Gustavo Dudamel Liceu Barcelona
Gustavo Dudamel ha dirigido hasta este miércoles Otello en el Gran Teatre del Liceu.

El Liceu y el efecto Dudamel

El director venezolano Gustavo Dudamel ha dejado huella en el Gran Teatre del Liceu con una espléndida versión de Otello que, sin embargo, ha puesto luces y sombras en el proyecto de dirección artística de nuestro primer equipamiento público cultural

Los carteles publicitarios que poblaban La Rambla desde hace semanas, en donde podíamos ver el retrato de Gustavo Dudamel con optimista y apacible mirada hacia el infinito (y el nombre de Verdi en letras casi invisibles), denotaban que el Liceu confiaba esta nueva producción verdiana casi únicamente al glamour de su batuta. Es indudable que Dudamel —que acaba de fichar por la Ópera de París— ha sido el revulsivo de una orquesta y de un coro que hemos escuchado demasiadas veces naufragando en la parsimonia interpretativa. Nadie, ni siquiera los músicos más experimentados, se salva de la influencia del márketing musical, y es evidente que en todas las funciones de este Otello (servidor asistió a la del 9 de abril) la fuerza y la energía de la batuta del maestro lograron una fuerza y una revivificación del foso que es de agradecer y el resultado musical fue de primer mundo, algo que, desgraciadamente, no siempre es el caso en los últimos tiempos.

Gregory Kunde y Krassimira Stoyanova interpretando a Otello y a Desdemona en el Liceu. ©David Ruano

La omnipresencia de Dudamel escondía otros factores importantes, como un trío vocal de auténtica bandera. Sin poder ofrecer la vocalidad estricta de un tenor verdiano y en una edad en la que a muchos tenores ya les pesan demasiadas millas de avión, Gregory Kunde firmó un protagonista de piedra picada. Kunde acerca más al titán en decadencia que habíamos escuchado en cantantes Vickers que al amante psicodélicamente atormentado de la escuela Domingo, pero tiene el centro de voz y la pirotecnia a prueba de balas y nos regaló instantes de messa di voce de una musicalidad desbordante. Krassimira Stoyanova no tiene la escultura física delicada y el aire de Ofelia que pide Desdemona, pero salvó estas nimiedades cantando con una delicadeza de brutal sutileza, con unos pianissimi que resonaban a Caballé y una escena de la oración para quitarse el sombrero. Así también Carlos Álvarez, un cantante que vocal y dramáticamente no interpreta a Yago: es Yago.

En una ópera que, al nivel narrativo, puede hacer brotar muchas y fructíferas lecturas, la regista Amélie Niermeyer intentó alejarse de la magnificencia sociopolítica urdida por Boito en el libreto para acercar la tragedia a la vida cotidiana y, más en concreto, a la lacra de la violencia de género. Aunque arriesgada (sorprendía ver al protagonista entonando el Esultate recién llegado a la alcoba de casa como quien aparece ahí ajetreado de la oficina y sólo tiene ganas de pimplarse un whisky y abrazar la hembra), la propuesta escénica podría haber tenido éxito; de hecho, Verdi siempre resulta genial traduciendo los senderos de la alta política al microcosmos de las pasiones humanas. Pero a la directora de escena la metáfora inicial se le escapa de las manos y, en escenas como el paseo floral de Desdemona en el segundo acto, y el asesinato final no consigue burlar el tópico que ya hemos visto mil veces regurgitado. A su vez, centrar todo en el asunto conyugal acaba dejando fuera de la ecuación dramática los celos y el esencial rol de Yago.

Es indudable que Dudamel ha sido el revulsivo de una orquesta y de un coro que hemos escuchado demasiadas veces naufragando en la parsimonia interpretativa

Ya que la producción pivotaba en la batuta, no rehuímos hablar de ella. Realmente, admirar la labor de Dudamel ha sido un privilegio y un espectáculo. Primero, porque el venezolano demostró que, a la hora de dirigir una pieza teatral, su maestro debe hacerlo casi de memoria (aquí sobra el casi; se sabía la ópera de pe a pa) para centrarse en lo que pasa en escena y guiar a sus voces. A parte del prodigio encefálico, Dudamel arrancó un sonido estentóreo a los profesores del Liceo, con una cuerda que sólo denotó su second class en los instantes de más intimidad de la partitura y un coro al que exigió una potencia que, especialmente en las voces femeninas, ya no puede dar porque necesita de una urgente renovación. Sea como fuere, ver dirigir Dudamel era un placer, no porque su lectura de Otello sea especialmente nueva (cabalga entre lo germánico y la tradición italiana), sino sobre todo para ver como el director jugaba con el foso para hacernos llegar los detalles de la partitura de forma tan viva.

