Aeroport Barcelona
El aeropuerto Josep Tarradellas Barcelona-El Prat ya se amplió en 1992 y en 2009.

Ampliar el aeropuerto

La ampliación de la tercera pista de El Prat es, sobre todo, una necesidad para los barceloneses que queremos viajar con mejor comodidad y no resulta un peligro para los problemas de masificación turística que afronta Barcelona

Para comprobar que el Aeropuerto del Prat es una infraestructura cercana al colapso no es necesario regalarse un banquete de estadísticas comparativas, sino simplemente haber paseado un poco por infraestructuras similares en el mundo. La nuestra, ya lo sabéis, es una tribu especialista en muscular polémica de cualquier cosa, y cada vez que se plantea la ampliación de la tercera pista de El Prat se produce una auténtica revuelta en el estrés opinador de empresarios, administraciones, ecologistas a tiempo parcial y gacetilleros. Todos ellos comparten un denominador común: el catastrofismo de quienes piensan que sin un aeropuerto mucho más optimizado Barcelona acabará convertida en un simple chiringuito menor en el marco de la intensísima competición internacional de los hubs y, por otro lado, aquellos que escuchan los palabras “tercera pista” y ya imaginan bandadas de turistas defecando alegremente en su portal.

Como ocurre siempre, la vida es un poco menos extrema y la verdad suele esconderse en algo tan poco glamuroso como el color gris. En primer término, y es algo poco comentado, quienes necesitamos urgentemente una ampliación de El Prat somos los barceloneses, ya que ésta es (¡y debe ser!) una infraestructura que debemos reivindicar como nuestra y que debe permitir desplazarnos cómodamente por el mundo sin tanta densidad de viajeros y con mejores ofertas de vuelos directos a nivel internacional.

La ampliación es, por lo tanto y ante todo, una ganancia para los indígenas de la ciudad; así ocurrió con las reformas de 1992 y de 2009 (no hay que embutirse de estadísticas de movilidad, insisto: basta con hacer memoria y recordar cuán incómodo era hace lustros aparcar un automóvil frente al Mural de Miró y del ceramista Artigas), y así será con el añadido de una terminal satélite que necesitamos tanto como tirar la mascarilla a la basura.

El proyecto prevé construir una terminal satélite y alargar una de las pistas. ©Edu Bayer

Como ha ocurrido con la polémica del Hermitage que comentábamos la semana pasada en esta Punyalada, la sola intención de mejorar el aeropuerto ya ha provocado una reacción típicamente barcelonesa más clásica que los paseos por La Rambla: la turismofobia. Si hace una semana escuchábamos a conciudadanos sostener la curiosa tesis según la cual un visitante del MNAC resulta un turista cultureta de primera clase, aseado y civil, mientras que un bípedo que se acerque al Hermitage es, por naturaleza, un peligroso borracho mea-esquinas, la ampliación de la tercera pista ha suscitado de nuevo una criminalización del guiri propia de las sociedades conservadoras y casi totalitarias, como si los curiosos que llegan a Barcelona fueran auténticos depredadores que ahuyentan a la ciudadanía y, cosa objetivamente falsa, los principales causantes del encarecimiento general de la vida ciudadana.

La ampliación de la tercera pista ha suscitado de nuevo una criminalización del guiri propia de las sociedades conservadoras y casi totalitarias

Recordemos de nuevo: Barcelona es una ciudad muy visitada (según el Top 100 City Destinations 2019 de Euromonitor International, la octava de Europa y la número treinta y tres a nivel planetario), pero en un porcentaje cuatro veces inferior a la primera del mundo, Hong Kong y triplicado por la turistada que visita Londres. Por mucho que los visitantes se hayan multiplicado por cuatro en diez años, el problema que experimenta nuestra capital no es el de volumen de visitas, sino de densidad de turismo por habitante y, sobre todo, de sobre-localización de los turistas a las mismas zonas (especialmente el barrio Gótico y el Quadrat d’Or). Estamos lejos de ejemplos de masificación como Phuket y Pattaya (Tailandia), Palma de Mallorca o París, que casi nos dobla la densidad por kilómetro cuadrado. Por lo tanto, si queremos debatir seriamente los efectos del turismo lo que primero deberíamos hacer es no histerizarnos.

