Taj Mahal, Agra, India. Foto de Thomas Young

El encanto mágico del Taj Mahal

¡Adorable y maravilloso Taj Mahal, "la corona de los palacios"! Todas las obras perfectas, como este panteón, viene un momento en que se divinifican. Es tan grande la sabiduría que contienen estas obras de arte, tan insondable y tan inconmensurable su geometrismo, tan lleno de gracia, que bien podrían considerarse tan rotundamente acabadas como evocación de la misma divinidad

El Taj Mahal, el descanso eterno de una princesa muerta, parece un cuerpo vivo gracias a los cristales distribuidos entre el mármol. En el día soleado de hoy, ¡como refulgen todas estas puntas preciosas de jade y de turquesa de China, de lapislázuli de Afganistán y de coral de Bagdad, de malaquita de Siberia! … Destellante, la piedra late como si proclamara la resurrección de Mumtaz, «la elegida». Como si el amor emanara de la muerte, luz eterna en la pálida blancura fluorescente.

¡Adorable y maravilloso Taj Mahal, «la corona de los palacios»! Todas las obras perfectas, como este panteón, viene un momento en que se divinifican. Es tan grande la sabiduría que contienen estas obras de arte, tan insondable y tan inconmensurable su geometrismo, tan lleno de gracia, que bien podrían considerarse tan rotundamente acabadas como evocación de la misma divinidad. El Taj Mahal seguro que la proclama en su transparencia, en su respirar más que físico y en su aureola sobrenatural.

«Por lo que sabemos -escribe Goethe en algún lugar de su portentoso Viaje a Italia-, los artistas antiguos tenían, como Homero, un conocimiento y una comprensión de la naturaleza tan grandes como sea posible imaginarlo (…) Tal como las grandes creaciones de la naturaleza, las de los hombres han surgido de acuerdo con unas verdaderas leyes de orden natural. Todas las cosas arbitrarias y presuntuosas caen por propia inercia, y sólo permanecen las necesarias y Dios».

El Taj Mahal es una pura materia viva, una arquitectura orgánica (como la del gran Gaudí). Y es tan verdad porque ha sido construido siguiendo las mismas leyes de la naturaleza. Pero por manos y mentes humanas. Si aquellos hombres estuvieran aquí cerca deberíamos escucharles con devoción.

No recordamos su nombre, pero aún los admiramos por sus hechos. Todos aquellos artesanos, todos aquellos miles de artesanos llevaban el Taj Mahal dentro. También nuestro Gaudí llevaba el dragón dentro, simbólicamente hablando. Todos sus colaboradores, todos los artesanos que le apoyaban, llevaban el dragón dentro.

Hoy, sin embargo, a estas alturas de la civilización, constatamos con tristeza que las técnicas ya no son, como lo habían sido, un arte aplicado: las técnicas al alejarse de la mano se han desespiritualizado. Y es como si se hubiera perdido el antiguo vínculo entre la energía de la voluntad y la sensibilidad táctil.

Ante el Taj Mahal –puestos en tierra al nivel de los cinamomos de un rojo brillante- se nos impone como verdad la teoría goethiana del «fenómeno originario»: «todo lo que es factual es ya en sí mismo teoría. No es necesario ir a buscar detrás de los fenómenos: ellos mismos ya son teoría». De modo que simplemente verlos se convierte ya en pensarlos.

Taj Mahal, Agra, India. Foto de Thomas Young

De acuerdo con esta creencia, Goethe insiste en que, ante un determinado fenómeno, se debe dejar en suspensión todo pensamiento, o todo juicio, para que se produzca, por vía intuitiva más que racional, una aprehensión sensorial del sentido de la realidad concreta. Que es una y total a la vez, como ya vio Heráclito hace más de dos mil quinientos años.

El Taj Mahal es la evidencia de lo inaprensible. ¿Qué hace que su estructura nos sugiera una nave entre cuatro minaretes parecidos a cohetes espaciales?

En sus jardines dibujados con cartabón, observamos las ardillas correteando como nerviosas de haber perdido el paraíso, y las cotorras entrando y saliendo de los troncos resecos, los claveles de moro y esas extrañas flores acampanadas, de un azul intenso.

Nosotros, los visitantes llegados de lejos, encarnamos el misterio, aquí. Te miran, te tocan como si fueras de otro mundo: el mundo de la exuberancia de la materia. Somos la presencia de lo desconocido tanto como para nosotros lo pueda ser esta extraordinaria levitación de la piedra. Pero como este no es un camino de ida y de vuelta convencional, percibimos que el Taj Mahal también nos pertenece absolutamente, porque ya no preguntamos lo que vale sino lo que representa para nosotros.

En el mediodía de la ciudad india de Agra, a orillas del río Yamuna, nos damos a la fascinación de las pequeñas cometas cuadrangulares en la contemplación del arte frágil e inestable en que se entretienen unos niños invisibles…

Oímos decir que las cometas sólo se pueden hacer volar ahora que es primavera. En verano, el sol es tan fuerte, aquí, que no conviene mirar hacia arriba.

Observamos, pues, los trapitos voladores. En el mismo cielo, las tórtolas van dando sus vueltas y, cuando se detienen, sentimos su arrullo ahogado y deseoso.

Volvemos a Delhi con el Jelam Express (¡quién sabe de qué lejanías viene!) y el trayecto dura cuatro horas, más del doble que en la ida. Es un tren para dormir, con cortinillas de plástico separando los compartimentos.

Cuando las luces ya van de baja, el cielo se va tiñendo de un azul de indigotina. Hasta que, adormilado con el traqueteo, me asalta un sueño como escrito por J.V. Foix: nos encontramos en las espesuras humanas de una estación india en penumbra. –“¡No saben a dónde van!, ¡No saben a dónde van! –gritan tras nuestro unas voces. Pero nosotros tiramos para adelante, decididos, como si tuviéramos la certeza de que el camino está escaleras arriba, hacia el otro lado de la vía. Los harapos nos reclaman como nuestra propia mortaja. El puente es metálico y arriba del todo hay un lampadario que hace una pequeña luz.