La revolución tecnológica avanza a un ritmo sin precedentes. En medio de esta vorágine digital, sin embargo, hay un hábito que parece resistir el paso del tiempo: la lectura. En un ritual casi romántico y profundamente analógico, el scroll vertical e infinito que imponen las redes sociales se reemplaza por palabras que leemos en horizontal, capaces de crear mundos e historias sin límites. A su vez, la producción de libros parece no haber cambiado demasiado: con un proceso casi artesanal que conserva la esencia instaurada por la imprenta de Gutenberg hace más de cinco siglos. Una estabilidad que, sin embargo, en los últimos tiempos se está sacudiendo. Y es que, además de audiolibros y ebooks, en los últimos años la inteligencia artificial y las redes sociales están transformando la manera como se escriben, producen, adquieren, recomiendan y consumen libros. En un mundo saturado de estímulos, además, los libros deben competir con contenidos pensados para consumirse rápidamente.
Son cambios que impactan en un sector tradicional y prudente a la hora de adoptar innovaciones tecnológicas. “La industria editorial es un sector tradicional: los libros se entienden como obras artísticas que deben cuidarse de forma casi artesanal. La máxima es el respeto a los autores y a la propiedad intelectual, y por este motivo, los cambios tecnológicos deben introducirse con mucho cuidado”, asegura Eva Güell, profesora del máster en Edición en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) y la Universidad de Alcalá, y consultora editorial especializada en estrategia digital. “La industria editorial, en general, tiene una actitud más bien reactiva, casi de rechazo y resiliencia ante los cambios tecnológicos”, añade Daniel Benchimol, fundador y director de Proyecto451, compañía desde la que asesora y ofrece servicios de estrategia digital a más de 200 editoriales de América Latina y España.
“Hace solo quince años, con la aparición del libro digital, se aseguraba que el libro en papel estaba condenado a desaparecer e incluso que las librerías serían engullidas por la compra online. Hoy, ese debate ya no tiene sentido: el papel sigue predominando en el mercado”, remarca el consultor editorial. Así lo confirman, de hecho, las cifras: según el último informe de Hábitos de lectura y compra de libros —elaborado por la Generalitat de Catalunya—, un 67,6% de los lectores lee en papel, frente a un 32,4% que utiliza formatos digitales, desde el móvil hasta un ordenador o un ebook.
Así, aunque la presencia del libro digital continúa al alza, el libro en papel sigue siendo el formato preferido entre los lectores. Una tendencia que también corroboran desde las bibliotecas: “el libro en papel es un elemento muy vinculado al hecho humano, por la experiencia que ofrece con las manos pero también por cómo despierta el pensamiento; y actualmente se está prestando más que nunca”, confirma Ferran Burguillos, gerente del Consorci de Biblioteques de Barcelona ---en un año récord para las bibliotecas de la red de la Diputación de Barcelona: con más de 12,7 millones de préstamos—. Aun así, el préstamo digital también ha crecido considerablemente, especialmente desde la pandemia, a través de la plataforma compartida por todas las bibliotecas de Catalunya: Biblio Digital, que se suma a la oferta de las conocidas plataformas de pago, como Kindle (Amazon) —la más utilizada entre lectores digitales—, Storytel, Apple Books o Casa del Libro.
Un libro para cada persona; un formato para cada lector
Además de los libros digitales, en los últimos años también han proliferado nuevos formatos de lectura: desde los Webtoon —formato de cómic digital que permite una lectura viñeta a viñeta— hasta lecturas transmedia o interactivas, y audiolibros. Aunque los audiolibros surgieron a finales del siglo XX, no ha sido hasta los últimos años cuando se han popularizado, coincidiendo con el auge de los pódcasts. De hecho, la plataforma más conocida de audiolibros, Audible (Amazon), acaba de celebrar cinco años desde su irrupción en España y está alcanzando cifras récord. Según el último informe de la compañía junto con NielsenIQ, más de 9,7 millones de españoles han escuchado al menos un audiolibro en los últimos 12 meses, un 4% más que hace tan solo un año.
Sin embargo, todos estos formatos —que en su momento se vaticinó que acabarían con el libro en papel— han demostrado que complementan e incluso retroalimentan el formato analógico. De hecho, según el informe de Hábitos de lectura y compra de libros, un 28,3% de la población combina la lectura en formatos digitales y en papel. Con todo, Güell afirma que estas diferentes herramientas “han democratizado la lectura, facilitando su acceso, y permiten que el lector pueda escoger, según su capacidad económica o incluso el momento en el que quiere leer, el formato que prefiere”.