Servidor vive a un centenar de metros de la Casa Milà y hace mala vida en el corazón del Gótico. Para mí sería muy fácil comprar el discurso demagógico del “tourists: your luxury trip, my daily misery“, y hay que decir que pocas semanas después del toque de queda ya echo de menos las noches en que podía salir a fumar en el portal de casa y escuchar mis propios pasos. Pero soy consciente de que vivo en el centro de la ciudad y paseo por su casco histórico, y no hay capital europea donde esto se pueda hacer en un silencio sepulcral.

Barcelona debe tener la mejor oferta de vuelos internacionales. ©Edu Bayer

Aunque la temporada turística ya ha dejado muestras artísticas en mi portal con forma de zurullos y alguna meada netamente europea, el comportamiento general de los guiris en Barcelona es más que correcto en la mayoría de los casos. De hecho, viví cinco años en mi querido barrio de Harlem, donde muchas veces vi algún ilustre vecino del Eixample, de estos puretas contra el turismo, meando alegremente en mi esquina.

Se amplíe la tercera pista o no, el turismo continuará visitando Barcelona y, lejos de indignarse, el Ayuntamiento haría bien ejercitando las neuronas e impulsando un plan de turismo que descentralizara la densidad e hiciera conocer a los visitantes nuevos espacios de la ciudad, como el centro de Horta, la maravillosa Rambla del Poblenou o los nuevos locales de restauración que rodean el mercado de Sant Antoni. Si los barceloneses quieren preservar un centro histórico donde el comercio local sobreviva y el ambiente sea “más ciudadano” deben protestar menos y tener la bondad de mover más el culo para bajar a pimplarse un gin tonic en el bar Ascensor, hacer vida en el mercado de Santa Caterina o comprar caramelos de receta centenaria en La Colmena. Lo que resulta impracticable, y de un cinismo catedralicio, es anhelar una ciudad donde el centro se conserve impoluto como La Mona Lisa, sin dirigirse a él ni dejarse pasta sus comercios.

El Ayuntamiento haría bien ejercitando las neuronas e impulsando un plan de turismo que descentralizara la densidad e hiciera conocer a los visitantes nuevos espacios de la ciudad

Como ha escrito bien el profesor Francesc Robusté, es imperativo que el aeropuerto de El Prat establezca una mejor coexistencia con Reus y Girona para deslocalizar allí los vuelos low cost y que Barcelona pueda tener el primer sistema multi-aeroportuario del Estado. Desgraciadamente, la conexión con estas dos localidades aún no garantiza que los pasajeros lleguen a Barcelona mediante trasbordo en trenes o aerobuses en una hora de plazo. Mientras esta respiración asistida de la masificación de El Prat no pueda ser realidad, y dada la habitual parsimonia del Estado en las infraestructuras para con Catalunya, ampliar el aeropuerto puede dar un cierto aire al equipamiento sin provocar la inundación de visitantes que preludian los apocalípticos y, vuelvo a insistir, derivar en un estructura que interesa sobre todo a los barceloneses. De momento, también es un clásico, las administraciones catalanas sólo han sobresalido en diferir y pelearse.

Por esas cosas de la vida, cuando nuestros responsables gubernamentales se pongan de acuerdo, con el consiguiente retraso en la planificación de las obras, puede que Aena ya no disponga (misteriosamente) de los 1.700 millones necesarios para la infraestructura. Esto también sería un clásico de la tribu. Piensen mal, y seguro que acertarán. Pero que los motivados y los apocalípticos no sufran, que Barcelona siempre sobrevive a sus ilusos enterradores.

La ampliación genera controversia por su impacto ambiental al afectar a la zona protegida de La Ricarda. ©Aena