Grafiti El Tiburón de Blu El Carmel
El tiburón de Blu, en El Carmel.

Grafiti, entre el arte y el vandalismo

El street art o arte urbano es un paraguas bajo el que cabe casi de todo, y no siempre es oro todo lo que reluce. Barcelona se ha convertido en una suerte de meca turística adonde acuden amantes del spray de toda España y también del extranjero. Las pintadas de contenido político, más efímeras y polarizantes, se suman a la fiesta. Limpiar la ciudad de intervenciones gráficas espontáneas tiene costes elevados y es una misión sin fin.

Hace apenas una semana se hizo público el descubrimiento, en una serie de acantilados que se extiende por doce kilómetros de la serranía de Lindosa, en la selva amazónica colombiana, de decenas de miles de pinturas de animales y humanos. Según anunciaron sus descubridores, las más antiguas datan de hace 12.500 años. Pronto podrán verse en detalle en un documental de Channel 4.

Pinturas de animales y humanos, las más antiguas datan de hace 12.500 años.

La datación de su antigüedad se basa en que muchas representan animales extintos hace más de diez milenios, como mastodontes, paleolamas o perezosos gigantes. La magnitud del descubrimiento es sobrecogedor. Como también lo es la calidad artística de estos dibujos, que han atravesado milenios y que siguen preservando su capacidad de transmitirnos belleza y emoción. La vastedad de la obra hace inferir que, desde luego, no es obra de un solo artista, y ni siquiera de artistas que se conocieran entre sí, pues los murales se fueron completando a lo largo de multitud de generaciones. Aunque la nitidez y buen estado de conservación que presentan las pinturas han despertado algunas reticencias sobre su autenticidad, por el momento podemos solazarnos con este extraordinario descubrimiento, que ya empieza a conocerse como “la capilla Sixtina de la Antigüedad”. Mantienen el mismo estilo que las pinturas rupestres del cercano parque nacional de Chribiquete, descubiertas hace tres décadas.


Pues bien, la naturaleza de estas pinturas bien podría merecer el calificativo de grafiti: realizadas en el espacio público, obra de artistas anónimos y destinadas a decorar el hábitat de los vecinos de sus autores. Ojalá el grueso de los grafiteros contemporáneos fuera capaz de dejar un legado semejante. Si paseamos por las calles de Barcelona descubriremos también miles, o más bien millones, de ilustraciones y garabatos estampados en paredes, persianas y hasta farolas, papeleras o bancos.

Personas ante las pinturas de la serranía de Lindosa.
Personas ante las pinturas de la serranía de Lindosa.

Grafiti moderno

La inmensa mayoría de pintadas y grafiti que proliferan por las persianas y fachadas de Barcelona no pueden aspirar a pasar a ningún tipo de posteridad. Las hay con mensajes de protesta de las más diversas tendencias del arco político, con afán de notoriedad personal y con ínfulas artísticas. Los que más proliferan y suponen un mayor desafío para el descanso visual de los barceloneses y los servicios de limpieza municipales son los tags (o firmas) que proliferan en paredes y persianas, y que no tienen más pretensión que el lucimiento de su autor, no ya ante el público general, sino ante los miembros de su comunidad.

El éxito de un grafitero ha gravitado de intentar hacer una pintada de calidad a hacerlo en un espacio de difícil acceso y colonizar al máximo el espacio público. Algo parecido a lo que hacen los felinos esparciendo orina para marcar su territorio. Manifestaciones de una subcultura urbana que, aunque tiene una cierta tradición reivindicada por ciertos cronistas de las subculturas contemporáneas, en su mayor parte devienen simplemente vandalismo que ni embellece la ciudad ni granjeará a sus autores ningún tipo de reconocimiento más allá de su círculo más cercano o de las redes sociales en las que, cada vez más a menudo, recogen y documentan sus hazañas gráficas. Lo que más puede chocar incluso a connaisseurs del tema es la baja calidad general y la torpeza de la mayoría de estas ejecuciones, que parecen más destinadas a marcar territorio en círculos de tribalismo urbano que a aspirar a la excelencia. Si se introduce el hashtag #grafitibarcelona en Instagram, se puede acceder a una nutrida muestra gráfica de intervenciones en todo tipo de soportes de la ciudad.

Grafitis en puertas y persianas de Barcelona
Grafitis en puertas y persianas.

