Albert Serra
El cineasta Albert Serra asegura haberse dedicado al cine “por diversión". ©Clàudia Robert.
EL BAR DEL POST

Albert Serra: Sin vuelta atrás

Avanza flemático, con un porte señorial rayano la nobleza, hacia la barra.

–¿Qué tomarás?


–Tomaría Champagne francés rosado, pero es muy caro y me aguanto. Campari con zumo de naranja natural, entonces.

Se toma unos segundos, y luego rectifica:

–Aunque una Coca-Cola light también está bien, bebo tres cada día.

 

Banyolí con residencia más o menos fija en Barcelona y París, el cineasta Albert Serra se define como “artista en un sentido más o menos amplio”, y asegura haberse dedicado al cine “por diversión. “La verdad es que no me ha decepcionado, pero en el mundo del arte contemporáneo hay más libertad y, de vez en cuando, esto es estimulante y puedo hacer allí cosas más raras y difíciles. Pero, como en todo lo demás, hago lo que me piden o lo que me toca. Para mí ser artista es un deber, no sé de dónde sale, porque podría hacer muchas otras cosas y bien, pero jamás he sentido la tentación de abandonar el arte, es una fatalidad; o una forma de compromiso con uno mismo que va mucho más allá de lo que la gente normal pueda imaginar”.

–¿Una fatalidad?

–Sí. No hay vuelta atrás. Tengo una sola vida y la voy a acabar con esto, así de claro. No me tienta ni la riqueza, ni el éxito, ni nada externo a este compromiso. Podría decirse que paso de todo, menos de esto.

La última Universidad y el principio del ‘Do It Yourself’

“Mi vida no existe antes de los 16 o 17 años y para entonces ya todo estaba decidido. Me puse a estudiar Filología Hispánica y Teoría de la literatura en la UB y esto lo cambió todo, porque aquello era el último destello de la verdadera Universidad: no tenías que ir nunca a clase y, si ibas, era para escuchar a los grandes maestros que quedaban, los herederos de la gran tradición de insignes humanistas. Era ideal para convertirse en artista bohemio. No era una prolongación de la escuela o la guardería como ahora”, explica el artista, rememorando que, en paralelo, apareció la tecnología digital. “Me di cuenta de que se podía hacer cine con la filosofía del ‘Do It Yourself’ (Hágalo Ud. Mismo/a) y la diversión como principios fundamentales. Nunca imaginé que lo llevaría a la práctica con tanta precisión y locura, y hasta hoy todavía no he tomado ni una sola decisión, por pequeña que sea, que no obedeciera a un criterio artístico propio”.

En 2006 la suerte, “que tuvo su parte en la ecuación”, se pone de su parte cuando Honor de caballería es seleccionada en el Festival de Cannes: “Aunque era merecido, podrían perfectamente haberla pasado por alto”. Así se cimentó su prestigio como cineasta en Francia, donde todas sus obras son aplaudidas por un público cuyos apetitos se han visto saciados por cintas como El cant dels ocells, Història de la meva mort, La muerte de Luis XIV o Liberté.

Albert Serra trabaja en una película sobre la tauromaquia
Albert Serra trabaja en una película sobre la tauromaquia. ©Clàudia Robert Malagelada.

Más ética ‘Do It Yourself’: “Te parecerá extraño, pero de lo que más orgulloso estoy es de haber producido todas mis obras, es decir, de haberlas hecho posibles en tanto que productor. Que sean buenas o excelentes una vez hechas me parece natural, y en mi mente se da por descontado; pero que lleguen a existir, sin ninguna concesión, me parece literalmente increíble. Es fruto de una rara determinación y una gran tenacidad, compartida en parte con mucha gente que ha trabajado conmigo. Desde un punto de vista estético, Historia de mi muerte, Singularity y Liberté son insuperables, tres obras maestras únicas que no podría haber hecho nadie más en el mundo. Son tan extraordinarias que, hay que reconocerlo, estoy un poco orgulloso de ellas”.

–¿Y ahora, en qué andas metido?

“En una historia de amor que se rodará en Polinesia, y en una película sobre toreros. No me gustan los documentales que se hacen aquí, que son infantiles comparados con los chinos o los rusos, por ejemplo; pero me pidieron que hiciera uno y el único tema a nuestro alcance que se me ocurrió, un tema extraordinario al nivel de los temas que tratan los grandes documentalistas de los países citados, es la tauromaquia. Será la mejor película jamás hecha sobre este tema”.

Una Barcelona (y un mundo) víctima(s) de la corrección política

Serra habla con cierta nostalgia del ambiente bohemio del Raval: “era único y conectaba con una Barcelona muy antigua, la de Genet o Georges Bataille. Me gustaba por ejemplo la Bodega Bohemia, que conocí, y fue magistralmente retratada en la película Yo soy así, que es sin duda la mejor película sobre Barcelona de los últimos cuarenta o cincuenta años, aunque tuvo la mala suerte de coincidir en el tiempo con En construcción, que ofrecía una visión menos fantasiosa y más pactista que la administración adoptó”.

Asegura que Barcelona le gusta mucho, con la excepción de “los locales de noche, bares y discos, de la parte alta de la ciudad, por encima de la Diagonal”, que detesta y califica como “los peores de cualquier ciudad europea que conozca, incluidas Múnich y Moscú, que ya es decir”. Le apena que “el ambiente artístico casi haya desaparecido, al menos a nivel social y de calle”. Algo que, a su entender, ocurre globalmente debido a “la presión de lo políticamente correcto, que ha echado a la gente original de la calle”. Que mata la diversión. “La diversión es injusta por definición”, sentencia.

En la radio suenan las noticias.

–Quita la radio, es aburrida y suena a nostalgia franquista. Mejor pon música–, pide.

–¿Tal vez, alguna producción del recién difunto Phil Spector?

Albert Serra aprueba con una media sonrisa insinuándose por debajo de su bigote.