¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? En Barcelona, el huevo ha llegado primero. Desde hace unos días, tres huevos gigantes han aparecido en el paseo de Gràcia, en el cruce con las calles de Consell de Cent, Diputació y Gran Via. No son solo una intervención artística: anuncian un nuevo nacimiento. El de la casa de Salvador Dalí en la capital catalana, que abre sus puertas en el Centro de Artes Digitales de la Casa Amatller con una experiencia inmersiva que recorre todo su universo, también aquella faceta menos conocida del artista: el Dalí fascinado por la ciencia, la tecnología y el futuro.
Más allá de ser una nueva experiencia cultural en una ciudad cada vez más acostumbrada a este tipo de propuestas inmersivas, la nueva casa de Dalí tiene una dimensión más simbólica. Se trata del primer espacio permanente dedicado al artista en Barcelona, que salda una deuda histórica que la ciudad arrastra desde hace décadas con uno de los artistas catalanes más universales. Desde su muerte, en el año 1989, ha habido varios intentos de dedicarle una calle, una plaza o un espacio propio, pero ninguno ha acabado fructificando. Ahora, finalmente, Dalí encuentra su lugar en la ciudad.
Lo hace en un espacio simbólico para Dalí: el paseo de Gràcia. Hace exactamente un siglo, en noviembre de 1925, Salvador Dalí hizo su primera exposición individual, en las Galerías Dalmau. Un año más tarde volvería para exponer de nuevo. Y, cien años después de aquellas primeras exposiciones, el artista encuentra su espacio permanente en la capital catalana.
Lo hace, además, de la mano de Layers of Reality —estudio responsable del IDEAL y creador de las grandes experiencias inmersivas que se pueden ver en la ciudad—. También fue este estudio el responsable de reabrir esta parte de la Casa Amatller como centro de artes digitales en el año 2023, después de que la dirección de la casa modernista quisiera recuperar y dar uso patrimonial a un espacio hasta entonces poco accesible del edificio modernista. Desde entonces, sus paredes se han adentrado en experiencias tan diferentes como la luz cálida de Sorolla o la oscuridad de Goya.
Pero, a diferencia de las exposiciones que se pueden ver habitualmente en el IDEAL, pensadas para durar unos meses antes de continuar su recorrido por otras ciudades, la de Dalí no tiene una fecha de caducidad prevista. La voluntad es que permanezca durante años en el paseo de Gràcia, incorporando nuevas capas y renovando periódicamente los contenidos para invitar al visitante a volver. La idea es acercarse, en cierto modo, al funcionamiento de un museo tradicional: una colección permanente que no deja de transformarse, con nuevas experiencias temporales que la amplían y la mantienen viva.
Para ello, Layers of Reality recupera la muestra que el IDEAL expuso durante el año 2022, Dalí cibernético, pero ampliándola y actualizándola. Es una decisión que responde a dos razones, una práctica y otra discursiva. La primera tiene que ver con las características de la Casa Amatller, un espacio mucho más difícil de estandarizar que el IDEAL y, por tanto, menos adecuado para exposiciones concebidas para viajar de una ciudad a otra. Dalí Cibernético, en cambio, ha demostrado una gran proyección internacional: desde su estreno en 2022 ha pasado por más de una quincena de ciudades, entre ellas Londres, Berlín, Atenas, Riad o Tel-Aviv.
La segunda razón es más simbólica. “Para reconciliar la ciudad con Dalí”, argumenta Jordi Sellas, CEO y socio fundador de Layers of Reality. La nueva casa quiere contribuir a reparar una relación paradójica: la de una ciudad estrechamente vinculada a la trayectoria del artista pero que, durante décadas, no le ha reservado ningún espacio público permanente.
El Dalí que miraba hacia el futuro
Producida en colaboración con la Fundació Gala-Salvador Dalí, combina artes digitales, realidad virtual, objetos originales, reproducciones y material audiovisual para explorar una faceta del artista que a menudo queda escondida detrás del personaje extravagante y del surrealismo: su fascinación por la ciencia, la tecnología, la moda, la joyería y el futuro.
“Reivindicamos un Dalí humanista, un Dalí visionario y un Dalí cibernético”, explica Anna Pou, comisaria del proyecto. La voluntad es alejarse de una visión estereotipada del artista como un simple “surrealista loco”, en palabras de Sellas, y recuperar su dimensión poliédrica. El Dalí que aparece en la Casa Amatller es un artista obsesionado con aquello que todavía no existe: las máquinas, las nuevas formas de percepción, la física, la biología, la cuarta dimensión, el ADN y las posibilidades de la tecnología.

Esta mirada hacia el futuro también se materializa en los objetos que el visitante se encuentra a lo largo del recorrido. La exposición se abre con una reproducción del icónico traje de astronauta dorado que Dalí diseñó en 1958, una primera declaración de su fascinación por un futuro que todavía no había llegado. Después aparecen piezas que muestran cómo esta obsesión atravesaba también la moda, la joyería y el diseño: el bastón original del artista, las gafas Eskimo Eclipse de Courrèges, una reproducción del vestido de alta costura creado con Christian Dior en 1965 para imaginar a la mujer del futuro y publicaciones como la revista Nugget, donde Dalí publicó en 1957 diversas predicciones de futuro, incluida una “máquina de soñar” que debía permitir acceder sistemáticamente a los sueños y convertirlos en un estímulo para la imaginación.
“Dalí estaría fascinado por la inteligencia artificial”, asegura Pou. El artista no llegó a conocer las herramientas de IA tal como las entendemos hoy, pero sí mostró un interés constante por las máquinas capaces de ampliar las facultades humanas y por las posibilidades que abrían las nuevas tecnologías. Dalí imaginaba estas posibilidades antes de que existieran: máquinas de soñar, cerebros electrónicos y dispositivos capaces de intervenir en la creatividad.
La exposición sorprende porque deja fuera buena parte de las imágenes más tópicas de Dalí, y descubre su otra cara. Así, hay una galería de cuadros, aunque su imaginario está muy presente, a través de las gafas de realidad virtual —que propone un viaje a bordo de un barco, que el visitante puede recorrer a pie, que atraviesa su universo, con hormigas, relojes blandos, huevos y otros elementos recurrentes de su obra que aparecen y se transforman a lo largo del trayecto—, y también de la sala inmersiva.

Sin embargo, esta faceta científica y tecnológica no es una mirada contemporánea proyectada sobre el artista, sino una dimensión que ya formaba parte de su pensamiento, aunque a menudo ha quedado en un segundo plano. Al final del recorrido, una selección de imágenes de archivo de sus estancias en Nueva York muestra a Dalí en una entrevista, explica que ya no está interesado en el arte o la literatura, sino en “la cibernética, la biología y la física cuántica”.
La propuesta, sin embargo, no pretende sustituir los museos tradicionales ni la experiencia de contemplar las obras originales, sino que “debe actuar como un satélite”, como recuerda Sellas: un espacio que permite explorar otras facetas del artista sin ocupar el lugar de los centros que custodian su obra. Y, además, el espacio también tiene una carga simbólica: empezar a reparar aquel “divorcio” entre Dalí y Barcelona del que habla Sellas. Cien años después de su primera exposición en el mismo paseo, el artista vuelve a tener casa, esta vez, permanente.
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