Todo pasa. Incluso las eternas obras de La Rambla acabarán algún día. Mientras tanto, entre vallas, desvíos y ruido, hay un edificio que permanece inmóvil en la esquina de Rambla 111 con Pintor Fortuny 4-6. Es un establecimiento que ha cambiado de nombres, de propietarios y de épocas, pero no de presencia imponente. Es Le Méridien Barcelona, protagonista del 15º capitulo de Hoteles con Historia, la serie que cada dos semanas publicamos en The New Barcelona Post.
En esta doble dirección todo ha sido transformación. Han cambiado los nombres, los dueños, las modas y hasta las celebridades que llegaban en coches de lujo hasta su puerta. Sin embargo, algo permanece. Un rastro casi imperceptible, que conecta momentos muy distintos de la historia de la ciudad: el humo denso de los puros filipinos, el humo negro de un incendio y ese otro humo que van dejando las historias cuando se quedan a vivir en un lugar.
El origen es trágico. La noche de Navidad de 1932, un cortocircuito en el belén de los Grandes Almacenes El Siglo desencadenó un incendio devastador. Un tren eléctrico de juguete quedó encendido en un escaparate, las cortinas prendieron y, en pocas horas, el fuego devoró siete plantas iluminadas por más de seis mil lámparas. Aquella noche quedó marcada (sin exagerar) en la historia de la Barcelona del siglo XX, pues ardió mucho más que un edificio.
El Siglo era uno de los grandes símbolos de la Rambla. Con un millar de empleados y un modelo pionero que combinaba lujo accesible con venta por correo, había convertido el comercio en un espectáculo aun no tan frecuente como hoy. Su desaparición dejó un vacío físico, aunque también emocional, en la Rambla dels Estudis. Durante años, aquel solar fue una ausencia difícil de ignorar con el añadido de un barrio bombardeado durante la guerra civil y la desastrosa posguerra.
Sin embargo, en Barcelona, los vacíos y sobre todo en un lugar tan céntrico, rara vez permanecen. Con el tiempo, la apertura definitiva de la calle Pintor Fortuny hasta la Rambla reordenó el entorno y devolvió sentido a aquel espacio. La ciudad volvía a tejerse sobre sí misma, como tantas veces, preparando la siguiente historia: la segunda mitad del siglo pasado.
En mayo de 1957, ese vacío volvió a vivir con la apertura de puertas de un hotel.La Compañía General de Tabacos de Filipinas, cuya sede monumental se alzaba justo enfrente, decidió levantar allí el Gran Hotel Manila. Era una apuesta coherente con su historia: una empresa que había conectado Barcelona con Asia a través de los buques de la Transatlántica y del comercio del tabaco daba ahora el salto a la hotelería en uno de los puntos más carismáticos de la ciudad.
El proyecto arquitectónico se encargó a Agustí Borrell i Sensat, de líneas sobrias y elegantes. El resultado fue un edificio neoclásico de 207 habitaciones que pronto se convertiría en referencia. Y con un detalle que aún hoy lo distingue: sigue siendo el más alto de La Rambla.
Borrell i Sensat ya había dejado su huella en otro punto importante de Barcelona: la antigua sede del Banco Rural Mediterráneo en la confluencia de Gran Vía con Passeig de Gràcia. Un edificio que también ha vivido varias vidas: de centro financiero a espacio comercial, de la mítica Terraza Martini en su planta más alta a una gran tienda de moda contemporánea: del Virgin Megastore inaugurado por el mismísimo Richard Branson al gran Zara actual que resume bien las etapas de transformación de la ciudad.
Un Gran Hotel de verdad
El Manila no tardó en encontrar su lugar. Durante los años sesenta y setenta fue refugio habitual de artistas del cercano Liceu (sopranos, tenores, músicos) y de figuras del cine, la canción, los negocios y la cultura que encontraban en este lugar una combinación perfecta de discreción y centralidad.
En sus bajos, además de una galería comercial tenía uno de sus espacios más singulares: el Camarote Granados, un nombre que evocaba el último viaje del compositor Enric Granados, fallecido en 1916 cuando el barco en el que viajaba fue torpedeado en el Canal de la Mancha por un submarino alemán. Aquel camarote simbólico daba sentido a un espacio pequeño e íntimo, para la cultura.
Allí se celebraron exposiciones, encuentros y noches que quedaron en la memoria de los melómanos. No era extraño escuchar a Victoria de los Ángeles acompañada de grandes pianistas cantar para un grupo reducido de privilegiados. Más que un escenario, era una especie de speakeasy o pequeño club de música clásica.
Con el paso del tiempo llegaron los cambios. Bajo distintas gestiones, el hotel fue adaptándose a nuevas exigencias hasta que una reforma integral lo elevó a cinco estrellas bajo el nombre de Ramada Renaissance. Fue el inicio de su etapa moderna, sin romper del todo con lo que había sido. Uno de sus huéspedes más famosos de entonces fue Michael Jackson que ocupó la misma suite que Luciano Pavarotti.
El giro definitivo llegó en los años noventa, cuando el establecimiento se incorporó a la marca Le Méridien, entonces integrada en Starwood y hoy en la gigante Marriott. Nació así el Le Méridien Barcelona actual, una transición que supo respetar su esencia mientras se ha ido adaptando a los estándares del lujo contemporáneo.
Hoy es uno de los 23 hoteles cinco estrellas Gran Lujo de Barcelona, y uno de los nueve de Ciutat Vella con esta categoría. Mantiene 191 habitaciones y suites, muchas con vistas directas a La Rambla, y sigue siendo un punto de referencia para entender la ciudad desde el centro.
Director y escritor
En esta memoria hay un nombre importante: el escritor Jordi Siracusa, seudónimo de Jordi Martínez Brotons. El que fuera director del hotel durante años, fue también su narrador más lúcido. Vivió la edad dorada del Manila y convirtió esas vivencias en relatos donde la frontera entre realidad y ficción es difusa. Como todo gran director de hotel “de categoría”, se llevó muchos secretos en su memoria al fallecer el año pasado… o quizá los contó.
Sus libros están llenos de escenas que parecen inventadas… hasta que uno entiende que, en un hotel como este, la realidad suele ir siempre un paso por delante. Su desaparición dejó un vacío inevitable, pero también una mirada que sigue presente en cada rincón del edificio.
Hoy, el Le Méridien Barcelona continúa en ese cruce entre La Rambla y Pintor Fortuny, con varias vidas a sus espaldas y la misma vocación intacta de gran hotel frente a otro que fue su germen: el hotel 1898, que quizá sea un futuro capitulo de esta serie. Un establecimiento con historia que fue la sede de Tabacos de Filipinas. El humo que es hilo de esta historia.