Que en una ópera escuchada hasta la saciedad descubramos nuevos detalles que se nos habían pasado ya es una magnífica noticia, pero ver cómo la orquesta del Liceu puede funcionar como dios manda solamente cuando la excita un director operístico de primera ya no lo es tanto. Por fortuna, la marca de un teatro de ópera es su titular y, actualmente, Josep Pons, que es un excelente músico, puede ofrecer lecturas muy interesantes de compositores como Mozart o Janáček, pero no es un director operístico. Paralelamente, si el motor de una institución y la respuesta entusiasta del público debe depender de un fichaje estrella es que algo falla en la política artística del Liceu, y aquí es donde, tras las luces, es necesario que se comenten las sombras del efecto Dudamel. Porque, guste o no a sus responsables, un teatro público se debe regir por algo más que el tufo de brillantina y el oportunismo (es decir, la cartera) de pescar fichajes mediáticos.

Que nadie me malinterprete. Este gacetillero no dice que el Liceo, si quiere ser un teatro de primera, no deba contar con los grandes nombres que trufan los coliseos de todo el mundo. El teatro de La Rambla, de hecho, tiene una tradición de carteles con gargantas que hacen salivar, de Tebaldi, Del Monaco y compañía, a los astros catalanes de los 70, pasando por la generación de Marton y después Flórez. Los melómanos queremos ver las grandes voces y batutas porque son los timbres y los cuerpos que nos han hecho adquirir afición por la ópera. Pero un teatro público, insisto, no sólo debe tener en cuenta ser eslabón de un mercado internacional, sino el velar por la salud musical de la ciudad y de sus profesionales, sobre todo asegurándose que ello derive en un público exigente. Y es en este sentido que el Liceu nos está acostumbrando últimamente a producciones copy-paste con poco afán reflexivo, a óperas que pasan sin mucha pena ni gloria, y a una programación que no se puede salvar con una flor de verano como Dudamel.

Si el motor de una institución y la respuesta entusiasta del público debe depender de un fichaje estrella es que algo falla en la política artística del Liceu

De la misma forma que hay que alabar sin ambages el esfuerzo titánico del teatro para programar un espectáculo tan complejo como una ópera con la seguridad que exige la pandemia, también hay que decir que un ente público, y más aún en tiempos de crisis, no puede presentar funciones donde el precio de la taquilla llega a números propios del festival de Salzburgo. Un abogado del diablo podría decirme que el Liceo ha tenido que aumentar precios porque otros teatros de Europa reciben mucha más cuantía de subvención pública, pero esta no es la excusa para que el ciudadano tenga la sensación de que en las fechas importantes y en los repartos estelares no es bienvenido porque el ticket tiene el valor de la mitad de su salario. Y esto, que no es nada demagógico, nos lleva a preguntarnos si once funciones de una ópera con un cartel estelar sustituyen a un proyecto artístico con vocación pública. La respuesta, desgraciadamente, debe terminar siendo negativa.

Dudamel ha sido un revulsivo para la orquesta del Liceu. ©Paco Amate

Las pistas de por dónde deben ir los tiros ya las tenemos en el propio Liceo. Durante la era Matabosch, el teatro recibió una buena cantidad de cantantes y batutas célebres que no sólo visitaban el Liceu por su tradición estelar (y para disfrutar del sol barcelonés y sus cada vez menos deliciosas paellas), sino porque se programaban versiones operísticas que marcaban una pauta teatral interesante sin esta subida enorme de precios en la taquilla. No hay que estar a la altura de los grandes teatros de ópera del mundo, en la liga de Viena o del Met neoyorquino, para seguir esta pauta. Lo han hecho óperas como Lyon o La Monnaie y directores como Mortier en el Real o Pereira en la Scala con un programa artístico integral (que pasa por hacer interactuar diversas disciplinas artísticas en imbricación real, que es algo más que programar cuatro exposiciones de cartelitos de arte en el Foyer de vez en cuando y poner poemas de Joan Margarit en los programas de mano).

Mirado desde esta perspectiva, la visita de un excelentísimo director como Dudamel, eso nadie lo niega, acaba resultando en una excepción que empantana graves carencias de gestión y de ambición artística en el Liceo. Repito. Estamos a favor de los grandes nombres, de que nos visiten las más excelsas batutas, pero si esto sirve para disimular que hoy el primer equipamiento público de Catalunya no tiene una guía artística, el glamour huele a estafa. Todo ello, por no hablar de cuál es la implicación que un teatro público catalán acaba teniendo con los cantantes y los compositores de casa (lo cual no se salva, anticipo las respuestas, con papeles comprimarios que sacaban la cabeza entre casts estrella) y, como derivada política, el nivel con el que la ciudadanía puede fiscalizar su gestión. Que el disfrute momentáneo, por tanto, no nos haga olvidar que todas estas cuestiones producen más angustia que alegría.