Sagrada Familia. Foto de Ferran Fusalba Roselló.

Experiencia Gaudí

Para innovar, para renovar, para inventar (y Gaudí lo hace constantemente) hay que situarse en el punto cero de la experiencia, saber prescindir de las interferencias de lo rutinario. No repetir cómodamente lo que ya se conoce sino buscar nuevas maneras. ¿No es eso lo que ha hecho, sobre todo el artista contemporáneo? El arte del siglo XX no se explica sin un persistente proceso de desaprendizaje.

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ntoni Gaudí, el gran arquitecto, era un hombre sencillo, un hombre de la tierra. Sus abuelos hacían calderas, alambiques, campanas. Venían de una antiquísima tradición de fundición de los metales. Y él heredó esta sabiduría en el tratamiento de los volúmenes. Porque lo más importante de Gaudí es que reprodujo en volúmenes arquitectónicos lo que fue su paraíso de la infancia: la naturaleza en estado primigenio.

Toda su obra es una maravilla. Muy plástica, muy fotogénica. Por eso la cámara le quiere tanto. El Park Güell, la Casa Batlló, la Pedrera, la Sagrada Familia, han suscitado millones y millones de fotografías. La obra de Gaudí, si bien se mira, está llena de detalles bien resueltos, de hallazgos creativos. “Original –decía él mismo- es volver al origen”.

Retrato de Antoni Gaudí, 1910.

Gaudí dominaba no sólo los volúmenes y las formas sino también la relación armónica entre los volúmenes y las formas. Y los números, la geometría: la vieja tradición pitagórica. Él mismo se definía como un geómetra. Hay vínculos de analogía entre “geometría”, “generación” y “genio”. El prefijo griego “geo” nos remite a “Gea” o Tierra -y a su homónima Deméter, la diosa generadora por antonomasia.

En la obra de Gaudí no hay líneas rectas porque él mismo consideraba que en la naturaleza no se dan. Pero esto quizá no sea del todo exacto. Porque no pueden ignorarse las enigmáticas cristalizaciones de los minerales bajo tierra. “Yo soy geómetra, que quiere decir sintético” -declaraba él mismo. O “la arquitectura es la primera arqui, o sea el primer principio rector”.

Se le está estudiando muy recientemente desde el positivismo científico. Pero mucho más que un técnico, el arquitecto Gaudí es un artista. Dominaba los materiales como un científico, los transformaba como un creador. Mucho más que la medida exacta de sus multiformes realizaciones, debería de interesarnos su misterioso genio creador, aquel impulso del espíritu que le hace tan especial.

Gaudí no se entendería sin la religiosidad popular tradicional. O sin el espíritu artesanal de sus ancestros y de sus colaboradores (la moral de la obra bien hecha, el sentido común, el sentido práctico, el sentido de la realidad tal como es). Sin ello no se entendería su forma de hacer, tan meticulosa, y su plena disponibilidad como colaborador del Altísimo en la recreación -humana- de su Obra.

Gaudí reverencia la naturaleza y observa el proceso evolutivo en todas sus formas, minerales, vegetales o animales. Hay en Gaudí el sentido profundísimo de una conexión directa entre las manos del artesano y la conciencia cósmica. Todo en Gaudí se presenta en comunión con esta realidad trascendente. Más allá de los aspectos accesorios, es esto lo que resulta más determinante en su proceso creativo.

Croquis de Antoni Gaudí para la fachada de la ermita de Misericòrdia en Reus, 1903.

Y la luz, siempre la luz mediterránea que, con una inclinación de 45 grados, “da armonía a las formas -como él mismo decía-, ya que no es ni horizontal ni vertical”. Esta luz que nos baja como por el lado de una escuadra es la luz que aporta matices, que ilumina los detalles. Mientras que la luz cenital, que cae a plomo, la característica del trópico, da un mundo de luces y sombras, de blanco y negro, dual. Y la luz boreal, que viene del horizonte, sumerge la realidad visible en una nebulosa, en una confusión fantasmal.

Se podría hablar de un “paradigma Gaudí“: de una manera de entender la arquitectura -y el diseño, y el arte en general- consistente en buscar -y encontrar- armonía con la naturaleza. Y no separarse o imponerle un punto de artificialidad. Porque, para expresar algo de una manera distinta, original, innovadora, antes hay que haber percibido algo que no sea una simple proyección de lo que ya nos es conocido.

Para innovar, para renovar, para inventar (y Gaudí lo hace constantemente) hay que situarse en el punto cero de la experiencia, saber prescindir de las interferencias de lo rutinario. No repetir cómodamente lo que ya se conoce sino buscar nuevas maneras. ¿No es eso lo que ha hecho, sobre todo el artista contemporáneo? El arte del siglo XX no se explica sin un persistente proceso de desaprendizaje.

En Barcelona hay espléndidas muestras del genio de este maravilloso arquitecto. Toda la obra de este genio, gran arquitecto y al mismo tiempo gran escultor, es como un enigmático bosque de imágenes, un laberinto en el que quizá podamos encontrar claves para el conocimiento de la más auténtica naturaleza humana. Porque, más que una experiencia estética, admirar la obra de Gaudí puede ser también, tal como él mismo hubiera querido, una experiencia espiritual.