Universitat de Lleida (UdL), Flickr

La universidad. Un título, un puesto de trabajo (I)

Observo a la universidad bastante preocupada por el futuro. Eso a priori tendría que ser positivo si no fuera porque, en términos generales, esta obcecación busca el prestigio de la propia marca, de los docentes y de los investigadores. Salvando la excepción de un bajo porcentaje, la universidad aporta, a la sociedad, a través de los titulados, un crédito de conocimiento que todavía no ha demostrado ser útil

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 media mañana del 23 de abril, el edificio del rectorado de la Universidad de Lleida debía de  tener más o menos el mismo aspecto que a media mañana del día anterior, de la semana anterior y de los meses y años anteriores. Lo que fue el cuartel general del régimen cultural de la capital de Ponent se ha convertido en un paraninfo de despachos. La ciudad ha incrementado de forma notable los centros universitarios y, por supuesto, el número de matrículas tanto de alumnos de aquí como de fuera. Parece que este hecho debería haber comportado un incremento de la actividad creativa –o como mínimo de espontaneidad– en torno a las artes, el pensamiento y la crítica. Pero no ha sido así. La evolución ha sido en sentido contrario. Los centros de la UdL se han convertido en aulas para futuros profesionales preocupados por el futuro de su bolsillo. No obstante, la de Lleida no es la excepción. La pretensión de las universidades catalanas se manifiesta en las respectivas páginas web o panfletos informativos –subversivos según mi opinión–: Escoge futuro, escoge UAB (UAB). Escoge tu camino (UB). Crea tu futuro (URV). Una oportunidad de futuro (UdG). Un valor como servicio público (UdL). Son mensajes que también se reproducen en otros centros homólogos de Europa y del resto del mundo: Be 1 of the best (University of Helsinki, Finlandia). We think ahead and shape the future (Roskilde University, Dinamarca). Feel good about your future (BITS, Alemania). Find your future inside (Abertay University, Escocia). Your future, your choice (University of Florida, EEUU). Where your future begins (IQRA University, Pakistán). Master your future (University of Utrecht, Países Bajos). Choisissez votre avenir nous vous accompagnons (Université Nice Sophia Antipolis, Francia). Meet your future (Università Degli Studi de Padova, Italia). Guardando al futuro (Università Politecnica Delle Marche, Italia). Your future Plan (University of Gloucestershire, Inglaterra). Focus on your future (Durham University, Inglaterra). Transform your future (University of Sheffield, Inglaterra). Invest in your properly future (Investment Education Programe of Cambridge University, Inglaterra). Building your future (Oxford University, Inglaterra)… y un largo etcétera.

Observo a la universidad bastante preocupada por el futuro. Eso a priori tendría que ser positivo si no fuera porque, en términos generales, esta obcecación busca el prestigio de la propia marca, de los docentes y de los investigadores. Salvando la excepción de un bajo porcentaje, la universidad aporta, a la sociedad, a través de los titulados, un crédito de conocimiento que todavía no ha demostrado ser útil. Las titulaciones vinculadas al arte y las humanidades cada vez tienen menos consideración. Las vinculadas a la comunicación acaban sometidas al control de las grandes corporaciones. Y el ámbito científico y tecnológico vive, en buena medida, de fomentar el consumo y los fármacos, y alimentar la conquista del espacio y la guerra.

El 20 de abril la Agencia para la Calidad del Sistema Universitario de Cataluña publicó el informe de inserción laboral de las personas graduadas con máster de los cursos 2011-2012 y 2012-2013. Las principales conclusiones son que el número de másteres ha pasado de 1 para cada 3 graduados a 1 para cada 2. Cada año se titulan, solo en Cataluña, 34.000 personas de grado, 15.000 de máster y 2.500 de doctorado. Un auténtico disparate. El informe también se vanagloria de que 9 de cada 10 titulados de máster están trabajando. Y concluye que la titulación es, por lo tanto, un elemento clave en la inserción laboral. En definitiva, se va a la universidad como se podría ir a una escuela de oficios, hecho –el de formarse en una escuela de oficios– que me parece tan loable como hacerlo en la universidad. Pero quizás, en vez de obsesionarse por la inserción laboral, convendría que la universidad fuera un estadio de excelencia para aquellos que demuestran el valor, la disposición y el talento por defender un futuro sostenible y consciente. Porque lo que no es loable es que la sociedad esté en manos de un ingeniero o un arquitecto por el simple hecho de poseer un título universitario supuestamente superior al de un pintor, escultor, poeta, músico, fotógrafo, coreógrafo, actor… por muy autodidactas que estos últimos sean. Me parece terrible que la universidad se haya consagrado a elaborar trabajadores como quien hace parches. Y de hecho, si el primer peldaño de nuestro futuro sigue en manos de la universidad tal como lo entendemos hoy, me parece que tenemos un problema grave. La universidad actúa como una empresa donde las personas que se matriculan son clientes y trabajadores a la vez. Estas personas son la fuente de recursos, junto con los públicos y privados, que permiten sostener una estructura docente y administrativa excesiva. Al mismo tiempo, estas personas se ven sometidas a un rendimiento tan extraordinario como infructuoso para el bienestar propio y colectivo. La universidad es parte implicada en la corriente que subyuga a los hombres y las mujeres al estrés, las preocupaciones, las tensiones, la dependencia del trabajo, el capital, la ambición y el poder. Personas que buscan la realización a través de las propiedades, las riquezas materiales, las cuentas bancarias, el prestigio y el grado de liderazgo. He ahí el camino hacia los conflictos internos y externos, el camino opuesto a la felicidad.