Así, por ejemplo, incluso hay lectores que consumen el mismo libro en distintos formatos: escuchando su audiolibro mientras realizan tareas domésticas o leyéndolo en ebook durante el transporte público o de vacaciones, mientras que reservan el texto en papel para cuando están tranquilos en casa. Según el informe de Audible con NielsenIQ, de hecho, la mayoría de la población (un 64%) escucha audiolibros mientras realiza otras tareas.
Y, especialmente entre los más jóvenes, hay señales de un futuro prometedor para el libro en papel: las nuevas generaciones tienden a valorar el formato analógico e incluso a querer coleccionar libros por su diseño, portada o por tratarse de una edición especial. “Por muy analógico que nos parezca hoy, cada vez hay más jóvenes que leen cómics en blanco y negro, cuando hace unos años parecía un formato condenado a desaparecer”, reconoce Óscar Valiente, director de Norma Editorial. También porque la lectura en papel les permite desconectar de pantallas y notificaciones: “el libro consigue captar un grado más elevado de atención que cualquier otro formato cultural, como la televisión, el cine o el teatro”, subraya Benchimol.
Así, el libro en papel no ha desaparecido, sino que incluso se ha fortalecido. Y también se han consolidado las bibliotecas y librerías, que continúan siendo el canal de compra preferido por los lectores. Según el informe de Hábitos de lectura y compra de libros, un 74,7% declara que suele comprar en librerías, mientras que un 44,1% lo hace por Internet.
Más libros y formatos en un mercado sobresaturado
Los cambios tecnológicos están revolucionando, por tanto, el formato en que se consumen y distribuyen los textos de los autores, transformando incluso el modelo de consumo: las plataformas ya no solo ofrecen la compra de títulos individuales, sino también suscripciones mensuales, trimestrales o anuales para acceder a contenidos ilimitados. Y no solo eso: también están ampliando las posibilidades de difusión, con autores, editoriales y librerías que utilizan las redes sociales para popularizar sus creaciones.
Incluso hay influencers que se dedican únicamente a crear contenido sobre literatura y a recomendar obras literarias, como los booktokers (creadores de contenido literario en TikTok) o los booktubers (en YouTube). “Aunque al principio había muchas reticencias por parte de las editoriales, ya que consideraban que estas ya tenían sus propios circuitos de distribución, en los últimos años se han dado cuenta de las ventajas que supone colaborar con creadores de contenido en redes sociales, ya que movilizan a una comunidad de lectores muy fiel”, reconoce Marta Sangrà, quien confiesa que empezó a sentir pasión por la lectura gracias a Harry Potter.
Sangrà lamenta que las redes sociales están imponiendo cierto tipo de género y de novelas: “el algoritmo de TikTok hace que parezca que todo el mundo está leyendo y compartiendo los mismos libros”, pero celebra que todavía existan perfiles en las redes que opten por compartir y comentar libros distintos, que se salgan del fenómeno del romantasy o de las lecturas comerciales. Ella ahora comparte esta pasión con casi 20.000 seguidores en su Instagram (@mardellibres) —después de que hace cinco años decidiera abrir un canal de YouTube centrado en libros, con contenido íntegramente en catalán—, además de dedicarse profesionalmente a esta pasión que alimenta desde pequeña, coordinando clubes de lectura, clases de literatura y asesorando editoriales.
Asimismo, también han surgido redes sociales centradas en la escritura, como Wattpad o, en los últimos meses, Substack, y algunos creadores de estas redes se han convertido posteriormente en escritores consagrados en el mercado editorial. Y es que, además, las redes sociales también facilitan la autopublicación. Hace años, los autores que querían publicar lo tenían muy difícil: imprimir era caro, no existían tiradas cortas y darse a conocer entre los lectores era laborioso si no se contaba con el empeño de una editorial detrás. Ahora, sin embargo, además de disponer de nuevas plataformas para publicar —aunque Amazon sigue siendo la más utilizada, por la posibilidad de imprimir los libros cada vez que alguien los compra (print on demand)—, Internet también ha facilitado los canales para dar a conocer las creaciones.
Todo ello en un mercado que, como alertan desde el sector, ya se encuentra sobresaturado. Güell recuerda, sin embargo, que la autopublicación también funciona como aliada del sector, ya que es una cantera para descubrir nuevas voces: y es que autoras como Joana Marcús o Rebecca Yarros comenzaron autoeditándose. Es cierto, sin embargo, que “el editor lo tiene más difícil que nunca para poder discernir entre todo el contenido generado en redes y aquel que llega a las editoriales, cuáles son los textos de calidad y por los que vale la pena apostar”, subraya la consultora editorial.
