Durante décadas, el turismo se ha analizado y gestionado como una industria. Ha sido y es un motor económico y social de España que representa más del 12,7% del PIB y genera casi 3 millones de puestos de trabajo. Para la ciudad de Barcelona, es igualmente muy relevante: según los datos de 2025, la ciudad recibió 16 millones de turistas, aunque si sumamos el conjunto de turistas en la región metropolitana —el Destino Barcelona— la cifra alcanza los 26 millones de turistas, según el Observatorio del Turismo en Barcelona. Todo ello con un impacto económico directo que se estima en 14.041 millones de euros, unos 10.376 millones en la ciudad de Barcelona y 3.665 millones en el resto de la región metropolitana.
Pero el turismo, o lo que lo definiría mejor, la economía del visitante es mucho más que una industria que no se puede medir ni valorar únicamente con datos económicos. Su aportación al progreso, así como el impacto en el conjunto de la sociedad y del territorio, desborda el propio sector y se traslada al entorno socioconvivencial e institucional. Al turismo se le suele responsabilizar de muchos de los problemas a los que se enfrenta la gestión urbana. Una simplificación que pone de manifiesto las limitaciones de nuestra gobernanza actual. El turismo no es el origen de los problemas de la crisis de la vivienda, de la movilidad o de la crisis climática, pero es un acelerador para algunas, por lo que es relativamente fácil dirigir hacia el sector la frustración de nuestras carencias e incapacidades.
Hasta la fecha, el éxito de los destinos turísticos se medía a partir del número de visitantes, las pernoctaciones, el gasto turístico o la contribución al PIB, pero todo esto ha quedado obsoleto. La saturación de los espacios urbanos, la presión sobre los recursos naturales, las tensiones en el acceso a la vivienda, la pérdida de identidad cultural o los conflictos entre residentes y visitantes muestran que el turismo no se puede seguir entendiendo únicamente como una cadena de valor económica. La cuestión ya no es solo cuánto turismo queremos o podemos absorber, sino qué papel queremos que juegue la economía del visitante en la construcción de territorios competitivos, sostenibles, equitativos, resilientes y habitables. Para ello, debemos dejar de considerar el turismo como una industria y empezar a comprenderlo y estudiarlo como un sistema complejo de relaciones.
El turismo conecta movilidad, comercio, cultura, empleo, vivienda, patrimonio, energía, agua, gobernanza y cohesión social. Cada decisión que tomamos en alguno de estos ámbitos tiene efectos e impactos sobre el resto y puede generar desequilibrios y contradicciones que desbordan la lógica económica y las estadísticas y se manifiestan en forma de malestar en el territorio y en la sociedad. Es por ello que la economía del visitante debe gestionarse desde una perspectiva integral como una poderosa herramienta de regeneración territorial, pero requiere una gobernanza mucho más sofisticada e inclusiva.
Gestionar el destino Barcelona, o cualquier otro destino turístico, exige equilibrar intereses, redistribuir beneficios, proteger identidades locales y fortalecer la relación entre la comunidad, las instituciones y el territorio. Un nuevo paradigma que exige una profunda transformación metodológica. El turismo no se puede gestionar solo con los actores del sector, sino que hay que aprender a trabajar con una nueva cartografía de relaciones. El verdadero valor de la economía del visitante no radica en su impacto económico o social sino en las conexiones que construye en el territorio y la calidad de las relaciones que es capaz de tejer.

