Cada vez que un Papa pisa Barcelona, hay un punto que concentra inevitablemente la imagen del viaje: la Sagrada Familia. Una centralidad que no se explica solo porque este sea el monumento más reconocido y fotografiado de la ciudad, ni tampoco porque ya sea la iglesia cristiana más alta del mundo. En realidad, esta centralidad se explica, según ha expresado el papa León XIV, a través de una imagen poderosa: la Torre de Jesús y la Sagrada Familia actúan como un “faro abierto al Mediterráneo”. Así lo ha descrito el pontífice en la misa que ha conmemorado el centenario de la muerte de Antoni Gaudí, a quien se ha referido como “venerable arquitecto de Dios”, y en la bendición de la Torre de Jesús, dos de los momentos centrales de su visita.
Para el pontífice, la Sagrada Familia es, por lo tanto, un faro abierto al Mediterráneo que proyecta Barcelona hacia afuera como icono arquitectónico y, a la vez, concentra todas las miradas hacia dentro, contribuyendo a construir el relato de la ciudad. Pero, más allá de esta doble lectura —simbólica y arquitectónica, de dentro y de fuera—, para el Papa esta imagen toma también una dimensión espiritual. Con la culminación de la Torre de Jesús —que la Sagrada Familia levantó el pasado 20 de febrero, pero que no ha sido bendecida hasta la visita del pontífice—, León XIV ha destacado que “la basílica ya se ha convertido en la iglesia más alta del mundo, no para destacar en ningún ranking mundano, sino para guiar a quien peregrina en los valores cristianos”.
Y quizás es la suma de todas estas lecturas que se concentran en la imagen de la Sagrada Familia como faro —el simbolismo internacional, la dimensión espiritual y el icono arquitectónico— que explican por qué León XIV ha escogido Barcelona como uno de los primeros destinos de su pontificado, y también por qué este templo ha sido el motivo de todos los últimos viajes papales al Estado.

Lo hizo con Juan Pablo II en 1982 y con Benedicto XVI en 2010. Y también ha vuelto a aparecer como hilo conductor en la visita del papa León XIV, en un viaje que comenzó en Madrid y que hoy continúa hacia las Islas Canarias, con un propósito principal: asistir a la misa del centenario de Antoni Gaudí y bendecir la Torre de Jesús. Un desplazamiento que ha supuesto una inversión de 25 millones de euros —un 45% aportado por empresas privadas— y que, durante unas horas, ha parecido paralizar la capital catalana, con actos masivos y un amplio dispositivo de seguridad, en medio también de voces críticas por el impacto en la movilidad y en la vida urbana.
Como faro que ha guiado (y motivado) la visita del Papa, la Sagrada Familia ha sido también el centro del discurso en la misa en recuerdo a Gaudí, donde ha destacado que “más que un monumento, es una obra en construcción que nos recuerda cómo la vida cristiana es siempre un camino que se debe construir”, ha afirmado el pontífice.

Y ha añadido: “No habitamos una obra inacabada, sino un templo en construcción. Su imperfección no es una carencia, sino una promesa de futuro”. Así lo ha afirmado en una homilía ante las autoridades presentes —los reyes Felipe y Letizia, el presidente del Gobierno Pedro Sánchez y el presidente de la Generalitat Salvador Illa, junto con varios consejeros o el alcalde de Barcelona Jaume Collboni—, así como cerca de 200 obispos de diferentes diócesis, los miembros de la Junta Constructora y un coro de 600 voces que ha marcado el ritmo de la ceremonia.
La celebración ha comenzado con el acceso del pontífice a la basílica por el Portal Mayor, la puerta de la fachada de la Gloria que no se abría desde hacía 16 años, cuando en 2010 entró Benedicto XVI. Ya desde este momento inicial, León XIV ha querido situar el tono de la jornada con uno de los mensajes centrales de su viaje: el rechazo a la violencia —“no podemos creer en Jesús y hacer la guerra, ni abandonar a quien sufre”, ha recordado—.

