan absolutamente a nadie excepto al lobby del bloque de Núñez y Navarro que debe derribarse para acabar el templo. Pero en este barrio no tienes que penetrar entre ninguna cola de guiris, ni encuentras miles de autocares aparcados en los chaflanes, ni te detienen constantemente para preguntarte ninguna dirección, ni desde el balcón te llega ningún olor a sudor mezclada con crema solar. Lo único de que me puedo quejar es que, a las once de la mañana, las terrazas de la avenida Gaudí ya consideren que no puedes tomar un café sino sólo comida. E, incluso así, a quienes somos vecinos de hace años ya nos reconocen la cara y nos hacen una excepción. Por tanto, de paso díganle a aquel conocido de antes, el que se quejaba, que sólo hay que ser algo simpático con los camareros.

No me molesta nada acoger a miles de visitantes en un templo que ya estaba antes que yo, y que estará después de mí, como los vecinos de la Torre Eiffel ya entenderán que vendrá mucha gente a admirar la cosa. Cabe decir que, en verano, considero natural y bueno que en los lugares bonitos haya gente: de momento, aquí todavía hay sitio suficiente para todos. Esto sin mencionar que precisamente este templo debe terminarse a partir de donaciones y entradas vendidas, y no a través de impuestos. Por tanto no, señores, no me molestan los turistas: me molesta la pregunta.

En este barrio no tienes que penetrar entre ninguna cola de guiris, ni encuentras miles de autocares aparcados en los chaflanes, ni te detienen constantemente para preguntarte ninguna dirección, ni desde el balcón te llega ningún olor a sudor mezclada con crema solar

Tan oportuna como siempre, la alcaldesa ha querido refelexionar sobre la limitación de cruceros. Es un debate interesante, si no lo haces a las puertas del verano. A quién se le ocurre, quiero decir. Todos los restauradores y hoteleros expectantes para compensar los dos desastrosos años de pandemia, y en junio nos ponemos a abordar la necesidad de limitar los cruceros para ver si así las navieras y agencias de viajes se asustan. Debatámoslo un día, de acuerdo: pero entonces debemos saber que, de todo el tráfico marítimo del puerto (y la contaminación que pueda derivar), los cruceros representan un porcentaje más que mínimo. Y que, si lo que queremos abordar de verdad no es la contaminación sino la tirria hacia los turistas (porque ya nos conocemos eso de pintar de verde las ganas de decrecer), hagámoslo con cifras y comparándolos, por ejemplo, con los que llegan por avión. Que éstos, curiosamente, no quieren limitarse. Ni las compañías aéreas. Será que la capa de ozono se encuentra bajo el mar.

Eso sí, asumámoslo: el barcelonés de toda la vida ha quedado en minoría. Éste sí que es un hecho digno de gestionar con urgencia. Ya hace años que la población venida de fuera (a los más problemáticos los llamamos inmigrantes y a los más guays los llamamos expats) supera ya en número a los residentes nacidos en la ciudad. Esto significa que pueden decidir, y votar, y que si quieren una ciudad escaparate reclamarán una ciudad escaparate. Dicho de otro modo, los Quatre Gats ya no serían posibles hoy porque Picasso o Casas nunca irían a cambiar la historia del arte a un bar dedicado exclusivamente a ser etiquetado en Instagram (#4gats, #nofilters, #lovethiscity). Ya no se trata de si los turistas molestan o no, que ya he dejado claro que no, sino de tener un pedazo de ciudad reservado o pensado para los que viven allí todos los días. Lo que Fran Lebovitz reivindicaría diciendo “pretend it’s a city”: simulemos que es una ciudad, y no un parque de atracciones.

Los Quatre Gats ya no serían posibles hoy porque Picasso o Casas nunca irían a cambiar la historia del arte a un bar dedicado exclusivamente a ser etiquetado en Instagram (#4gats, #nofilters, #lovethiscity)

Resolver el problema del precio de la vivienda (el gran incumplimiento), encontrar soluciones al problema del transporte público de toda la área metropolitana (no a base de odiar a los coches y odiar a muerte a los motoristas), evitar que cierren establecimientos emblemáticos o históricos, velar para que no se marchen festivales autóctonos (o para que no se desnaturalicen), evitar los caprichos en forma de tranvía o de supermanzana mal ubicados, humanizar el [email protected], eliminar burocracias excesivas o, sobre todo, facilitar que haya grandes cafeterías en la ciudad. Que esta es la otra: ¿dónde se han metido las grandes cafeterías? ¿Por qué tengo que irme a los vestíbulos de los hoteles? ¿Dónde están los Quatre Gats de nuestro siglo? ¿Dónde está, de hecho, toda la actitud que tuvieron los Modernistas, pero sobre todo y centrándonos en el tema, dónde se han metido las buenas cafeterías? ¿Aquellas donde puedes pasar horas hablando, o leyendo, o disfrutando del entorno? En resumen: el problema no es el turismo, el problema es el modelo Starbucks. Que se queda y expande durante el invierno. Y es que una cosa es que el turista se lleve de souvenir un torero hecho de trencadís de Gaudí, ese será su problema; pero otra cosa es que, de la Barcelona dirigida al día a día de los autóctonos, pronto ya sólo quede su recuerdo. El souvenir. De tan olvidar quién eres, te has convertido tú en el turista.