Hay un barrio en Barcelona que muchos barceloneses conocen de nombre, aunque pocos lo han pisado de verdad. No aparece en los circuitos turísticos, no tiene hoteles de cadenas o terrazas con DJ y sus calles a las diez de la noche están en silencio. Se llama Les Tres Torres, y es, según el Institut d'Estadística de Catalunya, el barrio con la renta media más alta de toda Catalunya. El Hotel Primero Primera está aquí. Es el capítulo 18 de Hoteles con Historia, la serie que cada quince días publicamos en el The New Barcelona Post, y para entender por qué este hotel existe, hay que entender primero quién vive en este barrio y cómo llegó a ser lo que es.
El nombre viene de tres hermanos de Sants (los Romaní i Climent Mas) que a principios del siglo XX construyeron aquí tres residencias señoriales, una para cada uno. Tres torres. El topónimo arraigó y el barrio empezó a urbanizarse al ritmo del tren de Sarrià, que ya unía la Plaza de Cataluña con el antiguo municipio desde 1860. La burguesía industrial barcelonesa, harta del ruido y el humo del centro, descubrió que podía vivir rodeada de verde y con vistas a Collserola sin estar demasiado lejos del despacho.
Conviene recordar que les Tres Torres era parte de Sarrià, y que Sarrià... no era Barcelona. Era un municipio independiente con casi mil años de historia documentada que se resistió a la anexión con una tenacidad que no tuvo ningún otro pueblo del llano: mientras Gràcia, Sants o Sant Gervasi fueron incorporados en 1897, Sarrià aguantó veinticuatro años más. Cuando en noviembre de 1921 llegó el decreto real, comunicado al Ayuntamiento local con tan solo un día de antelación para evitar resistencias organizadas, los vecinos cerraron los comercios, se reunieron en el cine Spring del Passeig de la Bonanova y redactaron un manifiesto que decía que aquel pueblo acataba el decreto pero no abdicaba de su identidad.

Entre las familias que más se habían opuesto a la anexión estaban los Girona, los Güell y (en un guiño a nuestro Hilo Rojo que los lectores habituales reconocerán) los Godó, los mismos que construyeron la Casa Mimosa de la calle Pau Claris, protagonista del capítulo 17 de la serie. Barcelona, como siempre, es un pañuelo.
De aquella resistencia queda algo intangible pero real. Les Tres Torres no tiene la rigidez de la cuadrícula de Cerdà: sus calles son más irregulares, sus edificios más bajos, sus jardines más generosos. Funciona con la discreción de quien no necesita demostrar nada. Y eso lo distingue claramente de Pedralbes, su vecino más célebre. Pedralbes tiene más monumentos y más silencio. Les Tres Torres, en cambio, tiene vida ciudadana: mercado, bares de barrio, niños en bicicleta y vecinos que se conocen por el nombre. Es el lujo que más cuesta conseguir en una gran ciudad: parecer un pueblo.
Una casa antes que un hotel
En este escenario, en 1955, Carlos Pérez-Sala construyó un edificio en la calle Doctor Carulla. Con fachada de granito y pizarra de los Pirineos que tenía un sentido casi sentimental: la familia pasaba los veranos en la montaña, y quiso que la piedra lo recordara todo el año en Barcelona. La idea era sencilla: vivir en el piso principal con su mujer y sus ocho hijos, y alquilar el resto de las plantas a huéspedes de larga duración. Sin saberlo, estaba ensayando lo que seis décadas después se llamaría hospitalidad boutique.
Lo que nadie podría haber previsto es que la matriarca vivió en ese primer piso hasta el final de su vida. Falleció el año pasado, con 104 años, sin haberse movido de allí desde 1955. Hay hoteles que dicen que se hacen sentir como una casa. En el Primero Primera, no era una metáfora. El nombre tampoco lo es. Primero Primera es la dirección exacta donde la familia vivía: primer piso, primera puerta. Una dirección que se convirtió en identidad cuando en 2011 Javier Pérez-Sala, uno de los hijos de Carlos, impulsó la conversión del edificio en hotel con una condición implícita: que no dejara de parecerlo.

