Enrique Vila-Matas
La última obra escrita por Enrique Vila-Matas es Montevideo.
EL BAR DEL POST

Enrique Vila-Matas: Cambiar para seguir pareciendo uno mismo

“Yo combinaba mis estudios de Periodismo con los de Derecho, aunque no quería ser abogado. Un día acompañé a una amiga de la facultad a una entrevista de trabajo en la revista Garbo, y ahí conocí a Elisenda Nadal, directora de Fotogramas. Tiempo después, en verano, me encontré a Elisenda en unas galerías en Platja d’Aro y me comentó que buscaba a alguien que sustituyera a Olga Spiegel y que si me interesaba entrar en la revista de cine. Así es cómo empecé a dedicarme profesionalmente al periodismo y aquello me salvó de ser abogado”. El escritor Enrique Vila-Matas explica esta anécdota de cuando tenía 18 años, y una concatenación de pequeñas casualidades le hizo emprender un camino que lo ha llevado a ser uno de los autores más leídos, aplaudidos, premiados y traducidos (37 idiomas, nada menos) de nuestro entorno literario.

“Si Elisenda llega a pasar por aquella galería de Platja d’Aro cinco minutos más tarde, todo hubiese sido diferente”, razona, degustando un café con leche y un vaso de agua después de haberse atizado un plato combinado, gusto reminiscente de sus frecuentaciones de los primeros cafés americanos de la ciudad, como el mítico Kansas.

“La desaparición siempre está presente en todo cuanto escribo porque equivale al hecho de no estar, o dejar de estar, pero también a la posibilidad de poder aparecer en cualquier momento”, una visión que apuntala la timidez que rodea su persona. El deseo de poder desaparecer, devenir invisible cuando la tesitura o los miedos lo requieran, ser y no ser, dejando que las situaciones atraviesen un alma y cuerpo capaces de volatilizarse y volverse a materializar en el momento oportuno. Si lo hay.

La misma timidez por la que bebió durante muchos años en su “tentativa de agotar la noche de Barcelona” hasta que, en 2006, “tras haberla agotado sobradamente”, desterró los espirituosos de su día a día. Y cita a Francis Scott Fitzgerald, “que cuando dejó de beber, se volvió tímido”.

“Cambio mucho y, al mismo tiempo, parezco siempre el mismo”, asevera a la hora de definirse. Lo piensa unos instantes y luego sonríe: “esta podría ser una de esas respuestas polivalentes que siempre daba Johan Cruyff”. Sorbe algo más de café con leche y sentencia: “de hecho, Cruyff y Bob Dylan son, para mí, los dos grandes genios contemporáneos”.

El escritor que siempre estuvo ahí

Más que orgulloso, el parroquiano se muestra “complacido por haber sobrevivido cincuenta años en el oficio de escribir, sin ser nunca un best-seller, pero sí muy constante”. Su última obra, Montevideo (Seix Barral), marca su nuevo paso por las estanterías de una fiel y amplia legión de lectores, tras el delicado trasplante de riñón al que se sometió hace un año.

El nuevo paso de un autor —el de obras como Bartleby y compañía, El viaje vertical, Suicidios ejemplares, El mal de Montano, Hijos sin hijos, París no se acaba nunca, Mac y su contratiempo o Dublinesca —que nunca ha dejado de arrojar su visión del mundo sobre centenares de páginas que reflejan y capturan el complejo y cambiante mundo —interior y exterior— por el que se mueve.

En 2006, Vila Matas explica que desterró los espirituosos de su día a día y se volvió más tímido. ©Antonio Navarro Wijkmark – Seix Barral

Destacan dos intentos en el cine en forma de cortometrajes: Todos los jóvenes tristes, de 1969,Fin de verano, rodado en Cadaqués en 1970, con fotografía de Xavier Miserachs y protagonizado por Luis Ciges. Ambos, producidos por el padre de Enrique quien, tras corroborar que el segundo era un ataque a la institución familiar, cerró el grifo. “Influenciado por Teorema de Pasolini, Fin de verano compitió en la sección oficial del Festival de Benalmádena, quedando penúltimo”, ríe.

Volviendo al ahora, el escritor Enrique Vila-Matas asegura que su última obra está funcionando muy bien, “con diez traducciones ya en marcha” y anticipa que ya está trabajando en su próximo libro, mientras que, tras los parones propios de la pandemia y de la reciente intervención quirúrgica, ha retomado con gusto el hecho de “viajar para dar charlas y conferencias en diversas ciudades”.

El barcelonés que no ama a Gaudí

La del parroquiano con Barcelona es una relación de “gran identificación con esta ciudad de la que siempre quise huir”, con la particularidad de que no es, digamos, un devoto de la figura de Gaudí.

“Siempre se ha dicho que no me gusta él, pero lo que a mí no me gusta es el mito creado a su alrededor. Que tampoco es que su Modernismo me entusiasme. De hecho, siempre digo que me gusta París porque no tiene obras de Gaudí”, mira a su alrededor, con la misma expresión de un chaval que acaba de disparar su tirachinas contra la vidriera de un tendero antipático. Y rememora una ocasión en que bromeó con un periodista francés sobre el hecho de ser descendiente del conductor de tranvía que atropelló al genial arquitecto. “Algunos se lo creyeron y todavía, en algunos textos biográficos sobre mí que se publican en Francia, figura ese dato”. Por aquello de no estropear una bonita historia y no matar la ilusión, el escritor tampoco hace mucho por rectificarla.

“No me gusta el mito creado alrededor de Gaudí”, afirma el escritor. © Antonio Navarro Wijkmark – Seix Barral

En su relación con la ciudad, cita un momento muy especial para él, cuando en 2001 recibió el premio Ciutat de Barcelona por la que, posiblemente, sea su obra más leída, Bartleby y compañía. “Fue un galardón que realmente me emocionó, por mi vinculación y la de mi familia con la ciudad”.

—Este fue el primero de los muchos premios que luego has ido recibiendo ¿verdad?

—Bueno, en realidad era el segundo. El primero había sido un premio de redacción que me habían dado los Hermanos Maristas de Paseo de Sant Joan, donde estudiaba, cuando era adolescente.

—Ya apuntabas maneras entonces, ¿eh?

Enrique Vila-Matas apura su café con leche y se le intensifica la sonrisa, al confesar que recibió aquel premio “porque, tal y como luego me enteré, había sido el único alumno en participar”.

—¡No fastidies!

—Sí, sí, y todavía conservo el trofeo, no creas—, sigue sonriendo.