Grafiti Pablo Hasél
UNO DE LOS GRAFITIS QUE HAN PINTADO EN BARCELONA PIDIENDO LA LIBERTAD DE PABLO Hasél.

El fuego controlado de Pablo Hasél

Con muchas obras dedicadas al rapero Pablo Hasél, el jardín de las Tres Xemeneies es un espacio artístico interesante de grafiteros que muestra cómo la protesta se ha institucionalizado en Barcelona

Los Jardins de les Tres Xemeneies abren un hueco enorme al final del Paralelo donde la avenida ensaya la agonía hacia el puerto en una explanada oceánica de hormigón que los grafiteros han convertido en uno de los rincones más originales de Barcelona. Es martes a media mañana, acaban de detener el rapero Pablo Hasél, y en la plaza de los jardines, entre el Pasaje de la Canadenca y la Calle de Palaudàries, sólo hay un grupo de skaters haciendo piruetas, algún sin techo que mama birra caliente y un grupo de tres aprendices de artista urbano que observan una foto del rey emérito mientras ensayan gestos en un muro, imaginando la caricatura. Los colores llamativos de la pintura conviven felizmente con el ladrillo rojo de las chimeneas del ingeniero Narcís Xifra, que se alzan como una familia de Samotracias recordando el pasado industrial y reivindicativo de una ciudad que cuando hacía huelga de verdad no quemaba cuatro contenedores, sino que dejaba todo dios a oscuras y cagadito a punta de pistola.

Grafiti LIBERTAD DE EXPRESIÓN
Una pintada a favor de la libertad de expresión en los jardines de Les Tres Xemeneies, en el Poble-sec.

El pasado 7 de febrero, un grupo de artistas de la ciudad decidieron apropiarse de parte de la plaza para denunciar el secuestro legal de Hasél. Owen se ha reservado el muro lateral de la plaza donde leemos un enorme “Libertad de Expresión” en letras blancas sobre un fondo negro. El lema se repite, volteado como en un espejo, en la obra de Chamo que retrata al rey emérito coronado entre rejas con cara de payaso. El Borbón exiliado es la estrella indiscutible de la exposición: Rughy lo dibuja empuñando una pistola mientras se casca un porro, con tatuajes de elefantes a los bíceps, camiseta imperio marca Gucci y unas letras donde reza el versillo Neither God can Judge Me. Contraviniendo las normas tradicionales del género, la mayoría de grafiteros rehúyen el anonimato y firman sus piezas (muchos incluyen el link de Instagram en un rincón) con cierta voluntad lúdica. En la cuenta de Galeta Maria, en una fotografía donde se la ve pintando enmascarada, puedo leer: “hemos hecho murete, bravas y cafés de convoy.”


Esta es una plaza que simboliza perfectamente cómo, en esta Barcelona nuestra los tristes años veinte, incluso la protesta acabará siendo institucionalizada y enmarcada en la filosofía chupi-guay del ir tirando colauista. El hecho de que los servicios municipales limpiaran una de las imágenes del Borbón que había realizado el artista Roc BlackBock (en la que se podía ver la cara de Juan Carlos I con algunas flechas republicanas clavadas en las mejillas y acompañado de adjetivos como “Ladrón” o “asesino de elefantes”) y que después la alcaldesa de Barcelona prometiera a toda prisa restaurarlo demuestra hasta qué punto este jardín reúne unas muestras de arte que son perfectamente asumibles por el común del ciudadano. Ello también explica que, con un cinismo mayúsculo, la mayoría de políticos podemitas españoles lloren la detención de Hasél en Twitter cuando tendrían mucho más fácil poner como condición política su indulto inmediato y la retirada de la Ley Mordaza para continuar en el Gobierno estatal.

