Hay que evitar que el proyecto cultural de El Molino sea tan decorativo como sus aspas. ©V. Zambrano

¿Es necesario que el Ayuntamiento compre El Molino?

La compra de un espacio privado para transformarlo en un equipamiento cultural no es una noticia mala ni buena: depende del proyecto artístico que se exija a sus futuros gestores y de la política cultural que la administración haya pensado para su entorno

Si puedo pedir a los queridos lectores de esta Punyalada que realicen un ejercicio muy sencillo (viajar a Mr. Google para pescar noticias sobre la reciente compra de El Molino por parte del Ayuntamiento de Barcelona), encontrarán una retahíla de artículos escritos por compañeros de la prensa cultural que, básicamente, reproducen la rueda de prensa en la que la alcaldesa Colau presentó la inversión de 6,2 millones de euros para convertir la antigua sala de diversión y recreo en un equipamiento con el objetivo de reimpulsar la cultura en el Paralelo. Los lectores pueden elegir cualquiera de los textos de nuestros cronistas barceloneses: son el mismo copy-paste donde se narra como la nueva infraestructura pretende abrir en 2022, previo concurso de dirección, y con dos particularidades esenciales: la gestión público-privada y un perfil de equipamiento marcado por un deseo de transversalidad interdisciplinar y de experimentación artística.

Uno de los problemas esenciales de lo que antes llamábamos “política cultural” en nuestra ciudad (también en el resto del territorio) es la falta de un periodismo que la explique y la audite como se debería. Cuando el Ayuntamiento plantea una inversión importante, y vocifera la compra de una infraestructura esencial en la historia de una zona cero de la cultura patria, resulta todo un síntoma que el periodismo cultural (precarizado hasta límites espantosos, compañeros, ¡lo sé!) se trague eufemismos y generalizaciones simulacrales de una iniciativa que, as usual, ha pensado primero en el ladrillo y más tarde en la sustancia. Porque hace falta sólo un mínimo de curiosidad y de ganas de currar para entender que, con El Molino, el Ayuntamiento ha convertido en público un equipamiento, es cierto, pero cuya gestión será privada, por el simple hecho de que se ha abierto un concurso para que una empresa lo gestione a nivel básico y elabore un proyecto cultural.

Cuando el Ayuntamiento convoca un concurso para elegir una empresa gestora de una entidad establece una serie de cánones objetivos (uno de los primordiales suele ser el dinero que se quiere pagar mientras dure el contrato y que revertirá a las arcas públicas) y en paralelo —de ahí que Colau y el delegado de Derechos Culturales del Ayuntamiento, Dani Granados, hayan insistido en el carácter de equipamiento abierto al barrio y a su patrimonio— la administración puede exigir un canon variable de la programación o de los beneficios a la empresa focalizado en el interés público del ente: en este caso, por ejemplo, una empresa de gestión teatral podría utilizarlo como uno de sus espacios de programación, pero debería singularizarlo presentado un proyecto educativo, una programación especial relativa a la historia del lugar, que contara con compañías, artistas del barrio y etc.

Pues aquí tenemos los problemas de siempre: cuando el Ayuntamiento compra una infraestructura y ofrece un año a las pocas empresas que tendrán  posibilidades económicas de gestionar El Molino, resultará imposible que Focus, The Project o compañías similares puedan establecer un canon o un contrato programa que tenga suficiente ambición como para resucitarlo y urdir un proyecto patrimonial que honore a la inmensa historia del Paralelo. Hace poco elogiábamos el esfuerzo enorme que nuestro gran Theatermacher Xavier Albertí ha realizado para que los barceloneses se reencuentren con la historia del barrio (en la exposición El Paral·lel, 1894-1939, Barcelona i l’espectacle de la modernitat y la reciente Emperadriu d’El Paral·lel en el TNC). Pues os puedo asegurar que los proyectos que concursarán no llegarán ni a la centésima parte de la suela de este zapato.

El Ayuntamiento de Barcelona ha pagado más de sis millones por el histórico teatro del Paralelo. ©Edu Bayer

Respondo la pregunta inicial del artículo. ¿Es necesario que el Ayuntamiento compre El Molino? Pues, como todo en la vida, depende. Si la administración barcelonesa hubiese demostrado ambición y ganas de innovar en las infraestructuras que ha adquirido o que pretende ayudar a gestionar (los casos de la Sala Barts o del Hermitage, respectivamente, son ejemplos paradigmáticos), las empresas que quisieran presentar un proyecto para gestionarlas sabrían que deben sudar la gota gorda con un plan cultural que supere las habituales generalizaciones y tópicos de una desiderata de gestión artística (que si multidisciplinar, que si transversal, que si cercano al barrio y toda cuanta cháchara) y la administración, a su vez, se aseguraría de antemano que no deberá tragarse cualquier fast-food puesto que el proyecto nacería de un concurso para fomentar la competitividad en la excelencia que obligase a currárselo.

Situando el carro ante el ganado a toda prisa, insisto, se fomenta justamente lo contrario; una especie de sálvese quien pueda en el que, os lo anticipo, acabará contando mucho más cuál es canon fijo de pago más jugoso para una administración a la que poco le hacen falta los cuatro chavos de una determinada oferta y donde el proyecto cultural, predestinado a la banalización de un simple PowerPoint, será tan decorativo como las aspas de un molino seco. Este no es un artículo contra la colaboración público-privada, ¡al contrario! Si la administración facilitase la compra de un equipamiento o su restauración y fomentase un clima de sana competencia para avivar un sector cultural inquieto y atento a nuevas propuestas, la noticia de la compra de El Molino debería celebrarse con el mejor champán. Pero, desgraciadamente, seguimos en el paradigma de siempre.

Si la administración fomentase un clima de sana competencia para avivar un sector cultural inquieto y atento a nuevas propuestas, la noticia de la compra de El Molino debería celebrarse con el mejor champán

La Sala Barts y el Teatro Arnau, también son de titularidad municipal. ©V. Zambrano

¿Cómo acabará esta historia? Ya que estamos en ello, apunto respuesta. El Ayuntamiento privatizará un equipamiento con los recursos de todos los ciudadanos y, finalmente, acabará facilitando que una empresa pueda beneficiarse de éste sin que su tarea derive en una mejor salud cultural de la ciudadanía y una mayor viveza patrimonial del Paralelo. Como decía antes, si en la tribu tuviéramos algo así como periodismo cultural, operaciones como éstas deberían describirse y denominarse como lo que son; un fraude de ley y sobre todo una estafa a la comunidad por parte de una administración que cumple la tradición de tratar a la cultura como la hermana tullida. Pero las cosas van como van, la ley del silencio continuará, y nuestra benemérita alcaldesa podrá seguir sacando pecho de que los fondos buitre no han terminado comprando una de las joyas del Paralelo.

Lo que os cuento resulta una auténtica lástima, pero ahí estamos y si alguien piensa que exagero que recuerde cómo la administración barcelonesa anunció la compra del teatro Arnau, también en el Paralelo, con la misma y exacta pompa y promesas de imbricación cultural para con el barrio, transversalidad, inclusividad y toda cuanta hojarasca verbal acabada en dad, un parloteo que, de momento, sólo ha acabado en un teatro en ruinas del que nadie sabe qué hacer. Aquí nos encontramos y, por desgracia, en lo que toca a política cultural, sólo nos movemos para bajar todavía más al oscuro infierno.