Algunos grafiteros han pasado a la intrahistoria local del grafiti a base de plantar sus firmas en tantos lugares como pudieran, como Chupet Negre, todo un veterano, y otros más recientes, de los que desconoce si son uno solo o un colectivo, como Sinpapeles, que parece contener un mensaje político pero que a base de repetirse como el ajo en paredes de toda la ciudad resulta ya tan anodino como un tal Farlopa, que hace años colonizó con expresión tan fútil buena parte de las paredes de Ciutat Vella, Gràcia y el Eixample. Incluso hay alguien que ha querido hacer una versión minimal del asunto, y que se limita a plantar puntos rojos en las paredes de los edificios (miles de ellos, eso sí, porque la obra puede replicarse con suma facilidad), en un ejercicio de insistencia minimalista que, por lo menos, resulta menos invasiva que la de otros de sus colegas. Difícil es discernir en ese caso si el autor es realmente artista o simplemente padece un trastorno obsesivo compulsivo. Lo cierto es que los puntos resultan ser, oh sorpresa, un “proyecto artístico” que, bajo el nombre de Red Dot Theory dispone de su propia cuenta en Instagram, cómo no, y de algún vídeo en Youtube donde explica la evolución del proyecto.

Desconocemos si el sueño húmedo de muchos grafiteros sería trascender el apego a la persiana y alcanzar la gloria internacional entre críticos y coleccionistas, como consiguió Banksy, lo que parece evidente es que aunque disponemos de una abundante cantera de grafiteros, el talento no brilla especialmente en ese colectivo.

El precio a pagar

La limpieza de grafiti, que obviamente no alcanza a poner coto al fenómeno, supuso en 2019 un gasto para el consistorio barcelonés de 3.942.604 euros, gastados en limpiar unos 400.000 metros cuadrados, con un total de 164.000 intervenciones de los operarios municipales. Una cantidad incluso superior a la prevista para los próximos años: el concurso para limpieza de pintadas en el periodo 2020-2023 asciende a un importe de 13.751.686 euros. Una cantidad nada despreciable, pero que a buen seguro no conseguirá que muchas de las paredes y persianas de la ciudad luzcan libres de pintadas, la mayoría de ellas perfectamente carentes de razón de ser. Las pintadas consideradas ofensivas se intentan eliminar en menos de 24 horas.

El sistema que se aplica actualmente se limita a limpiar pintadas de las paredes, pero no alcanza a las persianas de locales comerciales, puertas de garajes ni puertas de edificios residenciales, cuya limpieza corre a cargo de los propietarios particulares. La intensidad del bombardeo es tal que la mayoría de particulares han desistido de limpiarlas ante la perspectiva de que hacerlo constituya una invitación a que inmediatamente sean sustituidas por otras nuevas.

Grafitis en establecimientos de Barcelona
La intensidad del bombardeo es tal que la mayoría de particulares han desistido de limpiar los grafitis.

Hasta el 2006 el Ayuntamiento de Barcelona no tenía ningún programa específico de limpieza de pintadas. La ordenanza de civismo aprobada ese año inició una batalla contra los grafitis tras muchos años de tolerancia. Se trata de una batalla perdida hasta la fecha, pero que aún se libra a altos costes para el erario público. Las últimas tendencias entre los cachorros de las nuevas generaciones consisten en encaramarse a cualquier lugar que les permita dejar sus marcas en lugares inaccesibles para los equipos de limpieza municipales, lo que prolongaría su tiempo de vida. Esto les obliga a trabajar en condiciones cada vez más incómodas, lo que redunda en que los garabatos sean también cada vez más toscos.

Aunque se hayan habilitado espacios en la ciudad donde practicar el street art legalmente, que se pueden consultar en webs como esta, esta o esta, la propia naturaleza transgresora del movimiento hace imposible restringir esta actividad a las áreas designadas.

La fijación con los trenes

Capítulo aparte merecen las pintadas realizadas en trenes de cercanías, red de metro y trenes de larga distancia, que además de los daños estéticos provocan incidencias en la movilidad y situaciones de riesgo para las personas. El metro de Barcelona registra una media de cuatro intentos de intrusión al día, de los que 626 tuvieron éxito en 2019. La consecuencia fueron 1.444 vagones vandalizados, con un total de 41.774 metros cuadrados de pintadas, equivalentes nada menos que a seis campos de fútbol. El resultado es un coste anual de más de cuatro millones de euros entre costes de limpieza y vigilancia específica, que obviamente resulta insuficiente para frenar el fenómeno. Como consecuencia, a menudo la retirada de los trenes de circulación (a menudo lo primero que pintan los grafiteros es la cristalera del conductor, lo que inutiliza el tren hasta que se proceda a su limpieza) acaba teniendo incidencia en un servicio que ya sufre normalmente las consecuencias de una infraestructura precarizada por falta de inversión, como bien saben sus sufridos usuarios habituales.

