HOTELES CON HISTORIA

Hotel 1898: de López y López a Núñez i Navarro

En la parte más alta del hotel sobre la rambla y a la vista del antiguo hotel Manila està la terraza La Isabela (H1898)
En la parte más alta del hotel sobre la rambla y a la vista del antiguo hotel Manila està la terraza La Isabela (H1898)
(Periodista, consultor jurídico-aeronáutico y escritor)
04 de mayo de 2026

Hace dos semanas habíamos cerrado el capítulo 15 de Hoteles con Historia en la puerta del Le Méridien, en el número 4-6 de la calle Pintor Fortuny. Para el de hoy no hace falta ir muy lejos: basta con cruzar a la acera impar para encontrarnos con el protagonista de este capítulo, el H1898, un hotel que abrió sus puertas hace poco más de dos décadas, aunque cuya historia, como sucede a menudo con los protagonistas de esta serie, se remonta mucho más atrás y nos obliga a leer el edificio con algo más de calma.

Antes de entrar de lleno en el decimosexto capítulo, merece la pena detenerse unos segundos en una de sus esquinas. En la confluencia de Pintor Fortuny con Xuclà, integrada en la propia fachada, hay una hornacina con una escultura que muchos ven, aunque pocos miran: es Mariano Fortuny, el pintor de Reus que triunfó en Italia durante el siglo XIX. La historia de esta pieza, obra de los hermanos Oslé, es en sí misma un pequeño relato barcelonés, ya que la idea de rendir homenaje al artista se remonta a principios del siglo XX, aunque la escultura no se instaló hasta 1942 y, además, no en el lugar inicialmente previsto (ni la plaza Reial ni frente al Palau de la Virreina), sino en esta esquina discreta, donde durante más de una década la hornacina que esperaba la escultura permaneció vacía.

Ese vacío urbano, si se mira con cierta perspectiva, recuerda inevitablemente al del pedestal de la plaza de Idrissa Diallo, donde la Via Laietana llega al puerto y donde desde 2018 ya no está la estatua de Antonio López y López, cuyo nombre también desapareció del nomenclátor. Su plaza dejó de ser su plaza.

Antonio López y López, cuyo nombre completo era Antonio Víctor López López de Lamadrid, nació en Comillas (Cantabria) en 1817 y, como tantos otros en su tiempo, cruzó el Atlántico en busca de oportunidades en Cuba, entonces colonia española. De aquellos viajes se decía que eran para “hacer las Américas”, y en su caso la expresión se ajusta con bastante precisión a lo que ocurrió, ya que no solo construyó allí una parte sustancial de su fortuna, sino que además consolidó su posición social al emparentar con la familia Bru, establecida en Barcelona. Su figura, revisada hoy con una mirada más crítica, excede el propósito de esta serie, aunque resulta difícil no tenerla presente al recorrer la ciudad y reconocer la huella física que dejó en ella.

A su regreso definitivo, con cuarenta años, impulsó una naviera que acabaría convirtiéndose en la Compañía Trasatlántica, participó en iniciativas financieras como el Banco de Crédito Mercantil y promovió infraestructuras ferroviarias vinculadas a la Compañía del Norte, además de fundar el Banco Hispano Colonial, desde el que canalizó parte de sus inversiones en ultramar.

Con ese entramado económico y el respaldo institucional que le otorgó el marquesado de Comillas concedido por Alfonso XII, López proyectó su actividad hacia Cuba y Filipinas, desarrollando negocios vinculados, entre otros sectores, al tabaco. Cuando en 1898 España perdió sus últimas colonias, el ciclo histórico que había alimentado ese modelo económico llegaba a su fin, y ese mismo año, convertido más tarde en cifra cargada de significado, acabaría dando nombre al hotel que hoy ocupa este edificio y también a este capítulo de la serie.

El Monserrat, buque de la Trasatlántica fundada por López y López, fotografiado en 1957 durante en su primera escala en Barcelona (Arxiu Museu Marítim)

El Monserrat, buque de la Trasatlántica fundada por López y López, fotografiado en 1957 durante en su primera escala en Barcelona (Arxiu Museu Marítim)

Ese edificio, levantado hacia 1880 por el arquitecto Josep Oriol Mestres, responde a la tipología del palacio urbano con la que la gran burguesía de la época se hacía visible en la ciudad. Autor también de la finalización de la fachada de la catedral de Barcelona, Mestres optó aquí por un lenguaje neoclásico sobrio y contenido.

Organizado en torno a un patio central y articulado mediante una escalera noble que conducía a la planta principal, el edificio concentraba en ese nivel los salones donde se desarrollaba la vida social y económica de la familia. No se trataba tanto de habitar (López y López vivía en el vecino Palau Moja) como de representar, en un momento en que La Rambla funcionaba como uno de los principales escaparates urbanos de Barcelona.

Tabacos de Filipinas iba más allá de los puros y las hojas de tabaco: explotación forestal, azúcar, alcohol o fibras estaban entre sus intereses (H1898)

Tras la muerte de López en 1883, el inmueble permaneció en manos de la familia, especialmente de su hijo Claudio López Bru, que heredó tanto los negocios como la necesidad de adaptarlos a un contexto cambiante. En 1929, coincidiendo con la Exposición Internacional, pasó a ser propiedad de la Compañía General de Tabacos de Filipinas, una de las principales empresas españolas con proyección en Asia.