Es de un cinismo mayúsculo que la mayoría de políticos podemitas españoles lloren la detención de Hasél en Twitter

La posterior lucha urbana que hemos vivido en Barcelona desde la detención del rapero (con los contenedores en llamas como protagonistas casi únicos de la galería artística) también cae en el mismo paradigma de protesta institucionalizada que ya vivimos en el caso de la ocupación del aeropuerto por parte de Tsunami Democràtic. Las nuevas revoluciones populares barcelonesas, como ya ocurrió en ese caso, son manifas con toque de queda, demostraciones de ira colectiva que son perfectamente digeribles por el estado y que acaban cuando sale el último ferrocata hacia Sant Cugat y ya nos avisaréis dónde quedamos mañana, gente. Las abuelitas se escandalizarán porque el Eixample vuelve a tener cuatro llamaradas en la esquina y los tertulianos desempaquetarán sus argumentos de siempre para hablar de orden y/o revolución mientras nos vamos acostumbrando a que la policía catalana mutile una conciudadana sin que nadie se haga responsable, porque este país vive feliz sin gobierno.

Grafiti libertad de expresión
La obra de Chamo que retrata al rey emérito coronado entre rejas con cara de payaso.

Mientras deambulo por el jardín hacia la Calle de Vilà i Vilà me pregunto por qué los grafiteros continúan con esto tan cómodo de meterse con el emérito y nadie apuesta por la tarea más difícil de retratar el estado de excepción normalizado que nos rige. No digo que no haya que denunciar la impunidad de la monarquía, que resulta aún más insultante si la comparamos con el hecho de encarcelar a alguien por la letra de una canción, pero el problema real de todo no es que el rey se vaya de putas a los Emiratos ni se jubile como un pachá, sino esa sensación de normalidad (ecs) con que la excepción ya forma parte rutinaria de nuestras vidas y que se expresa en que nuestros líderes no se hagan responsables de nada. A los ojos (y medio testículo) que se perdieron en el aeropuerto, en un engaño más de los procesistas, ahora se suma otra heroína tuerta a quien nadie hará justicia. Ni el mayor Trapero, ni el consejero de Interior, ni el presidenciable Aragonés: el nuestro es un gobierno sin caras, sin un solo rostro.

 

Aún con los grafitis en la cabeza, algunos de una belleza extraordinaria, vuelvo a casa por la noche mientras la Rambla de Catalunya vuelve a saludar el helicóptero de la policía y la calle Bailén parece una barbacoa de pasma y zentennials que quieren marcha. Todo huele a rutina y al desánimo corporativo de unos jóvenes que salen a la calle a protestar contra un cretinismo político al que han ayudado a perpetrarse votando a unos políticos que han aceptado la rendición y que ya no disimulan que sólo están en el poder para repartirse unas cuantas sillas. Finalmente, Hasél pasará un tiempo en prisión y su caso será uno de los nuevos archivos que llegará a los tribunales europeos con años de retraso y que retratará el autoritarismo del estado en alguna sentencia que será efectiva cuando el rapero ya sea libre. Al artista lo aprisiona la judicatura, pero también este color de protesta rosa con que la han retratado Sigrid Amores, Ame Soler, Arteporvo y Elena Ortega, que le hace parecer un mártir de la factoría Disney.

Grafiti Libertad Pablo Hasél
El encarcelamiento de Pablo Hasél ha desatado una ola de protestas en las grandes ciudades.

Pasear por el parque de las Tres Xemeneies es un placer, sin duda. Y es eso precisamente lo que me preocupa, que la protesta se haya convertido en una actividad lúdica más de esta ciudad donde la hada Ada nos acabará institucionalizando incluso el arte de mear en una esquina cuando vuelves mamado del bar, donde la indignación se parecerá cada vez más a un episodio del Polonia con sus mascarillas subvencionadas. De momento, el fuego de Pablo Hasél será fácilmente controlado por la mayoría de administraciones que llenan los periódicos de comunicados defendiendo la libertad de expresión pero asumiendo también que se haga caso a los jueces y recordando que el chico en cuestión tampoco era un angelito. Diría que, en este entorno tan parsimonioso, nuestra única tarea será intentar tejer espacios de libertad individual que no caigan ni en la red de la protesta controlada por el estado ni en esto de hacer grafitis porque se acaben retratando los turistas chinos. Esta es la lucha de nuestro tiempo. Volver la llama original a la Rosa de Foc y que de las chimeneas vuelva a salir humareda.

 

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