Las empresas gestoras de las infraestructuras hace tiempo que reclaman que aumente el reproche judicial a esta actividad, a menudo organizada. Algunas sentencias recientes van en esa dirección, aunque los resultados aún no son detectables. El pasado 11 de noviembre se conoció la detención de 99 grafiteros por su responsabilidad sobre más de 1.000 pintadas realizadas en vagones de Metro o Renfe en toda España, pero con especial incidencia en Barcelona. Por lo visto, nuestra ciudad se ha convertido en una suerte de meca turística adonde acuden amantes del spray de toda España y también del extranjero, gracias al parecer a la facilidad que encuentran en Barcelona para realizar sus actividades favoritas. Incluso una taquillera subcontratada se entregaba a los goces de pintarrajear el material móvil del metro de Barcelona, excediéndose claramente en las funciones para las que fue contratada. El coste de estos actos para la red de trenes de Rodalies no es menor: solo en 2018 el coste de limpiar los grafitis de Rodalies fue de diez millones de euros, que se suman a otros veinte millones gastados en reparar otros actos vandálicos. Una cantidad que hubiera permitido comprar tres nuevos trenes completos en solo un año.

Tren de Rodalies con grafitis
Tren de Rodalies vandalizado con grafitis © Renfe

Los que se salvan

Tal vez la diatriba anterior pueda hacer ganar al autor de este artículo calificativos de señoro, boomer o el más transversal facha, aunque tal vez lo más sensato fuera distinguir el grano de la paja y poner cada cosa en su sitio. Que el espacio urbano es de uso colectivo y pertenece a todos es una obviedad, y que el civismo no debiera estar reñido con la libertad de expresión también. La ciudad seguirá siendo bombardeada gráficamente por vándalos, artistas o activistas, y tal vez algunas de esas expresiones sean reconocidas, valoradas o hasta admiradas por su público potencial, que es cualquiera que pase por delante. Desafortunadamente, incluso las mejores corren el riesgo de pasar sin pena ni gloria entre la maraña de garabatos sin valor y con escaso sentido que colonizan el espacio público.

Grafiti 'Molt Honorable', de la artista La Castillo.
Molt Honorable, de la artista La Castillo.

El grafiti intermitente de Keith Haring

A pesar de la enorme presión de pintadas inanes o directamente execrables que invaden el espacio público barcelonés, la ciudad también ha acumulado obras que merecen consideración y que forman parte de itinerarios frecuentados por quienes valoran esta forma de arte urbano. Algunas aún permanecen en sus ubicaciones y otras han desaparecido, víctimas de los servicios municipales o, también frecuentemente, de otros aficionados al spray que usan obras precedentes a modo de palimpsesto.

Algunas se han convertido en patrimonio de la ciudad, como el grafiti de Keith Haring ubicado al lado de la entrada del MACBA de Barcelona. El malogrado artista (que falleció pocos meses después de completar la obra, víctima del sida) lo pintó originalmente en la plaza Salvador Seguí (donde hoy se levanta el edificio de la Filmoteca), animado por su amiga la galerista Montserrat Guillén y con la aquiescencia de Ferran Mascarell. Se titula Todos juntos podemos parar el sida (Together we can stop AIDS en su título original). El mural fue degradándose hasta hacerse irrecuperable, víctima sobre todo de otras pintadas, pero también por la vandalización del propietario de un burdel cercano, que temía que la temática le espantara a la clientela. Los servicios municipales lo habían documentado, y años después fue replicado en su actual ubicación, donde ya ha tenido que ser recreado en tres ocasiones tras sucesivas destrucciones a cargo de otros artistas. La última versión data de 2014.

Grafiti 'Todos juntos podemos parar el sida' de Keith Haring.
Todos juntos podemos parar el sida, de Keith Haring.

La desaparición de un grafiti, aun cuando puedan reconocérsele valores artísticos señalables, tampoco supone un drama. Su propia naturaleza es efímera, y casi todos los de valor quedarán bien documentados, al menos en las cuentas de Instagram de sus autores. El propio Banksy (de quien actualmente se puede visitar una exposición en una galería de la calle Trafalgar, The World of Banksy), que ha elevado el street art al circuito del arte más exclusivo, plasmó en nuestra ciudad algunas obras en los años 2002 y 2003. Obras que solo han quedado documentadas en alguno de sus libros, y que pasaron completamente desapercibidas en su momento, antes de que fueran borradas inadvertidamente por algún operario de limpieza o por algún rival poco informado.