Hay una terraza en Pau Claris 179 desde la que se ve La Pedrera como casi nadie la ve. No es la fachada ondulante que todo el mundo fotografía desde el Passeig de Gràcia, sino su parte trasera: el mismo ritmo concavo-convexo, los mismos guerreros de trencadís a la altura de los ojos, aunque desde una perspectiva diferente.
Lo más curioso es que el edificio desde el que se contempla esa vista fue diseñado por el hombre que hizo posible al propio Gaudí. El maestro y el discípulo, juntos en la misma manzana y separados por décadas, se miran desde aquí. Eso es el H10 Casa Mimosa. Y también es el capítulo 17 de Hoteles con Historia, la serie que cada quince días publicamos en The New Barcelona Post.
Para entender la casa hay que empezar en Igualada, capital de la Anoia, y hay que empezar con sacos. La familia Godó era, ante todo, una familia de industriales textiles. Carlos y Bartolomé Godó Pié llegaron a Barcelona hacia 1860, y apostaron por el comercio de tejidos de yute, una fibra casi desconocida entonces en la industria catalana. Fundaron Godó Hermanos y Compañía, levantaron fábricas en Sant Martí de Provençals y en Santa Eulàlia, y convirtieron una apuesta arriesgada en un negocio espléndido: fabricaban los sacos con los que se movía buena parte de la producción agrícola e industrial del país.
Con el dinero del yute y el capital político acumulado en el Partido Liberal de Sagasta, dieron en 1881 el paso que cambiaría para siempre el nombre de la familia: fundaron La Vanguardia. Lo que nació como órgano de lucha política acabaría siendo el diario de referencia de Catalunya.
El Eixample era entonces el lugar donde la burguesía industrial exhibía su éxito. La arquitectura modernista servía como lenguaje del poder. En 1892, Carlos Godó Pié encargó la construcción de una residencia en el número 179 de Pau Claris y, para el proyecto, eligió a Joan Martorell i Montells, el arquitecto más influyente y respetado de la Barcelona de aquel momento. La elección hablaba tanto de buen gusto como de relaciones: Martorell era el maestro indiscutible de toda una generación.
Aquí aparece el hilo rojo que es denominador común de nuestra serie. Martorell no solo diseñó la casa que hoy es un hotel: fue quien, en 1883, recomendó a Gaudí para hacerse cargo de las obras de la Sagrada Família cuando el arquitecto original se retiró. El propio Martorell había declinado el encargo antes de proponer a su discípulo más aventajado. Fue también él quien, ese mismo año, presentó a Gaudí al industrial Eusebi Güell, el mecenas que financiaría sus obras más ambiciosas. Sin Martorell, la Barcelona que conocemos hoy sería sencillamente otra.
Una nota necesaria sobre el Palau Robert del Passeig de Gràcia, hoy sede de instituciones de la Generalitat: el edificio fue diseñado por el arquitecto francés Henri Grandpierre y construido bajo la dirección de Martorell entre 1898 y 1903. Los dos inmuebles comparten, pues, la misma mano. Y comparten un detalle revelador: las cocheras interiores que Martorell ejecutó en ambos son prácticamente idénticas. Las del Palau Robert son hoy sala de exposiciones. Las de Pau Claris 179 son la sala de reuniones Les Cotxeres del Casa Mimosa.
Lo que Martorell construyó en 1892 era excepcional para su época: fachada modernista sobria y, en el interior de la manzana, un secreto exuberante. Un jardín frondoso con caminos serpenteantes, un gran magnolio, un tilo centenario y una palmera washingtonia que sigue siendo uno de los protagonistas del patio interior. Fue en ese edificio donde vivió la familia Godó durante sus años de mayor esplendor.
Ramón Godó Lallana, hijo de Carlos, fue quien convirtió La Vanguardia en el periódico de referencia de la Barcelona moderna. No como director, un papel que ejercieron redactores de la talla de Modesto Sánchez Ortiz o Miquel dels Sants Oliver, sino como editor visionario que entendió que un diario no era un panfleto de partido, sino un espejo de una ciudad pujante.
Quienes lo conocieron describían a Ramon como un hombre con dificultades físicas considerables: cojo, casi sordo y con un ojo prácticamente perdido. Sin embargo estaba dotado de una inteligencia financiera y una determinación que no necesitaban de buena salud para imponerse. Fue diputado por Igualada en cuatro elecciones y, en 1916, Alfonso XIII le concedió el título de Conde de Godó. El 179 de Pau Claris era, en esos años, la dirección de uno de los personajes más influyentes de la ciudad.
Décadas después, ya desocupado como residencia y fragmentado en usos varios, el inmueble salió a la venta. Los contratos de los inquilinos expiraban en diciembre de 2014 y su posible reconversión en hotel era casi un secreto a voces. Hubo un momento en que el jardín estuvo en peligro (del edificio únicamente estaba protegida su fachada). No ocurrió. Cuando H10 Hotels compró el inmueble y encargó la rehabilitación al estudio Tarruella Trenchs, preservar ese pulmón verde era una condición implícita.
Antes de empezar las obras, el estudio encargó al fotógrafo Emilio Lecuona un reportaje exhaustivo del edificio: el vestíbulo con sus artesonados, el jardín con la luz de otra época, las cocheras con sus grandes losas. Esas imágenes en blanco y negro son hoy la obra gráfica que recorre las paredes del hotel. Una forma de memoria que nadie formuló de manera explícita pero que estaba, desde el principio, en el espíritu del proyecto.
El H10 Casa Mimosa abrió en 2016. Cuarenta y ocho habitaciones, todas exteriores. La Suite Condal conserva la chimenea modernista original y el techo artesonado. Las de las dos primeras plantas mantienen los techos de época. El resto es sobriedad contemporánea: latón mate, luz natural, y si, también fotografías de Lecuona.
H10 es también, a su manera, una saga familiar catalana fundada en 1969, en Salou por Josep Espelt Civit, hoy con sus hjios en las más altas responsabilidades. Casa Mimosa era su decimotercer hotel en Barcelona cuando abrió. Una ciudad, una calle, dos familias empresariales separadas por más de cien años. Los Godó llegaron del yute y construyeron un periódico. Los Espelt llegaron del turismo y construyeron una cadena hotelera. Cada uno a su manera, cada uno a su tiempo.
Arriba, desde la terraza bautizada como El Cel de Gaudí, las chimeneas del maestro al alcance de la mano. El arquitecto que construyó esta casa fue el mismo que lo llevó hasta los Güell y lo puso al frente de la Sagrada Família. Desde aquí, eso no parece una casualidad. Parece un agradecimiento pendiente entre dos hombres que nunca dejaron de mirarse desde lados opuestos de la misma manzana.