Barcelona Republik: influencia, poder y economía de la reputación

El mundo vive una tensión creciente entre dos grandes modelos políticos y económicos. Dos pulsiones antagónicas que marcarán el rumbo de la geoeconomía global y condicionarán en las próximas décadas el devenir de las ciudades, las democracias y de los mercados. Por un lado, emerge la economía de la reputación, un modelo económico basado en la construcción de confianza, la credibilidad, la apuesta por el talento, la innovación, la colaboración y la capacidad de generar legitimidad global. Por otro, asistimos a la ofensiva de los que abogan por la economía de la coacción, el miedo, el control, la polarización, la presión geopolítica, los aranceles desproporcionados y la utilización del poder político, económico o militar como instrumento de dominación.

Ambas dinámicas conviven hoy en el mundo de hoy, pero no funcionan necesariamente como un juego de suma cero. La tentación ética e intelectual nos inclinaría a presentarlos como dos universos completamente opuestos, pero la realidad es mucho más híbrida y compleja. Incluso las economías democráticas con mayores cotas de reputación necesitan una cierta capacidad de coacción. Por su parte, los modelos más coercitivos, e incluso autoritarios, buscan ganar una cierta legitimidad y reputación internacional para intentar sobrevivir o consolidarse. Pero en todo caso, en ambos casos estamos hablando de formas diferentes de ejercer el poder. El poder de la influencia frente al poder de la imposición.

Evidentemente para los demócratas la apuesta debería ser clara. La economía de la reputación es la única coherente y viable porque no tiene nada que ver con dogmas ideológicos, sino con la ética y el interés general. El reto no es sencillo; se trata de generar confianza y ganar poder e influencia a través de la atracción del mejor talento, empresas, inversores o ciudadanos que desean participar y contribuir a un ecosistema basado en la diversidad, el diálogo y la convivencia, aunque a veces sea complejo gestionarlo. En ese terreno, los países y las ciudades van a tener que desplegar nuevas inteligencias y capacidades. Durante las últimas décadas, las ciudades y los territorios competían ---y todavía lo hacen--- por atraer grandes inversiones del Estado en infraestructuras, ganaban competitividad con costes laborales a la baja y se afanaban por ofrecer incentivos fiscales a las grandes empresas. Sin embargo, el factor crítico para el desarrollo es mucho más intangible y decisivo, y hay que invertir de forma inteligente en la construcción de confianza.

Peatones en una calle concurrida.

En la nueva Trust Economy, esto es, la economía de la confianza y la reputación, los territorios capaces de proyectar credibilidad, estabilidad, innovación y calidad de vida son los que atraerán inversión, talento y generarán las mejores oportunidades. Un reciente estudio La Economía Global de la Reputación: una nueva clase de activos para una nueva era, de Burson, cuantifica la reputación corporativa como un activo financiero tangible y revela que esta economía tiene un valor de aproximadamente 7 billones de dólares. Una oportunidad enorme para aquellas empresas y territorios que sepan poner la reputación como vector fundamental de su propósito y objetivos.

Las principales ciudades globales son especialmente sensibles a esta realidad. Si quieren ser competitivas y estar insertadas en las principales cadenas de valor global, tendrán que desplegar una nueva inteligencia colectiva y decidir por qué modelo quieren apostar. Si lo hacen por la economía de la reputación que opera a través de la atracción, generando influencia, credibilidad y confianza, o lo que Joseph Nye definió como soft power (el poder blando), o bien apuestan por la economía de la coacción de la mano de Estados que apuestan por el hard power (el poder duro) con control político y tecnológico, presión militar e influencia geopolítica. Algunas ciudades ya han entendido hace años esta transformación y están construyendo posicionamientos globales basados en la reputación y la confianza. Copenhague se ha convertido en referencia mundial en sostenibilidad y calidad urbana. Ámsterdam se proyecta como capital europea de la creatividad y la innovación responsable. Singapur ha consolidado su reputación ligada a estabilidad, eficiencia y seguridad jurídica. Toronto o Vancouver han sabido asociar su marca al respeto de la diversidad, el talento y calidad de vida.