Alzar la mirada al cielo
La homilía ha ido avanzando hasta culminar con la bendición de la Torre de Jesús, con la cual el templo llega a su punto más alto, convirtiéndose en la cima urbana de la ciudad, sin superar a Montjuïc, en coherencia con la voluntad de Gaudí de no sobrepasar la naturaleza, que consideraba obra de Dios.
Esta Torre de Jesús, entendida como un faro en el Mediterráneo, sigue las indicaciones de Gaudí y ha sido explicada, antes de empezar el acto, con precisión por Valentina, una niña de 13 años con discapacidad visual que ha ido reseguido y describiendo la maqueta: una cruz de cristal pensada para que, de día, refleje la luz del sol y, de noche, proyecte rayos de luz sobre la ciudad. Una cruz que, a partir de 2028, será visitable y actuará como mirador de Barcelona y punto de observación del Agnus Dei que colgará del centro de la torre.
Por tanto, aunque el proyecto originario de Gaudí para esta Torre de Jesús todavía no está completado, la bendición ha anticipado simbólicamente este horizonte. Ya esta noche, por primera vez, la torre ha iluminado la ciudad después de un espectáculo de luces, fuegos y drones que ha clausurado la ceremonia. Con este espectáculo —solemne pero emotivo— el Papa ha puesto fin a su visita a la capital catalana, en un final fiel al lema que ha vertebrado toda la visita: “Alza la mirada”.
Un gesto que se ha repetido a lo largo de las dos jornadas. Es lo primero que ha hecho el pontífice nada más llegar a la Sagrada Familia: elevar la mirada, un movimiento compartido también por las autoridades presentes.

Pero este mismo gesto se ha extendido entre todos los asistentes al acto: desde el interior del templo, con los farolillos encendidos que han acompañado el espectáculo, hasta la plaza Gaudí y las calles de los alrededores, como la avenida Gaudí, la pantalla de las Glòries —donde se ha concentrado una gran multitud para seguir la homilía— o la calle Sardenya. En todos estos puntos, la escena se repetía: silencio, expectación y miradas alzadas para seguir la iluminación progresiva de la basílica, con los fuegos artificiales como colofón final. Un silencio solo interrumpido por el coro, los aplausos y el sonido de los móviles, también alzados para captar el instante —que tampoco se han perdido los agentes de seguridad desplegados en la zona, algunos de los cuales aprovechaban también para inmortalizar el primer encendido de la Torre de Jesús—.
Los móviles han grabado también los últimos elementos del espectáculo: una figura con drones que reproducía el rostro de Gaudí y una frase proyectada en el cielo, también con drones, que sintetizaba su legado arquitectónico: “Primero el amor, después la técnica”. Con este mensaje se ha dado por cerrado el acto, mientras la Torre de Jesús quedaba completamente iluminada, convertida en el gran faro arquitectónico y simbólico de la ciudad y en el eje visual de la visita papal.

“Que esta lámpara os ilumine el camino”, ha resonado la voz narradora en el tramo final de la ceremonia, que ha concluido con la colocación de la placa conmemorativa del momento en la fachada del Nacimiento, junto a aquella que recuerda la visita de Benedicto XVI, cuando bendijo la basílica como lugar de culto.
Entre los drones y la iluminación, las imágenes dejaban ver también un elemento que recuerda que la Sagrada Familia todavía no ha culminado el sueño de Gaudí: las grúas. Una presencia constante que forma parte del horizonte de Barcelona desde hace décadas, y que recuerda que, aunque la Torre de Jesús ya ha llevado la basílica a su punto más alto, la obra todavía no está acabada, 144 años después de la colocación de la primera piedra.
Los plazos se han ido alargando —la pandemia retrasó el calendario previsto— y la Junta Constructora sitúa ahora el fin de las obras, como mínimo, hacia 2035. Para entonces, el proyecto deberá resolver retos arquitectónicos como la fachada de la Gloria o la compleja escalinata de acceso al templo, que continúa generando debate. Queda por ver si este horizonte se cumplirá y si Barcelona volverá a ser escenario de una nueva visita papal para celebrar la culminación del templo.
Un recorrido entre la multitud
La Sagrada Familia, sin embargo, no ha sido el único hilo conductor del paso del papa León XIV en la segunda jornada por la capital catalana.
El viaje ha estado marcado por actos multitudinarios, con la voluntad no solo de mantener un carácter institucional, sino también de convertirse en un espacio de encuentro. En este contexto, uno de los momentos más destacados de la agenda del pontífice ha sido el recorrido en papamóvil por la calle Rosselló, desde el paseo de Gràcia hasta la basílica. A lo largo del trayecto, unas 120.000 personas lo han esperado en la calle, con presencia de familias con bebés y de grupos que han llegado horas antes para asegurarse un buen lugar. Muchos han pasado el tiempo preparados para una larga espera: con comida y agua, sillas plegables, prismáticos, gorras o jerséis según avanzaba el tiempo, y también con cartas del Uno, cubos de Rubik o incluso gomas para hacer pulseras mientras esperaban.