La adaptación al nuevo uso implicó una transformación profunda. Bajo la dirección de arquitectos como Josep María Sagnier, los grandes espacios se compartimentaron, se abrieron nuevas fachadas hacia calles como Xuclà y el edificio adoptó la lógica de la oficina, con despachos, salas de reuniones y estructuras administrativas que poco tenían que ver con la disposición original. Durante buena parte del siglo XX, desde aquí se gestionaron actividades que conectaban Barcelona con Filipinas y otros puntos del sudeste asiático.

Entre quienes trabajaron en sus oficinas figura el poeta Jaime Gil de Biedma, que desarrolló en la compañía una carrera como ejecutivo mientras escribía algunos de los textos más significativos de la poesía española del XX. Su presencia introduce una curiosidad en la historia del edificio, al situar en un mismo espacio y person a la lógica empresarial y la mirada crítica de quien, desde dentro, reflexionó sobre el mundo burgués al que pertenecía.

En el capítulo anterior recordábamos a Jordi Siracusa, sobrenombre literario del director del vecino hotel Manila. Hasta su muerte mantuvo un blog y una revista en los que menciona su admiración por el poeta, al que tuvo la suerte de tratar en su hotel. Gil de Biedma solo tenía que cruzar la acera para tomar alguna copa, disfrutar de la música y charlar en el Camarote Granados del Manila.

Desde 1942, la escultura de Marà Fortuny està unida a la historia del edificio (Arxiu Municipal de Barcelona)

Desde 1942, la escultura de Marià Fortuny estრunida a la historia del edificio (Arxiu Municipal de Barcelona)

Con el paso del tiempo, el inmueble fue acumulando intervenciones y perdiendo coherencia. Como tantos edificios del centro de Barcelona, se fragmentó en oficinas, acogió distintas empresas y fue incorporando soluciones técnicas que respondían a las necesidades de cada momento, ocultando progresivamente su arquitectura original. A finales del siglo XX, su situación era la de muchos edificios históricos en contextos urbanos en transformación: demasiado alterado para ser leído como patrimonio en estado puro y, al mismo tiempo, poco competitivo frente a las exigencias de los espacios de trabajo contemporáneos.

La intervención de la promotora Núñez i Navarro a comienzos de los años 2000 marcó un nuevo cambio de etapa. Entre 2003 y 2005 el edificio fue objeto de una rehabilitación integral, que supuso, en la práctica, la recuperación y renovación de gran parte de su interior para adaptarlo a un uso hotelero, conservando la fachada principal y algunos elementos significativos, aunque reconstruyendo la mayor parte de sus espacios. El resultado fue la apertura del Hotel 1898, cuyo nombre recupera ese año clave en la historia española y, al mismo tiempo, en la propia genealogía del edificio.

Cuero, madera, ginebras listas para ser bebidas y tranquilidad en el corazón de La Rambla (NiN)

Cuero, madera, ginebras listas para ser bebidas y tranquilidad en el corazón de La Rambla (NiN).

El hotel actual, uno de los 12 establecimientos de la división hotelera de Núñez i Navarro, propone una interpretación del imaginario colonial, visible en materiales, ambientes y referencias que evocan las islas Filipinas y el mundo ultramarino con una interesante colección de fotos de María Espeus sobre ese archipiélago asiático. En ese sentido, más que una restauración, la intervención plantea una relectura, en la que el pasado se convierte en relato y en experiencia para quien pasa unos días en la esquina de La Rambla con Pintor Fortuny, disfrutando del spa del sótano, el terrado con piscina de su parte más alta o preciosa biblioteca dedicada a Gil de Biedma.

Quizá por eso resulta difícil no percibir cierta continuidad entre las distintas etapas del edificio. El palacio urbano de un empresario que consolidó su posición mediante alianzas familiares y económicas dio paso a la sede de una gran compañía que operaba a escala global y, finalmente, a un hotel impulsado por un grupo promotor cuya propia trayectoria también se inscribe en una lógica de relaciones empresariales y oportunidades compartidas. Son contextos distintos y ciudades diferentes, aunque en todos ellos aparece una misma capacidad para identificar dónde se genera el valor y cómo traducirlo en arquitectura.

El sótano del edificio, con mucha historia, es ahora un Spa (H1898)

El sótano del edificio, con mucha historia, es ahora un Spa (H1898)

Hoy, quienes cruzan la puerta del H1898 lo hacen sin necesidad de conocer esta historia, aunque el edificio sigue ahí, en La Rambla 109 y en la acera impar de Pintor Fortuny, acumulando capas que van del comercio colonial al turismo global y que, como sucede con la estatua ausente de la plaza (en 1937 la figura del marqués también fue retirada), solo se hacen visibles cuando uno decide detenerse un momento y mirar con atención: en el pedestal sigue grabado “a López y López”.

Si se sigue el tema con algo más de atención, aparecen también otras formas de continuidad menos visibles, más discretas, aunque igualmente persistentes. En el Boletín Oficial del Estado número 276, de 17 de noviembre de 2025, se publicaba un anuncio del Ministerio de la Presidencia en el que María de los Reyes Güell y Merry del Val solicitaba la sucesión como marquesa de Comillas, con Grandeza de España, tras el fallecimiento de su padre, Juan Alfonso Güell y Martos. Desde febrero de este año es la quinta marquesa de Comillas.

Sobre el autor

Javier Ortega Figueiral
Javier Ortega Figueiral

Periodista, consultor jurídico-aeronáutico y escritor

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