Hasél, los hippies de las Cíes, el preso número nueve y Mario Postigo

No es aceptable que, hoy, en un estado democrático, se encierren cantantes en la cárcel por sus letras, digan lo que digan estas letras, incluidas cosas de mal gusto contra cualquiera de nosotros. Dice la presidenta de la Comunidad de Madrid, la frívola Isabel Díaz Ayuso, para excusarlo, que Pablo Hasél tiene menos arte que “cualquiera de nosotros en un karaoke después de dos cubatas”. Por su manera de decirlo entiendo que los cubatas que se imagina son en vaso de tubo, como aquellos de Eugenio, en los ochenta. Un Raf, un Destornillador, un Cointreau con piña... ¿Resulta que ahora todos somos críticos de arte? ¿Si hubiese escrito un minué la cosa sería diferente?

Si bien las canciones de Pablo Hasél no entrarán en la lista de las 500 mejores de la revista Rolling Stone, el autor no debe estar encarcelado por “injurias a la corona”. Que exista este delito es sólo una lupa de aumento, un cortafuegos en medio del incendio. Cuando Suetonio dice “Es necesario que los míos estén exentos tanto de sospecha como de crimen” (es lo de “la mujer del César”, que siempre se atribuye al marido, a Julio César) no está pensando en conseguirlo mediante la inviolabilidad. Está pensando en que la inviolabilidad, precisamente, no sea necesaria.


Las protestas, estos días, han terminado con una joven de diecinueve años herida por el disparo de una bala de foam. Ha perdido el ojo y mucho más. Han quemado contenedores y hemos visto como, muy cerca de la redacción del The New Barcelona Post, saqueaban tiendas de ropa. Los vídeos de los contenedores ardiendo y los ladrones llevándose camisas con las perchas incluidas denigran cualquier causa.

Ahora, desde cada una de las muchas partes implicadas en este debate se pueden escribir los textos predictivos de Google. “Son capitalistas y no pasa nada porque les rompan el escaparate”, “Los contenedores se reponen, la vida de esta chica, no”, “Cuando no hay policía, las manifestaciones transcurren sin incidentes”, “Que extraño que la policía impidiera el paso de manifestantes y no impidiera, justamente, que robaran en esta tienda”. Y también: “Pablo Hasél no es ningún angelito”. Y también: “Estas protestas no son sólo por Pablo Hasél, son la muestra de un descontento general, los jóvenes no tienen futuro”, “No nos digáis que seamos pacíficos; vosotros nos habéis enseñado que ser pacíficos y dejarse apalear no sirve de nada”, “Si no quemamos contenedores no nos miraréis”, “Si la policía no sabe que las escopetas de foam deben apuntar de cintura para abajo o no puede garantizar, por lo que sea, que apuntarán de cintura para abajo, no tiene que usar las escopetas de foam”.

No me gusta ver cómo queman motos, contenedores, como rompen escaparates. Me gusta menos el motivo primigenio de la manifestación: que la letra de una canción te pueda privar de libertad. Pienso, claro, en otras canciones de antes que, siguiendo este criterio, también podrían ser “delito” hoy en día. Mata hippies en las Cíes, de Siniestro Total, llamaba a torturar hasta la muerte esta pacífica minoría partidaria del amor libre que solía acampar en las islas de la desembocadura del Vigo, en Galicia. (“Le saco de la tienda, le corto un brazo…”). En fin, para no hablar de El preso número nueve, que ha interpretado, incluso, la pacifista Joan Báez. El preso número 9 está en la cárcel acusado de asesinato y la canción arranca el día en que le van a fusilar. Como la canción está compuesta por los mexicanos hermanos Cantoral, y en México el último fusilamiento fue el año 57 (en la penitenciaría de Hermosillo) es fácil situarla allí.

Dice la letra:

“Y antes del amanecer la vida le han de quitar
Porque mató a su mujer y un amigo desleal
Dice, así, al confesar
Los maté, sí señor
Y si yo vuelvo a nacer, yo los vuelvo a matar.

Padre no me arrepiento, ni me da miedo la eternidad
Yo sé que allá en el cielo el ser supremo nos juzgará”

Después ya viene lo del “Ay, ya, ya, ya …”.

La justificación del asesinato por infidelidad en realidad también la tenemos en Cruz de Navajas, de Mecano, mucho más reciente. En este caso muere el cornudo. Mario trabaja en el turno de noche del bar 33. Termina a las cinco de la mañana, pero como tiene que hacer caja, entre una cosa y otra, llega a casa a las seis. Su mujer, María, trabaja en unos grandes almacenes, de día, de manera que se ven sólo un rato. Esto complica, claro, las relaciones sexuales (Mario llega demasiado cansado). Pero hete aquí que una noche hay redada en el 33 y Mario sale antes. ¿Qué se encuentra en el portal? A María dándose el lote con otro. Y aquí tenemos el desenlace de la historia.

Sobre Mario de bruces, tres cruces
Una en la frente, la que más dolió
Otra en el pecho, la que le mató
Y otra vez en el noticiero

Dos drogadictos en plena ansiedad
Roban y matan a Mario Postigo”

Y ustedes, lectores, se preguntarán por qué extrañísima razón el autor de la letra, uno de los hermanos Cano, le otorga apellido —este apellido tan poco frecuente, Postigo— a Mario. Por la rima. Llamándose Mario Postigo Ana Torroja pudo cantar, como si nada:

 “Mientras su esposa es testigo desde el portal”

Llega a llamarse Mario Pérez y la esposa se lo hace con un “alférez”.

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