Banderas de todos los colores, bufandas, dibujos infantiles, pancartas e incluso una reproducción del Papa hecha con globos han llenado el recorrido del kilómetro que ha atravesado el papamóvil. Durante el trayecto, el pontífice ha saludado a los asistentes, se ha dirigido a los jóvenes con el gesto popular del “Six Seven” y ha bendecido a algunos bebés, mientras la multitud coreaba consignas como “Papa León, te queremos un montón”. Han sido solo unos segundos, pero muchos fieles han vivido el momento con intensidad, hasta el punto de que algunos han corrido junto al vehículo para intentar volver a cruzar la mirada con el Papa.
Entre los asistentes, incluso se han producido encuentros inesperados: como el de tres mujeres de Bolivia, Ecuador y Venezuela, de tres generaciones diferentes, que iban solas a esperarlo y han acabado viéndolo juntas, mientras aseguraban que “el Papa une países de muchas formas”. Entre la multitud también había turistas que, recién llegados a la ciudad, se han encontrado con el acto mientras paseaban y han decidido sumarse a él al considerarlo “un momento histórico”. Otros, maletas en mano y desorientados, preguntaban cómo cruzar al otro lado de la calle para llegar a su alojamiento justo al otro lado del dispositivo de seguridad.
Los vecinos y comerciantes han vivido la jornada entre la alegría —con tiendas que cerraban unos minutos para ver el paso del Papa, o bares que lo invitaban simbólicamente a un bocadillo de tortilla de patatas—, la resignación y también la crítica por la paralización de la ciudad. La visita ha comportado alteraciones importantes en la movilidad, con estaciones como la Sagrada Familia cerradas, líneas de autobús desviadas y un tráfico intenso durante todo el día. En paralelo, se ha desplegado un amplio dispositivo de seguridad, con hasta 5.600 agentes, la mayoría concentrados en el tramo del papamóvil, donde han girado y precintado papeleras y comprobado el alcantarillado.

La mirada de los testigos
Pero el Papa también ha dedicado parte de la jornada a actos más íntimos y cercanos, donde la mirada ya no se alzaba hacia el cielo —como en la bendición de la Torre de Jesús—, sino que se mantenía a la altura de los ojos, en un contacto directo con los testigos que se han dirigido a él: desde las reclusas Josefina y Montserrat delante de unas ochenta internas en la prisión de Can Brians, hasta las entidades sociales en la parroquia de Sant Agustí, espacio que recuerda haber visitado el templo en el año 1984, pero en aquel momento estaba cerrado.
Décadas más tarde, ya como máximo representante de la Iglesia, la parroquia ha sido escenario de uno de los momentos más emotivos de la jornada: la intervención de Renzo, un niño de seis años, que ha leído una carta llena de una inocencia, dirigiendo preguntas como si le gustaba el fútbol, si de pequeño ya tenía claro que quería ser Papa o por qué hay tanta gente sufriendo en la calle. Las noventa entidades presentes también han podido dirigirle regalos y conversaciones breves, en un ambiente en el que, según una de las voluntarias de la asociación Terral, “se notaba una mirada de empatía y comprensión, como si el Papa intentara dedicar unos segundos a cada uno”.

“Me siento en casa”, ha confesado el pontífice en este encuentro. Quizás también porque León XIV mantiene un vínculo especial con otro de los espacios de la jornada: Montserrat, donde ya había estado anteriormente y donde ha rezado delante de la Moreneta —como también lo hizo Juan Pablo II en su visita a Catalunya—. Hacia el mediodía, ha llegado en papamóvil desde el Mirador de los Apóstoles hasta la entrada del monasterio, y ha participado en la oración del Santo Rosario en la basílica de Santa María.
En su discurso, ha querido reiterar el papel acogedor del territorio: “Gracias a Catalunya por haber recibido a tantas personas de otros países; esto enseña cómo integrarnos en una única familia humana”, ha afirmado, alternando catalán y castellano, como lo ha hecho en el resto de actos. Todo, mientras se repetía una banda sonora que ha acompañado al Papa durante toda su visita: la Escolanía de Montserrat y El Virolai.



