El Gótico tiene joyas como la coctelería Dr. Stravinski.

Revivamos el Barrio Gótico

Ciutat Vella no es un museo para turistas, sino uno de los barrios de Barcelona donde la historia y la creación contemporánea se unen con más fuerza, un patrimonio que debemos revivir con urgencia

Cuestiones de la vida (largas y afortunadamente azucaradas de contar) me han llevado a cambiar de residencia de la cuadrícula del Eixample al Barrio Gótico. La mayoría de amigos, al darles la noticia, han fruncido la nariz desaprobadores y con la altiva compasión de quien parece decirte que no sabes en el cristo en que te metes. En efecto, para la mayoría de barceloneses Ciutat Vella se ha convertido en un lugar de paso en el que los indígenas sólo pueden surfear entre turistas, basura y ruido y, como mucho, salir de farra y depositar una muestra de orina en una esquina.

Es innegable que el Gótico ha sufrido el desgaste de la masificación turística de los 90 y del cambio de siglo (como, por otra parte, cualquier centro histórico de una ciudad muy visitada como Barcelona), pero también es cierto que la aparente degradación del barrio también es responsabilidad de los barceloneses que han renunciado a vivir en un lugar bellísimo de su ciudad. Debe reprobarse el turismo masivo cuando toca, pero también debemos enmendarnos cuando relegamos un barrio a ser carne de guiri, sobre todo cuando es un lugar donde nuestra historia y la contemporaneidad viven en una armonía única en la urbe.

Mi Gótico comienza en Sant Felip Neri, hoy todavía uno de los lugares más bonitos del mundo donde uno puede sentarse en su fuente y pasar el rato alegre aun sintiendo el dolor que supuran las heridas de guerra que brotan como pecas de la fachada de su iglesia, bombardeada el 30 de enero de 1938 por la aviación italiana causando el derrumbe del edificio y la muerte de cuarenta y dos personas, la mayoría de ellas niños (la asociación Memoria Enterrada ha iniciado este mismo año un proyecto de participación ciudadana para catalogar edificios dañados durante la Guerra Civil; han encontrado 13 en Barcelona, algunos muy cercanos, como en la Plaza Garriga i Bachs, el antiguo Hospital de la Santa Creu o la calle Egipcíaques; cualquier ciudadano del territorio puede colaborar si descubre alguno).

En la Plaça Sant Felip Neri perduran las heridas de guerra. ©Paola de Grenet

Pero la belleza y la herida de la historia se unen al presente más creativo; a pocos metros de la plaza, en Orígens, Crafts and Design encontraréis productos artesanales hechos en Barcelona de aquellos que si se pescaran en Copenhague o Estocolmo os harían estallar de esnobismo (los backpags y las billeteras de Oobuda y los complementos de Mediodesign son una auténtica maravilla).

Girando a la derecha, en la Baixada de Santa Eulalia (número 3), se encuentra el taller de Eli Urpí, una artista integral, pintora y diseñadora, que ha llevado por todo el mundo sus preciosos sombreros de paja con alas de madera pintada y estampados; también es autora de una colección de ropa femenina de aires escultóricos que es una delicia de admirar y tener. Junto a su costilla, el fotógrafo Nacho Umpiérrez, Eli ha hecho que su arte, fundado en la tradición de las modistas del Baix Penedès y en la obra de la gran artista María Maza, viaje directamente a Browns y Harrods de Londres y también las tiendas de Lane Crawford de Shanghái y Hong Kong. Este es un ejemplo prototípico del arte y la excelencia de establecimientos de nuestra ciudad que dialogan de tú a tú con el mundo pero que todavía esperan de nuestra militancia.

Uno de los casos más paradigmáticos de lo que os cuento es el altísimo nivel que han alcanzado las nuevas coctelerías que pueblan Ciutat Vella, algunas en los lugares más altos de la lista de 50 mejores bares del mundo que anuncia anualmente William Reed Business Media y que aunque no estuvieran ahí habría celebrar como uno de los lujos de la ciudad.

La tienda de Eliurpi en la Baixada de Santa Eulàlia.