Esta visión nos obliga igualmente a revisar los indicadores que utilizamos para medir el éxito del turismo y evaluar el impacto global de la economía del visitante. Muchos abogamos por sustituir la lógica del crecimiento introduciendo criterios de capacidad de carga social o medioambiental y midiendo su contribución basada en el valor neto territorial. La cuestión ya no es cuánto aporta el turismo a la economía, sino cuánto valor genera para el conjunto del territorio y la comunidad poniendo el desarrollo sostenible, el bienestar y la resiliencia como indicadores fundamentales del progreso.
Todo esto requiere, sin embargo, nuevas formas de gobernanza y un nuevo lenguaje en el que el territorio, la comunidad y el concepto de ciudadanía se sitúa en el centro, porque toda transformación empieza por el uso del lenguaje. Las palabras que utilizamos condicionan nuestra manera de interpretar el mundo, y hablar de turismo nos ancla exclusivamente a un marco mental y una forma de actuar más propio del s.XX que del s.XXI. La economía del visitante es un término más amplio, complejo e inclusivo. Por un lado, empodera el territorio y la comunidad como anfitriones situándolos en el centro del diseño, gestión y experiencia turística para participar activamente en las decisiones que afectan a su territorio. Por otro, permite definir juntos al visitante que queremos atraer de forma prioritaria, que no es aquel que más gasta sino el que disfruta y cuida del destino independientemente del nivel de renta. Cuanto más gaste mucho mejor, pero el objetivo debe ser apreciar y respetar la identidad del destino, el patrimonio material e inmaterial y el medio natural convirtiéndose en un ciudadano accidental con derechos y responsabilidades.
Esta nueva forma de gobernanza de la economía del visitante ya no puede limitarse a tímidos procesos consultivos, debemos incorporar mecanismos reales de participación, corresponsabilidad y toma de decisiones compartidas. La tan cacareada sostenibilidad turística no se puede construir sin legitimidad social por lo que debemos pasar de la gobernanza de la industria turística a uno más sofisticado basado en un sistema turístico territorial, que es mucho más que una cuestión semántica. Es una nueva forma de entender la relación entre turismo, territorio y comunidad.

Un buen ejemplo de la complejidad a la que nos enfrentamos es el caso de la ciudad de Barcelona. Todos abogamos por una economía del visitante competitiva, sostenible y equitativa, pero corremos el riesgo de morir de éxito. Ante la actual presión de la masificación turística que erosiona el modo de vida y la convivencia entre visitantes y residentes en la ciudad, las instituciones intentan tomar medidas que limiten o mitiguen su impacto negativo. Sin embargo, la magnitud del reto nos desborda y requerirá de la construcción de nuevas coherencias. Según la proyección de los datos demográficos en el mundo, las clases medias globales pasarán en las próximas décadas de 3.500 millones de personas a 5.000 millones, la mayor parte de países asiáticos. Y a las clases medias les gusta viajar, como lo hacemos nosotros.
Barcelona se acaba de proyectar al mundo con uno de los espectáculos más brillantes y emotivos de las últimas décadas como ha sido la bendición de la Torre de Jesucristo por parte del Papa León XIV. Un evento de impacto global acompañado de un cierre de luz, música, drones y fuegos artificiales que ha proyectado y reconectado emocionalmente a Barcelona con el mundo. No hace falta ser un experto para prever que Barcelona será uno de los destinos más anhelados para el turismo urbano de las clases urbanas globales y muy especialmente del turismo cultural asiático. Como dice el dicho popular... “si no quieres caldo…. dos tazas”.

Aquellos que piensen que la gestión del turismo se soluciona con unas pocas medidas por aquí y unos cuantos retoques por allá, o como se reflejaba en el delicioso libro de El Gatopardo, aparentar hacer cambios profundos para que, en realidad, todo siga igual, nos condenan a una nueva crisis de confianza de los ciudadanos y el territorio con un sector estratégico. Hay que conectar el futuro del turismo con coherencia y sentido con el concepto de la Ciudad 5.0, aquella en la que las dinámicas económicas, humanas, sociales y culturales no se construyen o diseñan por unos cuantos, sino que se generan gracias a la convivencia y la interacción entre las personas, residentes y visitantes, para constituir una verdadera comunidad de destino.
Una Smart City no es aquella que despliega megabytes, sensores, procesos automatizados o algoritmos, sino aquella que pone todo esto al servicio del bienestar humano compartido. Y en este terreno, la Barcelona metropolitana y Cataluña tenemos ante nosotros el reto de demostrar nuestra capacidad para convertir la economía del visitante en un verdadero sistema de gestión territorial dinámico y complejo para avanzar en la cohesión territorial, la regeneración ambiental y de prosperidad colectiva. Cuanto más tardemos en ponernos a la tarea de construir una nueva gobernanza coherente y eficiente más complejo será el reto.


