Stop Motion The NBP

La oscuridad en stop motion

¿Cineastas o escultores? Pequeños muñecos de madera y alambre personalizan la maldad en estado puro en los cortos de Anna Solanas y Marc Riba, pareja de cineastas catalanes con 13 cortos -y sumando-, una voz propia y una capacidad evidente para perturbar y hacer aflorar las sombras del inconsciente personal y colectivo.
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s difícil imaginar que unos pequeños muñecos de madera, alambre y látex puedan generar repugnancia o conectar con los miedos que subyacen, enterrados, en lo más profundo del inconsciente colectivo. Pero sucede. Os invito a ver Violeta o Les bessones del carrer Ponent. Son dos de los títulos más conocidos del tándem Anna Solanas-Marc Riba, una pareja de cineastas que, desde que se encontraron en la ESCAC hace casi 20 años, no han dejado de imaginar, crear, escribir, construir y modelar atmósferas que ya son reconocibles para los que hayan visto alguno de sus trabajos. Nos encontramos en su pequeño taller en Gracia, un sótano repleto de decorados minúsculos amontonados, horas y horas de trabajo artesanal apilado que ha estado vivo en historias que han dado la vuelta al mundo. Y es que sus cortos han estado en más de 1.000 festivales y han conseguido innumerables premios, aunque no es de cifras de lo que vengo a hablaros aquí.

 

Vayamos a lo importante: ¿Cómo es posible transmitir emociones tan intensas a través de seres inanimados? ¿Cómo es posible que sus muñecos generen más movimiento interno que muchos actores de carne y hueso? “Es la magia de los muñecos”, dice Anna; “y el tipo de animación que hacemos no es nada realista, es muy parca, va a lo esencial”. Asegura que lo consiguen teniendo detrás una historia que ayuda a entender el sentimiento del muñeco y a la suma de los detalles más pequeños: “A veces es la postura de los ojos con la pausa, el gesto de la boca…”. Porque el espectador puede quedarse perfectamente perdido en los reflejos en el iris de los ojos de Violeta o en el maquillaje decadente de los personajes de Cabaret Kadne.

Realmente trabajando en animación puedes hacer lo que quieras, a nivel de producción. No te pones barreras, porque puede suceder lo que quieras, crear el tipo de personaje que quieras… eso nos da una gran libertad”, afirma Marc

Sexualidad e infancia son dos de sus temas capitales. También la guerra y el destrozo que estamos haciendo en la Tierra. Los dos primeros aparecen en Les bessones del carrer Ponent, en el que dos abuelas gemelas unidas por una relación perversa encarnan al mismísimo hombre del saco pero en más terrorífico –si cabe- y por partida doble; dos personajes de ficción inspirados en uno real de la Barcelona de hace dos siglos que secuestraba niños en el Raval. La oscuridad que siempre emerge.

Esta oscuridad, siempre presente, y un pequeño con la cara llena de marcas protagonizan Cavalls morts, o la guerra vista desde los ojos de un niño que, para salvarse de las bombas, se introduce en las tripas de un caballo muerto en busca de un corazón que ya no se escucha. Poesía en estado puro también. Simbolismo. Significación en movimiento. Y es que Anna Solanas y Marc Riba van tan a lo esencial y presentan la realidad de una forma tan cruda, tan parca, tan desnuda, que sería insoportable ver sus historias en imagen real. “Realmente trabajando en animación puedes hacer lo que quieras, a nivel de producción. No te pones barreras, porque puede suceder lo que quieras, crear el tipo de personaje que quieras… eso nos da una gran libertad”, afirma Marc.

Libertad que puede llegar tan lejos hasta doler, como todo lo que es de verdad. A lo que ella añade: “Trabajamos con objetos inanimados. Eso nos permite tratar temas políticamente muy incorrectos, y muchas veces además mezclando niños, porque es un tema que nos obsesiona bastante, el hecho de mezclar la infancia con la crueldad; la técnica en si nos lo ha permitido y, a pesar de tratar temas políticamente muy incorrectos, siempre hemos tratado de hacerlo de una manera elegante”. Por eso, los dos ponen una cara rara cuando les pregunto si algún día rodaran con actores de carne y hueso. “No no, nos sentiríamos…”, empieza Anna; “…fuera de lugar, es otro ámbito”, termina Marc.

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En toda la primera parte del proceso quizás sí que somos más cineastas, por guion, planificación… pero luego es diferente, después nosotros somos más escultores…”, dice Anna.

¿Y por qué el stop motion? “Estamos enamorados de la técnica en si, del hecho artesanal, que se vean los acabados nos atrae mucho”. Marc da vida a los muñecos con sus manos, que provienen de un diseño plano. “En toda la primera parte del proceso quizás sí que somos más cineastas, por guion, planificación… pero luego es diferente, después nosotros somos más escultores…”, dice Anna. Escultores que construyen entre 6 y 10 segundos de metraje por día, escultores que invirtieron cuatro meses solo en el rodaje de Canis, a los que hay que sumar otros tantos de pre-producción. De hecho lo que más trabajo da es la previa del rodaje: construir la historia, el muñeco, el decorado… Construir con las manos, rodar con las manos, materializar lo oscuro en minúsculos movimientos de pestañas, ojos y boca. Y llegar a las tripas del espectador para mover algo que estaba dormido.

 

Pero no todo es oscuro en su trabajo. Como todo tiene su polo opuesto, Anna y Marc tienen trabajos netamente infantiles, un cine más “blanco” del que disfrutan en igual medida que del más oscuro, por el cual son más conocidos: “De hecho somos muy infantiles en un sentido radical, disfrutamos mucho el producto infantil, el producto más blanco, y por eso a veces también lo hacemos”. ¿Y de donde vendrá esa presencia aplastante de la infancia en todo su cine? “Me da la sensación de que admiramos la inocencia” (Anna).