En la lista de 2020 se mantuvo el Paradiso del Born (Rera Palau, 4) y en pleno Raval irrumpió Two Schmucks (Joaquím Costa, 52). A menudo nuestros admirados críticos británicos yerran el tiro, porque aunque la excelencia de estos dos locales es incuestionable la mejor orfebrería etílica de Barcelona (en el injusto número 52 del ránking) es sin duda el Dr. Stravinski, un establecimiento que por la elaboración de los propios destilados, la creatividad de sus artesanos (y un pequeño secreto ancestral reservado a los amigos más selectos, que también son los espíritus más macabros) ya debiera ser referencia universal, pero que es trascendente por lo más importante que debe tener una coctelería; el aura, el aire de santuario que se respira en ella y que sólo encontramos en lugares como Oriole del Smithfield Market londinense, un perfume que es mezcla de la angustia ancestral de una bodega de pueblo y de las medias de seda de una mujer que celebra la madurez ilustrando la piel a los jóvenes más osados. Abandonad los bares habituales y sus tediosos gin-tonics, que Dios sacude la coctelera el núm. 5 de la calle Mirallers.

La coctelería Dr. Stravinski, en la calle Mirallers, debería ser referencia universal.

Desgraciadamente, los barceloneses nos hemos acostumbrado a que Ciutat Vella sólo sea noticia cuando desaparece alguno de sus comercios más antiguos. La lista de los últimos años es tan ilustre como dolorosa: en el núcleo del barrio desapareció El Gran Café de Avinyó, el Schilling Café-Bar de Ferran y otros que todavía respiran pero que pintan moribundos, como la Casa de les Sabatilles, en la Baixada de la Llibreteria. A pesar de que el Ayuntamiento haya catalogado comercios como estos con la etiqueta de emblemáticos —protegiendo algunos de sus aspectos arquitectónicos, de mobiliario y licencia de actividad– la forma de asegurar su pervivencia es que los barceloneses no los tratemos como un objeto de museo, sino que consumamos sus productos y tratemos a sus propietarios con la generosidad que ellos y sus familias nos han regalado. Como ya escribió en este mismo digital el colega Isidre Estévez, el 92% de los comercios emblemáticos de Barcelona están en Ciutat Vella y su presencia no es sólo estética, sino que aseguran (pensad en los magníficos dulces de la Colmena) el futuro de oficios de tradición centenaria.

La forma de asegurar la pervivencia de los comercios emblemáticos es que los barceloneses no los tratemos como un objeto de museo, sino que consumamos sus productos y tratemos a sus propietarios con la generosidad que ellos y sus familias nos han regalado

Pido a los lectores de mi Punyalada que vuelvan a Ciutat Vella y también que revivamos y revivifiquemos explorando sus calles y cuidándolas como si fueran una especie en extinción. Nuestra ciudad también es un ecosistema y sus barrios dialogan en armonía; de nada sirve preservar la magnificencia del Eixample o insuflar inteligencia artificial el [email protected] si el centro histórico de la ciudad, la zona cero de nuestro vivir urbano, queda desahuciada de sus propietarios naturales.

La degradación del barrio es también responsabilidad de los barceloneses. ©Edu Bayer

Yo he decidido viajar a Ciutat Vella para pasar los próximos años de mi vida, y este descenso no es un camino a los infiernos sino una escalera muy gozosa  hacia uno de los barrios más singulares y comercialmente atractivos del Mediterráneo. Mi alma continuará siendo hija de la Cuadrícula, pero ahora a mi espíritu mecánico se contagiará también el humo que surge mágicamente de las profundidades de El Call, de los aromas orientales que nacen de la cocina del Bistrot Levante en la Placeta de Manuel Ribé, y de la paz nobilísima de la madera que cortan los artesanos de la familia Jornet en el Carrer de la Palla. ¿Qué más puedo pedir?

De nada sirve preservar la magnificencia del Eixample o insuflar inteligencia artificial el [email protected] si el centro histórico de la ciudad, la zona cero de nuestro vivir urbano, queda desahuciada de sus propietarios naturales

Ciutat Vella no es un museo, es un lujo que tenemos delante de las narices. Hay que ser muy zoquete para no poblarlo de vida. Leed esta Punyalada, reseguid sus frases en las calles, ponedles un trozo de vida y, sea cual sea la ruta elegida, acabad la tarde deglutiendo un Old Fashioned en el bar Ascensor de la Calle Bellafila. Os espero, con el puñal alzado y la prosa en llamas.