Historias inteligentes
En el último año, sin embargo, una nueva herramienta tecnológica está dominando el mundo y despertando alarma en el sector editorial: la inteligencia artificial generativa (IA). Una tecnología que, desde las editoriales, alertan que podría impactar en todos los elementos de la cadena de producción literaria: desde el proceso de escritura hasta la traducción, el diseño de portadas o el acceso a esos textos. Así, por primera vez, el temor no es que la tecnología afecte al consumo o la distribución de la literatura, sino incluso al mismo proceso creativo.
"El 61% de los escritores ya utiliza herramientas de IA y los escritores que la integran generan un 64% más de ingresos"
“La industria editorial ha logrado sobrevivir y sobreponerse a los grandes cambios tecnológicos que parecían destinados a acabar con sus dinámicas centenarias y con el proceso artesanal. Esta resiliencia ha generado una falsa sensación de inmutabilidad. Pero la inteligencia artificial generativa ha llegado para revolucionar y generar un cambio profundo en todas las capas de nuestra vida cotidiana, también en la editorial”, advierte Benchimol.
Para el consultor editorial, no tiene sentido discutir si la industria editorial debe adoptar o no la IA, porque constata que ya es una realidad. El 61% de los escritores ya utiliza herramientas de IA y los escritores que la integran generan un 64% más de ingresos, ya que estas herramientas tecnológicas aumentan la productividad y agilizan procesos. Así de contundentes son los resultados del estudio de Gotham Ghostwriters, centrado en la adopción de esta tecnología en Estados Unidos. El impacto es tal que, por primera vez, la inteligencia artificial ha ocupado un espacio en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), la gran cita literaria que esta semana se celebra en Guadalajara (México) y en la que Barcelona es ciudad invitada, con el Foro IA enfocado a profesionales.
En Catalunya, de momento, sin embargo, las editoriales están aplicando la inteligencia artificial mayoritariamente para optimizar procesos y mejorar la cadena de producción y distribución. Para Benchimol, la IA puede ayudar especialmente a las pequeñas editoriales a competir con los grandes grupos —como Penguin Random House o Grupo Planeta en el caso catalán—, ya que “les puede agilizar procesos manuales o que requieren mucho tiempo”. O incluso abre la puerta a que los textos puedan traducirse a una gran infinidad de idiomas con unos pocos clics o incluso generar la versión en audiolibro rápidamente. Pero el profesional, que asesora a editoriales en temas de digitalización, también asegura que en Catalunya hay grupos que ya utilizan esta tecnología para corregir textos o diseñar portadas.
E incluso, autores que la integran en su proceso de escritura o que elaboran los textos de forma colaborativa con asistentes de IA. De hecho, si hacemos el ejercicio de preguntar, por ejemplo, a ChatGPT cuántos autores utilizan inteligencia artificial en sus trabajos, nos responderá que, aunque no puede dar detalles concretos, hay miles de autores de todo el mundo escribiendo proyectos literarios con su ayuda, e incluso profesionales del sector y escritores publicados.
Autores artificiales
Como un experimento, y con cierto escepticismo, así comenzó la periodista Amèlia López a confeccionar su primer texto a cuatro manos con la inteligencia artificial. López, que reconoce que siempre le ha fascinado la literatura pero que consideraba que no tenía ni historias lo suficientemente buenas para contar el mundo ni tiempo para dedicarse a ello, comenzó a explorar las posibilidades de esta tecnología. Así fue como, en menos de 16 días, redactó su primera historia: Siete veranos en París —además de un epílogo donde explica cómo fue el proceso de este experimento con inteligencia artificial—, que ahora se ha convertido en el inicio de una colección de cuatro libros, fruto de ir experimentando con la IA.
Una colección en la que, en cada libro —que ocurre en diferentes ciudades (París, Londres, Roma y Nueva York) y con nuevos personajes—, la autora aumenta el nivel para conocer los límites de esta herramienta. Así, en el segundo libro ha introducido el humor —“un registro que a la inteligencia artificial le cuesta muchísimo”, reconoce López—, en el tercero un léxico muy complejo, con un lenguaje técnico y médico; y en el cuarto “toca la IA donde más le duele: la memoria, recordar las conversaciones anteriores, porque se cruzan todos los personajes de las historias anteriores”, además de añadir episodios de irrealidad.
