Carles Mir
El especialista en cine y autor de ‘Los cines de mi vida', Carles Mir. ©María Casas
EL BAR DEL POST

Carles Mir: Un amor de cine

Por poco, Carles Mir no nació en un cine. Fue una noche de 1948. Su madre rompió aguas justo al final de una comedia con Cary Grant que estaba viendo en el Astoria y dio justo tiempo de llegar a casa para que, al rato, ya de madrugada, la criatura viniera al mundo. A los cinco años, Carles ya iba al cine con regularidad con sus padres. A los siete, no pasaba semana sin, al menos, ir a ver tres películas. Al cine absorbido en salas se sumaban las bobinas que se exhibían en casa con un proyector Pathé Baby: desde grabaciones caseras hasta viejas películas de Charlie Chaplin o Harold Lloyd. Aquello sólo podía acabar en un rechazo total o en un amor desaforado hacia el cine. Y, en su caso, la respuesta es de sobras conocida por todo aquel que haya disfrutado de su larga y aplaudida trayectoria como experto de cine en Betevé, al frente de programas como Barcelona i Acció, dedicado a la repesca de joyas del celuloide grabadas en la ciudad.

El parroquiano se deleita con una “copa bien fresquita” de Viña Sol a pie de barra, mientras las notas del Will you still be mine por Ella Fitzgerald y Oscar Peterson se deslizan sobre el aire nocturno que impregna el Bar.

En su rostro, la sempiterna sonrisa de un hombre que durante su vida ha ido atesorando muchos y muy buenos amigos y, bajo el brazo, Los cines de mi vida (Comanegra): su recién publicada memoria sentimental. Un volumen profusamente ilustrado que recorre dos décadas de salas de cine barcelonesas, de 1950 a 1970, trufadas de anécdotas, curiosidades históricas, incontables referencias del séptimo arte y jugosas anécdotas personales. El prólogo corre a cargo de uno de esos tantos amigos suyos, nada menos que Román Gubern.

Volver al celuloide

Tras una infancia y una adolescencia vividas en estrecho contacto con el mundo de las películas, a los veinticinco años el parroquiano viajó a Nepal y a la India. “Fue un viaje por tierra, de Barcelona a Katmandú, y me quedé ahí seis meses. Aquel periplo me transformó y, cuando volví aquí, yo había cambiado. Salí del armario y me fui de mi barrio, Sant Gervasi, para mudarme a vivir en el Raval. Ahí hice buenos amigos como Nazario, Ocaña o Camilo y viví aquella Barcelona donde podían pasar cosas que en los otros barrios no pasaban”.

Carles Mir, con su libro Los cines de mi vida, editado en catalán y en castellano. ©María Casas

En aquella época es cuando empieza a colaborar en prensa como crítico de cine para cabeceras como Pronto o Lecturas, y su nombre empieza a sonar como cinéfilo de referencia en la ciudad. “Pero aquello no tuvo continuidad y me metí de lleno en la hostelería. Durante años regenté un bar llamado Caos Mil donde sonaban jazz y bandas sonoras y todo estaba ligado a las películas que me gustan. Pero aquella aventura duró unos pocos años, entre finales de los 80 y mediados de la década siguiente”.

En 2001 vivía en Vallvidrera y trabajaba en un local de la plaza Sant Agustí. “Iba y venía cada día en moto y era un ritmo de vida que, a mis 52 años, yo ya no podía aguantar, así que decidí dejarlo”. Fue entonces cuando su amigo Terenci Moix sugirió su nombre para el canal televisivo municipal. “Entré a dirigir y presentar un programa especializado en cine del oeste, mayormente spaghetti western. ¡Un espacio que hoy sería impensable!”. No tardaría demasiado en ponerse al frente del referencial Barcelona i Acció.

Carles Mir ama una Barcelona en la que ha llegado a vivir en siete barrios distintos, pero que en breve va a abandonar para mudarse a un pueblo cercano

Aquel fue un retorno por todo lo alto al mundo del celuloide, que complementó con diversas colaboraciones en medios como Com Ràdio o Radio 4 de RNE. “Y hoy estoy jubilado, disfrutando de mis amigos y, por supuesto, de las películas que veo en el cine o de mi colección de DVDs”.

El embrujo del mar

Carles Mir ama una Barcelona en la que ha llegado a vivir en siete barrios distintos, pero que en breve va a abandonar para mudarse a un pueblo cercano. “Las personas nos hacemos mayores y cambiamos, y también la ciudad cambia. Mi relación con ella es de amor total, pero yo aquí ya he hecho todo lo que tenía que hacer”.

—¿Y cuál ha sido tu barrio favorito de la ciudad?

—Todos tienen algo. Yo reivindico mucho la zona donde nací, Sant Gervasi, donde hay de todo: bares, parques, servicios. Es muy limpio y muchos barceloneses no lo conocen.

Pero, pese a este cariño por su barrio natal, su relación con la urbe se centra en el mar y en el embrujo que, desde pequeño, el Mediterráneo ejerce sobre él. “Uno de los recuerdos que me enamoran de Barcelona es de la primera vez que vi su línea costera en el que fue mi primer viaje en barco, yendo a Ibiza. También me encantan las Golondrinas y el rompeolas y, si te soy sincero, incluso me gusta más el puerto que la Barceloneta”, ríe.

—Ahora que te vas, ¿no echarás de menos ese mar?

Carles Mir apura su copa de vino, tal vez para dar paso a una siguiente, y de fondo Ella se emplea a fondo con su insuperable versión del Someone to watch over me.

—Me mudo a un pueblo costero —replica con su amplia sonrisa—, así que de eso no me va a faltar.