Es una sensación similar a mirar una foto borrosa: en los últimos tres años, la inteligencia artificial generativa (IAG) ha inundado casi todos los ámbitos de la vida cotidiana y no parece que vaya a retroceder en un futuro inmediato. No sabemos muy bien por qué, pero está ahí y está cambiando las cosas a un ritmo vertiginoso. Entre la anécdota y la aplicación más rigurosa, son numerosos los usos que se le están dando: desde la mejora de la atención a la ciudadanía por parte de la administración pública hasta la optimización de los procesos de gestión y diagnóstico en el ámbito sanitario, pasando, por supuesto, por el simple juego experimental y doméstico. Es evidente, por tanto, que la inteligencia artificial puede ser una herramienta útil para mejorar la vida de las personas, pero como toda herramienta que nace y se implementa de manera ultrarrápida y masiva, es necesario que se regule y analice críticamente. Porque, aunque conocemos o intuimos sus potencialidades, ¿cuáles deberían ser sus límites? ¿Dónde debería terminar la inteligencia artificial y dejar espacio a la sensibilidad y al razonamiento humanos? ¿Qué implicaciones tiene la IAG en el ámbito de los derechos de autor y de los derechos culturales en general?
Ante esta irrupción repentina, son numerosas las organizaciones y plataformas que se han puesto manos a la obra para proteger los derechos de los creadores frente a los malos usos de la IAG. La Associació d’Escriptors en Llengua Catalana (AELC), representante de cerca de 2.000 autores literarios de todo el ámbito de los Países Catalanes, es una de ellas, y ha podido participar en parte de la negociación del Reglamento Europeo sobre Inteligencia Artificial a través de distintas federaciones internacionales a las que pertenece, como el European Writers’ Council (EWC), una plataforma que agrupa a 53 asociaciones profesionales con cerca de 250.000 autores profesionales, o el Consejo Europeo de Asociaciones de Traductores Literarios (CEATL), con 38 asociaciones y 12.000 traductores miembros.
En este sentido, y más allá de la labor de negociación y de defensa de los derechos de autor que han realizado ambas federaciones, cabe destacar una aportación muy valiosa del EWC, que seguramente ha marcado y seguirá marcando la conversación sobre este tema: el Precepto ART. ART es el acrónimo de los tres pilares que deberían vertebrar cualquier regulación, uso o reflexión que se haga en el ámbito de la IAG si se quieren tener en cuenta los derechos de los autores, y no significa otra cosa que “Autorización”, “Remuneración” y “Transparencia”. Los tres conceptos son nociones básicas que encontramos en la legislación internacional sobre propiedad intelectual, que debería prevalecer sobre cualquier tecnología o realidad surgida posteriormente.
Implican cuestiones tan esenciales como que cualquier uso de una obra, ya sea para entrenar o para alimentar sistemas de IAG, esté claramente autorizado y por escrito por su titular; que todo uso de esa obra sea remunerado de manera adecuada y proporcional, siguiendo los principios de la Directiva UE 2019/790 sobre Derechos de Autor; y que, finalmente, se informe de manera clara sobre las obras utilizadas para alimentar y entrenar sistemas de IAG (input), así como de los textos (output) que estos generen. Dicho de otra manera: que si se utiliza una obra, sea siempre con permiso, que se pague por ello y, por último, que se haga saber.
Como hemos dicho, sin embargo, la imagen está en movimiento. Y cuando se avanza en un aspecto, surgen otros nuevos que requieren soluciones no rápidas, sino urgentes. La propia AELC publicó, en otoño de 2023, una de las primeras guías sobre IAG para autores del ámbito europeo, y yo mismo contribuí, con un grupo internacional de expertos, a la elaboración de un documento del EWC de Recomendaciones sobre IA para el sector del libro europeo, publicado en 2024. Esta federación, y también CEATL, han contribuido a la negociación del Reglamento sobre IA aprobado el año pasado, un texto de mínimos que protege algunos derechos humanos de la población (por ejemplo, a través de la prohibición del uso de controles biométricos y reconocimiento facial o de ciertas medidas en protección de datos), pero que, lamentablemente, ha sido y sigue siendo insuficiente en cuanto a derechos de autor.
Una muestra de ello es que la Oficina de IA de la Comisión Europea ya ha puesto en marcha no uno, sino dos códigos éticos diferentes (y voluntarios) para complementar su aplicación: uno general, presentado el pasado mes de julio, con una propuesta muy suavizada, decididamente rebajada por las grandes empresas tecnológicas durante el proceso participativo de redacción, y otro que tratará específicamente sobre transparencia, regulado por el artículo 50 del Reglamento, que estamos debatiendo en estos momentos.
¿Y mientras tanto? Mientras tanto, será necesario hacer seguimiento de estos códigos y de la aplicación del Reglamento en cada estado. También del informe elaborado por el eurodiputado Axel Voss, miembro de la Comisión de Asuntos Jurídicos del Parlamento Europeo, que en septiembre pasado dio una alegría a los creadores al reconocer, en un texto que puede condicionar el debate en los próximos años, la necesidad de remunerar los usos de toda obra sujeta a derechos de autor, y al mismo tiempo que la excepción de minería de datos y texto, recogida en la mencionada Directiva UE 2019/790, está pensada para contextos de investigación y no para usos comerciales, como defienden los desarrolladores.
Todo ha ido muy rápido, sí. Se ha hecho mucho trabajo y aún queda mucho por hacer. Informarnos y formarnos es el primer paso para garantizar que una herramienta como la IAG, que augura una revolución comparable a la de Internet en los años noventa, suponga más avances que perjuicios para la sociedad en su conjunto. De lo contrario, nos encontraríamos ante un caso clarísimo y seguramente imperdonable de la no tan generativa estupidez humana, que quizá también convendría regular. Mientras tanto, y cada uno desde su alcance, habrá que seguir trabajando. Al contrario de lo que se suele decir, quien no se mueve no sale en la foto, y en ella deberíamos aparecer todos. Sonrientes, bien retratados, orgullosos de lo que habremos protegido y, a la vez, avanzado.
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