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Treinta años en el patio de Carmen. O muchos más

En el año 1988, en plena fase preolímpica, el Tablao de Carmen abría sus puertas. Barcelona se movilizaba con un entusiasmo y una energía inusitadas para estar a la altura del gran evento y caía rendida al diseño, al urbanismo, al futuro tecnológico, a las Torres de Ávila y a Mariscal. Pero el flamenco no estaba de moda. Y a pesar de ello, Sunchy Echegaray, alma y fundadora del proyecto, decidió tirar delante y embarcarse en el negocio

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a historia del Tablao de Carmen no es una historia cualquiera. Es una crónica emocionante que empezó mucho antes de su creación y que entrelaza personajes y momentos cargados de significación para el flamenco. Ojalá alguien se animara a relatarla, con amor y exactitud, mucho más allá que lo que puede dar un artículo.

Todo empezó en 1929. Cuando una adolescente Carmen Amaya bailó delante del Rey Alfonso XIII. Se inauguraba la Exposición Universal que tuvo lugar en el Pueblo Español de Barcelona

En el año 1988, en plena fase preolímpica, el tablao abría sus puertas. Barcelona se movilizaba con un entusiasmo y una energía inusitadas para estar a la altura del gran evento y caía rendida al diseño, al urbanismo, al futuro tecnológico, a las Torres de Ávila y a Mariscal. Pero el flamenco no estaba de moda. Y a pesar de ello, a pesar de que el momento no jugaba a su favor, Sunchy Echegaray, alma y fundadora del proyecto, a pesar también de saberse poco dotada como empresaria, decidió tirar delante y embarcarse en el negocio, incapaz de decir que no a la propuesta que le había llegado. Demasiadas cosas se unían alrededor de la calle de los Arcos, de la pequeña réplica de un patio cordobés. La historia se había empezado a escribir mucho antes y los vínculos emocionales eran demasiado fuertes.

Todo empezó en 1929. Cuando una adolescente Carmen Amaya bailó delante del Rey Alfonso XIII. Se inauguraba la Exposición Universal que tuvo lugar en el Pueblo Español de Barcelona –recinto creado para dicha ocasión–. Tras el evento, toda la troupe de los Amaya se instaló en el patio cordobés entonces llamado El Patio del Farolillo y actuaron allí durante un año entero. El siglo veinte avanzaba y Barcelona se estaba convirtiendo en una fiesta, una fiesta flamenca que iba a más. Porque entonces, el arte jondo, sí estaba de moda. Por diversos motivos, pero fundamentalmente debido a las fuertes migraciones que llegaban del sur, la ciudad se estaba convirtiendo en la ciudad más flamenca de toda España. Así lo cuenta la excepcional tesis escrita por Montse Madridejos (El flamenco en la Barcelona de la exposición internacional 1929-1930. Edicions Bellaterra, 2012)

Carmen y Sunchy se conocen en Begur y se hacen amigas. Más adelante Carmen muere. Y mucho más adelante Sunchy se casa con su viudo, Juan Antonio Agüero y tiene dos hijas con él.

Décadas más tarde, las conexiones se retoman. Sunchy se encontró sentada en la falda de una Carmen Amaya que acababa de volver, triunfante, de Estados Unidos. Apenas con ocho años cumplidos, Sunchy había acudido al espectáculo –y luego al camerino– de la mano de la ya consagrada flamenca Concha Borrull –amiga familiar y profesora personal de baile– y la niña entregó a la gran bailaora su recién regalado libro de autógrafos –tan pequeña era que apenas sabía lo que era un autógrafo– para que la Capitana lo firmara. Y así, la más famosa gitana del Somorrostro catalán, inauguró un libro, hoy completo casi solo de firmas de bailaores y cantaores y que deja patente la pasión de su propietaria por esta disciplina artística.

Veinte años más tarde la historia se precipita. Carmen y Sunchy se conocen en Begur y se hacen amigas. Más adelante Carmen muere. Y mucho más adelante Sunchy se casa con su viudo, Juan Antonio Agüero y tiene dos hijas con él.

Y entonces, cuando parecía que la vida la llevaba por otros derroteros, que ya solo quedaban recuerdos, Sunchy recibe una llamada y la propuesta que lo vuelve a cambiar todo. Pisa el patio cordobés del Pueblo Español –que ya nadie llama el Patio del Farolillo, porque el mundo lo ha bendecido como el Patio de Carmen– y no puede decir que no. Las razones se agolpan. Tanto tiempo barruntando la idea de montar una pequeña taberna con flamenco. ¿Cómo decir que no a crearla aquí? Y todas esas vidas, la suya y la de todos los que amó y que ya no están, toda esa pasión por el flamenco, eclosiona aquí.

En un pequeño corralito. En una taberna que huye de coreografías cerradas, que busca la autenticidad de un arte que nace en las calles, en las casas, en las bodas gitanas. Un tablao que se caracteriza por la voluntad de mantener la esencia de un baile espontáneo, con improvisación, con niños y adolescentes que se estrenan en los fines de fiesta. Y por todo ello, Sunchy y Mimo Agüero, su hija y responsable del negocio desde el 2015, permanecen vinculadas a tantas familias de gitanos, primos, sobrinos, de los barrios como San Roque, Badalona, La Mina, parientes lejanos de Carmen, donde surge el más auténtico flamenco, familias que acuden cada noche a ver a los suyos.

Se cumplen treinta años de la creación de un tablao. Pero me darán la razón de que es mucho más que eso. Un trocito de historia de nuestra ciudad. De las muchas Barcelonas que existen. Que no se ha contado como merece.