Vino a copas, por piedad

Vuelven los turistas y, poco a poco, en los establecimientos de Barcelona cercanos a monumentos o paseos ya hay terrazas con consumidores no autóctonos.

Lo que estos turistas piden a los camareros (después de haber escaneado el código QR correspondiente) suele ser lo que creen que es típico. Van a Atenas y piden la ensalada griega, supongo, y vienen a Barcelona y piden paella y sangría. Quizás cerveza. Ninguno de ellos pedirá una copa de vino o de cava en estos lugares. Nada es más “de aquí” que el vino y el cava. ¿Por qué no lo piden?

En primer lugar, porque no se lo ofrecen. La cerveza no se estropea. El cava o el vino, si lo tienes demasiados días destapado, sí. En muchos de estos establecimientos pedir vino o cava es una excentricidad. Si le preguntas al camarero “¿tiene vino?” te mirará como si fueras un borracho. Te dirá que sí de mala gana (le has roto los esquemas) y cuando le preguntes “cuál” te dirá que “un reserva”. Si te atreves a aceptar el reserva expósito (quien sabe si “Viña Úlcera sin añada”), no sabrá qué cobrarte.

En segundo lugar, por las copas. El guiri quizás si viera que en la carta de un establecimiento de La Rambla hay vino o cava a copas quizás lo pediría, pero si comprende que se lo traerán en una copa gruesa y opaca a causa de los lavados, se ahorrará el trance. Para los gintónic tienen copas que consideran correctas, para la cerveza tienen copas que consideran correctas, para los refrescos tienen copas que consideran correctas, pero para el vino y el cava, no.

En el centro de las grandes ciudades, como en Londres, ves como jóvenes y no tan jóvenes, con envidiable naturalidad, se toman una copa de vino en las terrazas. Puede que no se estén tomando ninguna maravilla, pero catan vinos dignos en copas dignas. Estoy segura de que la mitad de los guiris (también de los visitantes autóctonos) si tuvieran la posibilidad de tomar cerveza, pero también  vino blanco en una copa bonita (las copas hacen la función del amplificador en un concierto) elegirían vino blanco. No estoy quejándome de la cerveza, que también me gusta. Sólo me sorprende que en Barcelona, ​​la capital de un país de vinos tan importante, donde se elaboran algunos de los mejores vinos del mundo (no es ninguna exageración), se deje el vino de lado.

Una vez fui a una sidrería en Asturias. Éramos unos cuantos guiris. Nos tiraron la sidra con una profesionalidad que me dejó boquiabierta. Entendí que en aquel lugar, por mucho que se llenara de guiris, un mal tirador de sidra sería despedido al momento. La sidra era un producto local, bien tratado, y, por lo tanto, como todas las cosas buenas y auténticas, exportable. Nunca habrían permitido que aquella sidrería se convirtiera en un local sólo para guiris donde no importa cómo se la tiren, porque, total, no volverán nunca más. Digo esto por el vino y el cava y también por el pan con tomate.