En este proceso, Amèlia reconoce haber pasado “de la fascinación al descubrir todas las posibilidades que ofrecía a la naturalidad”, e incluso a detectar sus errores y limitaciones. También afirma que escribir un libro con IA es como ejercer de directora, “porque tienes que ir afinando constantemente las indicaciones o el nivel de exigencia con la máquina”, además de reescribir los textos continuamente para encontrar y expresar la voz de cada escritor. “Tengo la impresión de que a mi IA le estoy enseñando a pensar como yo e incluso a sentir como yo”, reconoce López. Aun así, asegura que el “resultado no ha sido magia, sino método” y que, aunque la IA ayuda a estar más guiado y acompañado en el proceso de escritura, también requiere dedicación y constancia, pero anima a los escritores a probarlo por las ideas y posibilidades que la IA puede despertar en cada uno.
Amèlia ha optado por autoeditar y autopublicar este primer libro, ya que las editoriales son reticentes a publicar libros escritos con la colaboración de inteligencia artificial —o, al menos, de escritores que lo indiquen abiertamente—. Sobre todo, por el debate ético que genera sobre la calidad de los textos escritos por IA, además de los posibles conflictos sobre autoría y derechos de autor que comporta. ¿Quién es el autor de un libro escrito con inteligencia artificial? ¿Hasta qué punto se debería indicar si esta tecnología ha intervenido en cualquiera de los procesos de producción?
Y aún más, estas herramientas generan otra polémica: la tecnología se ha nutrido de la gran cantidad de textos que hay publicados de forma gratuita, sin haber pagado por sus derechos de autor y utilizándolos para perfeccionar un sistema que ahora pone en peligro el trabajo de muchos de estos profesionales, desde traductores hasta los propios escritores. “La industria editorial se basa en el respeto a la propiedad intelectual, y estas herramientas ponen en riesgo incluso los fundamentos básicos del sector”, advierte la consultora editorial Eva Güell.
"El respeto a la propiedad intelectual es irrenunciable porque es la materia prima del sector", advierte Eva Güell
La ley de propiedad intelectual española, de momento, solo reconoce la propiedad cuando ha sido creada por una persona física, pero no para trabajos elaborados por herramientas informáticas. Un vacío legal que las asociaciones de escritores e instituciones luchan por solucionar para poder proteger a los autores. “El respeto a la propiedad intelectual es irrenunciable porque es la materia prima del sector, y la legislación debe avanzar para garantizar que si la tecnología se nutre de los textos publicados, al menos lo haga reconociendo y retribuyendo a sus autores”, concluye Güell.
Además, si cualquier asistente de inteligencia artificial puede redactar historias, e incluso textos que logran conmover y emocionar al lector, ¿qué diferencia a las máquinas de los humanos? Para Benchimol, la biografía y las vivencias propias son experiencias que hacen únicos a cada ser humano, además de la propia autoría, las firmas de los escritores y de los grupos editoriales que disfrutan de un prestigio que, de momento, la IA no posee. Además, hay géneros como el ensayo en los que la tecnología no es una fuente fiable, ya que, por ahora, no tiene la capacidad de análisis y crítica de los humanos, y en muchos casos incorpora información errónea o no probada en los textos.
Para Güell, más allá de los debates éticos y legales sobre la IA, el temor es que estas herramientas también destruyan de forma directa el trabajo de miles de profesionales independientes “esenciales para la industria, como correctores, traductores o diseñadores, en un sector que, de por sí, ya está precarizado”. Para la consultora independiente, es necesario que editoriales y asociaciones definan políticas de uso y limitaciones claras para la IA.
No obstante, Güell recuerda que, a pesar de los cambios tecnológicos que están transformando la vida cotidiana y la industria literaria, la tarea de editores y autores debe continuar siendo la misma: escribir y publicar historias de calidad que logren dejar huella en el lector. “Los cambios tecnológicos nos obligan a profesionalizarnos como sector y a formarnos para estar alerta de las últimas novedades, pero la labor de los editores no puede variar: una tarea que se resume en descubrir nuevas voces y autores, garantizando siempre la mejor calidad literaria; así ha sido desde que surgieron los primeros grupos editoriales y así debe continuar”, subraya la consultora. Solo así la lectura continuará resistiendo como un acto genuinamente romántico y analógico, que abre la puerta a nuevas ideas y mundos que ningún algoritmo o herramienta tecnológica puede dominar.