"El modelo de galería evoluciona hacia estructuras cada vez más pequeñas, pero también más ágiles y con una identidad y un discurso más definidos", asegura Laura Facci, codirectora de BETA Contemporary, galería fundada en Berlín por un colectivo de creadores venezolanos en diáspora y que, desde 2024, opera desde Barcelona.

"El arte debe ser un reflejo del ritmo de la calle y del presente y, como la ciudad es vibrante, la galería también debe abrir sus puertas a diferentes lenguajes y estilos", reflexiona Pizarro mientras ultima los preparativos para las nuevas inauguraciones de SELTZ: con las muestras, por un lado, de Rosa Brun y su definido estilo abstracto, y por otro, de Mónica Jover Calvo, que llena de tejido e hilos todo el espacio expositivo.
Este abandono del personalismo y el individualismo no solo se produce en la estructura de la galería, sino también en la forma de establecer y entender los procesos artísticos. "No me interesa la figura del galerista como autoridad, sino como diálogo. El objetivo es romper las jerarquías y trabajar junto al artista, de igual a igual", defiende Juliana Sorondo desde su galería Sorondo Projects, que pronto celebrará dos años de vida.

Nuevas voces y relatos en los márgenes
La revolución, sin embargo, no es solo formal, sino también conceptual: las galerías emergentes y su nuevo modelo de relación galerista-artista también favorecen el riesgo y la experimentación. "Me gusta concebir Chiquita Room como un espacio de cocina, de experimentación material y conceptual. Si no hay riesgo, no hay arte. Para mí, el riesgo es un atributo inherente al arte para que no se convierta en una commodity, sino que nos haga pensar, incomodarnos y sacudirnos emocionalmente", remarca González.
Una experimentación artística que encuentra su espacio natural en las galerías emergentes. "En los últimos años se ha consolidado una escena galerística más porosa y menos conservadora, en la que los espacios operan desde la experimentación, y no únicamente desde la lógica comercial", asegura Facci. Además, a diferencia de las galerías consolidadas, que ya tienen un discurso y un catálogo de artistas más definido y establecido, estos nuevos espacios impulsan propuestas líquidas y sin etiquetas fijas, apostando por artistas que apenas inician su trayectoria profesional; aunque también hay galerías emergentes que apuestan directamente por artistas de media o larga carrera.
Todo ello sin olvidar las exigencias del mercado. Porque, aunque las galerías emergentes sean un espacio de experimentación, este riesgo debe saber combinarse con las tendencias globales. El arte ya es de por sí una profesión marcada por la precariedad, y estas galerías deben encontrar el equilibrio entre experimentación y viabilidad. Como recuerda Pérez Milán, de Fuga, esta es también la misión del galerista: "detectar las tendencias del mercado y, sin pretender diluir la esencia del artista, asegurarse de que puede encajar con las exigencias actuales, garantizando que la experimentación no sea solo una apuesta abstracta, sino también sostenible".

Así, las galerías emergentes aportan un aire renovado a las prácticas artísticas, dando visibilidad a voces y discursos que a menudo han quedado en los márgenes. Son proyectos que desbordan los límites establecidos de géneros y disciplinas y que amplían la presencia de voces tradicionalmente silenciadas: artistas femeninas —que es la línea principal de galerías como Fuga—, creadores queer o personas que crean desde la diáspora —concepto por el que apuestan diversos espacios de la ciudad, desde BETA Contemporary hasta Sorondo Projects o Zielinsky—, voces todas ellas infrarepresentadas en la historia del arte.
Redefiniendo los límites del espacio artístico
Esta energía transformadora de las nuevas galerías también ha reconfigurado el mapa de la ciudad. El tradicional eje galerístico de Consell de Cent ha cedido protagonismo a un nuevo polo de dinamismo cultural: el eje de Trafalgar, que hoy marca el ritmo del arte contemporáneo en Barcelona. A lo largo de esta calle se concentran trece galerías y, en momentos clave para el sector, como el Barcelona Gallery Weekend o Art Nou, se transforma en un verdadero museo colectivo con múltiples sedes abiertas al público..


Una tarea quijotesca: supervivencia y precariedad

"El talento en Barcelona es innegable, pero todavía falta la otra mitad: un grueso de coleccionistas locales activos. La mayoría de nuestros coleccionistas son internacionales", lamenta la directora de Chiquita Room, evidenciando que, más allá de la fiscalidad, la consolidación de un coleccionismo local y renovado, que también convoque a las nuevas generaciones, sigue siendo un desafío crucial para la escena emergente.
La falta de pedagogía e, incluso, de interés por el arte contemporáneo es palpable. Frente a esta realidad, las galerías emergentes trabajan para desmontar los estereotipos que rodean al coleccionismo, transformando sus espacios en lugares accesibles y atractivos para todo tipo de público. Además, demuestran que coleccionar arte no es exclusivo de grandes fortunas: también es posible para presupuestos más modestos, con piezas de artistas emergentes que a menudo se pueden adquirir por 200 o 300 euros —aunque el precio medio de las obras expuestas en galerías suele situarse por encima del millar de euros—, muy lejos de los precios que, a simple vista, se podrían imaginar.
Laura Facci (BETA): "No basta con ofrecer solo un espacio de representación y venta: hay que diversificar las actividades, desde residencias y ferias internacionales hasta proyectos editoriales o intervenciones públicas".
Desde galerías como Chiquita Room se impulsan iniciativas como SOFT Collectors, un modelo de suscripción anual de 150 € que permite recibir tres obras gráficas o ediciones de artistas a lo largo del año y que se convierte en una puerta de entrada accesible al coleccionismo, incluso para los más jóvenes. "Compra obra de artistas en vida. Después, ya no les ayuda a sostener su práctica y acaba siendo más cara", recuerdan desde Chiquita Room.

Una nueva concepción de la comunidad
Frente a estos retos globales, el modelo de galería está evolucionando, como advierte Laura Facci, hacia una concepción más amplia: "No basta con ofrecer solo un espacio de representación y venta: hay que diversificar las actividades, desde residencias y ferias internacionales hasta proyectos editoriales o intervenciones públicas". Así, las galerías emergentes funcionan cada vez más como centros culturales y como nodos de comunidad: con talleres, recitales, conciertos y otras actividades que propician encuentros e interacción. "La galería debe ser un elemento más del barrio, como la librería donde vas a hojear libros, a hablar con el librero y a sentirte parte de un espacio vivo y compartido", defiende Lorena Pizarro.
Y esta comunidad no solo se construye en el espacio físico: los canales digitales también se han convertido en una extensión natural del proyecto, con redes sociales y plataformas como Artsy, que ya representan el 17 % de las ventas globales y permiten conectar con coleccionistas y público internacional. Al mismo tiempo, las ferias internacionales —además de las tres grandes de Barcelona: Swab, By Invitation y Loop— continúan siendo una pieza clave para la visibilidad y la creación de redes internacionales, funcionando más como instrumentos de reputación y conexión que como fuente de rendimiento económico inmediato.

Como el bambú, que fortalece sus raíces antes de crecer con fuerza, las galerías emergentes de Barcelona han trabajado con paciencia y constancia, construyendo un nuevo modelo sobre principios sólidos como la comunidad, la experimentación y la transparencia. Hoy, este esfuerzo comienza a materializarse en una escena galerística vibrante, diversa y horizontal, que se atreve a desafiar los límites del arte contemporáneo y demuestra que el arte puede ser accesible e incluso convertirse en un elemento integrado en la vida cotidiana.
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