Las treinta habitaciones, cada una diferente, con muebles vintage de los cincuenta, objetos de viaje y piezas familiares, son la prueba de que no hubo voluntad de borrar el pasado. El interiorismo, obra de Núria Pérez-Sala y Ana Galofré, buscó la estética de un club privado inglés: maderas, cueros, alfombras y luz natural. En la planta baja, el restaurante que lleva este nombre se ha convertido en un destino tanto para los vecinos del barrio como para los huéspedes del establecimiento. Desde fuera, el edificio es difícil de leer como hotel y no como casa privada. Que era, exactamente, lo que se buscaba.
Primero Primera fue el primero. Después llegaron el Sixties al pie del edificio Colón, cerca del Museo Marítimo, y el Casa Sagnier en la Rambla de Catalunya, y hay un cuarto en obras en Pelai/Rambla. Los tres forman hoy el grupo 70K Hotels. El nombre viene de lejos: Javier tenía dieciocho años cuando hizo un viaje de 70.000 kilómetros en una Yamaha XT. Décadas después, cuando llegó el momento de bautizar el proyecto, la cifra seguía siendo la que mejor los definía. El motor, en esta familia, aparece en todas partes.

El motor como herencia familiar
Si hay algo que convierte el Primero Primera en imposible de imitar, no es el interiorismo. Es el apellido. Los Pérez-Sala son uno de aquellos apellidos compuestos de Barcelona que se pronuncian enteros, como una sola palabra, y que llevan implícito un universo social. Empresarios, veraneantes de montaña, y discretos mecenas. Pero lo que los hizo populares más allá de los círculos de la alta burguesía fue el motor. Luis Pérez-Sala llegó a la Fórmula 1 en 1988 con el equipo Minardi junto a Adrián Campos, formando por primera vez una pareja de pilotos españoles en la misma escudería de la categoría reina del automovilismo. Minardi era exactamente lo contrario de un equipo grande: pequeño, modesto, querido por los aficionados precisamente por eso.
Con aquel material, Luis hizo lo que pudo. Y en el Gran Premio de Gran Bretaña de 1989 terminó sexto. Un punto. El primero que un piloto español sumaba en la Fórmula 1 desde los años cincuenta. Una gesta que la prensa española casi no celebró, quizás porque aún no había vocabulario para explicar lo que significaba puntuar en la F1 con un Minardi. Después de la F1, Luis no se alejó del paddock: campeón de España de Turismos en 1991 y 1993, Team Principal del equipo HRT en 2012, y más recientemente al frente del renacimiento de Hispano Suiza, la mítica marca barcelonesa encargada por la familia Suqué Mateu. El motor, para los Pérez-Sala, no es una afición. Es una manera de entender el mundo.
La saga continúa. Daniel Juncadella, sobrino de Luis, ganó el Gran Premio de Macao de Fórmula 3 en 2011 (el primero para un español en aquella carrera) y fue campeón europeo de F3 el año siguiente, lo cual le valió subir a un Ferrari de Fórmula 1, convirtiéndose en el cuarto español en hacerlo. Hoy compite en resistencia al más alto nivel, con victorias en las 24 Horas de Spa y Daytona, y el pasado 17 de mayo corrió las 24 Horas de Nürburgring junto a Max Verstappen. Una avería mecánica, después de haber liderado la carrera toda la noche, les impidió ganar. En el interior del hotel que protagoniza este capítulo, decenas de fotografías y recuerdos de carreras como esta lo explican mejor que cualquier texto.

En la calle Doctor Carulla, la piedra de los Pirineos sigue siendo la misma de 1955. Y en el primer piso, la señora que lo construyó todo miró aquel jardín durante setenta años. Hay historias que no se pueden comprar ni reproducir. Solo se heredan, y si acaso, se cuentan en artículos como este.