Recuperar y actualizar la cultura de la cooperación público-privada es imprescindible para afrontar los retos de las próximas décadas
En Europa, pocas ciudades tienen un potencial tan singular como Barcelona para ser un referente en esta nueva economía de la reputación. La ciudad posee una combinación única y particular que marida calidad de vida, creatividad, proyección internacional, ecosistema tecnológico, capacidad científica y gran atractivo cultural. El reto es transformar esos atributos en una estrategia económica coherente, inclusiva y global. Barcelona lleva años construyendo una marca internacional potente gracias a una triple conectividad económica, física y emocional, aunque ha habido claroscuros que la han penalizado. La ciudad goza de un envidiable posicionamiento cultural, turístico y creativo complementado con un ecosistema de innovación y emprendimiento reconocido internacionalmente, con el 22@ o la Fira de Barcelona como grandes referentes. Una apuesta que ha dado frutos y la posiciona como una de las ciudades europeas más atractivas para startups, la inversión extranjera y el talento digital.

Sin embargo, la gran oportunidad de Barcelona no consiste en atraer startups, empresa o congresos sin más. Lo tiene que hacer sobre un modelo de ciudad bien definido, apostando por unos atributos de posicionamiento y atracción claros, como son la apuesta por ser una ciudad abierta, conectada, competitiva, sostenible e inclusiva. Una ciudad con un propósito bien definido frente a otros modelos, legítimos, pero más extractivos, que van en busca del catch all para atraer todo lo que se mueve.

22@

El 22@ es cuna de la innovación de Barcelona.

En este nuevo mundo económico polarizado, Barcelona y Catalunya tienen que ser capaces de poner en valor sus ventajas competitivas, y la apuesta por la economía de la reputación es una de ellas. La inteligencia artificial necesitará ciudades que proyecten innovación responsable. La biotecnología requiere ecosistemas científicos creíbles y estables. La economía verde necesita ciudades asociadas a sostenibilidad y calidad urbana. Y las industrias creativas prosperan mejor en entornos abiertos y culturalmente dinámicos, por poner algunos ejemplos prácticos. En definitiva, podemos ser un territorio innovación y bienestar conviven y se complementan en contraposición a otros modelos de ciudades o territorios más orientados principalmente al crecimiento económico o financiero.

Pero construir una propuesta de valor de ciudad o de país sobre la economía de la reputación exige mucho más que desplegar una estrategia de marketing institucional o de city branding. La reputación no se proclama se construye desde la experiencia y las acciones y ha de ser reconocida por los demás. Para ello, la gobernanza adquiere una importancia decisiva. Las ciudades que lideran la economía de la reputación son aquellas capaces de ofrecer visión estratégica, estabilidad y eficiencia, lo que nos exige instituciones eficaces, transparentes y orientadas al largo plazo y no a las próximas elecciones. Para los inversores, ya sean privados o institucionales, la calidad institucional se ha convertido igualmente en un factor competitivo tan relevante como las infraestructuras o la fiscalidad.

Las ciudades más influyentes no serán necesariamente las más grandes, sino las que generen más confianza y sepan aprovechar el potencial del poder la influencia
Barcelona necesita reforzar su gobernanza para hacerla más moderna y colaborativa. Los grandes retos a los que nos enfrentamos ya no pueden impulsarse únicamente desde las instituciones públicas. Tampoco las puede gestionar de forma coherente e inclusiva el mercado. La realidad nos interpela a construir ecosistemas de colaboración público-social-privada capaces de alinear intereses, acelerar proyectos estratégicos y generar consensos estables para garantizar la competitividad, la sostenibilidad y la equidad. Los hubs globales más reputados funcionan desde esta lógica. Singapur combina liderazgo institucional con fuerte colaboración empresarial. Copenhague ha construido su liderazgo en sostenibilidad gracias a alianzas entre administración, universidades y sector privado. Y ciudades como Ámsterdam o Boston han consolidado ecosistemas innovadores apoyados en redes de cooperación permanentes entre empresas, centros de conocimiento y administraciones.

Barcelona dispone de una larga tradición de colaboración público-privada que ha sido clave en sus grandes momentos de la historia para conseguir dar un impulso modernizador a la ciudad y Catalunya. Recuperar y actualizar esa cultura de cooperación es imprescindible para afrontar los retos de las próximas décadas. Podemos y debemos hacerlo. Tenemos una buena marca global, creatividad y talento, capacidad científica, atractivo urbano y una gobernanza democrática. Lo que necesitamos ahora es articular una nueva misión colectiva de ciudad y de país pasar de ser una ciudad admirada a convertirnos en un verdadero referente global de la economía de la reputación. Porque las ciudades más influyentes no serán necesariamente las más grandes, sino las que generen más confianza y sepan aprovechar todo el potencial del poder de la influencia y de esta nueva República de la reputación sin banderas ni fronteras.

Sobre el autor

Pau Solanilla
Pau Solanilla Franco
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