Un templo como una verdad

Obras de la Sagrada Família. © Fundació Junta Constructora del Temple Expiatori de la Sagrada Família
Obras de la Sagrada Família. © Fundació Junta Constructora del Temple Expiatori de la Sagrada Família

Visita actualizada de las obras de la Sagrada Família, analizando sus detalles y calendarios, pero también sus conveniencias y las posibles dudas. A pocos meses de la culminación de la Torre de Jesús, nos ponemos al día con la evolución de las obras y volvemos a plantearnos las preguntas sobre el final, ya cercano, de toda la obra. Concretamente, la pregunta central: ¿de verdad queda alguna duda todavía de que hay que terminarla?

18 de agosto de 2025

La enésima visita al templo la hago con ganas de comprobar si el entusiasmo que me provoca está tan justificado o si podría matizarse. La duda forma parte esencial de la fe y de las Escrituras, como también forma parte de ellas la tentación del Diablo, y por lo tanto vale la pena afrontarla (de nuevo), sobre todo si nos hallamos ante un templo expiatorio. Expiatorio de los pecados, se entiende: ¿quién peca más? ¿Los que no podemos cansarnos de mirarlo con su irregular grandeza, o bien los que le perdonan la vida, la muerte y la Gloria? Una visita a las últimas actuaciones realizadas quizá nos acerque, como las escaleras de las torres, como las estrellas de María y las figuras de los apóstoles, a la verdad.

No creo que sea necesario reabrir la controversia sobre si se siguen los designios de Gaudí o no: el museo expone claramente fragmentos de linternas del modelo original de la fachada de la Gloria, diversas fotografías precisas de las grandes maquetas originales, los capiteles reconstruidos de las columnas de la nave central del ábside, los dibujos hechos por los discípulos y colaboradores del Gran Arquitecto del Universo y la última planta dibujada bajo su dirección.

Lo supo ver a tiempo (siempre se está a tiempo) Óscar Tusquets, firmante de los manifiestos de los años setenta contra la continuación de las obras, después de ver la nave central terminada, después de visitar el templo con profundidad y de comprobar perfectamente que los designios de Gaudí, a pesar de las llamas malignas, permanecían intactos. Que si algo podía criticarse de las obras era la extrema lealtad y exquisito seguimiento del legado gaudiniano; que hay una rigurosa investigación tras cada decisión, sobre todo partiendo de las geometrías complejas en las que se basa el templo (paraboloides hiperbólicos, polígonos regulares que giran en espiral, réplica del comportamiento molecular de la naturaleza, etcétera).

Seguramente, señala Tusquets, Gaudí hizo esta apuesta por la geometría una vez escarmentado por los problemas que había tenido con la fachada de La Pedrera. Pero el caso es que, una vez definidas esas normas geométricas (complejas pero básicas), no aceptan interpretaciones y solo pueden seguir un camino. Como la genética. Como la verdad. No, no se puede cambiar ni interpretar: sí que se puede ver o no ver, con total libertad.

Decía que no hacía falta, pero he vuelto a caer. Alabado sea Dios, todo sea para que las bases y los pilares de la cuestión queden claros. Las grandes colas de turistas de todo el mundo que allí se congregan (como ya fue designado y señalado por Gaudí) no dan importancia a Jesús o a las Escrituras, pero tampoco saben que la misma visión de la obra los acerca directamente a una verdad indiscutible, en forma de belleza, y que con eso ya basta.

El pago de la entrada, además, supone que un minúsculo trozo de piedra será posible gracias a ellos. Todo esto, además de obtener una inconsciente y añadida expiación de algún pecado, por supuesto. Tampoco Cerdà sabía que, a pesar de las ventajas de su cuadrícula, su insoportable y socialista monotonía sería expiada y corregida convenientemente por las pinceladas de color, de imaginación y de buen gusto que aportaron los modernistas. Gaudí el primero: de manera enfermiza, incansable, simultánea y constante añadió todas las buenas ideas posibles a la cuadrícula para dejar claro que la falta de alma no es un defecto general de los catalanes.

Lo que al principio debía ser una simple parroquia de barrio, en manos de Gaudí se convirtió en la iglesia más imponente del mundo
En cuanto a la Sagrada Familia, situada también en pleno Eixample, al principio debía ser una simple parroquia de barrio pero en manos de Gaudí se convirtió en la iglesia más imponente, original, alta, sorprendente y reveladora de cuantas hay en el mundo. Solo falta que los monigotes sin Pascua que no saben verlo, cuando caminen por las esquinas del Eixample, levanten los ojos al cielo. Algunas de ellas, lo sé porque tiene que ver con una incorporada mala fe, permanecerán siempre dentro del mismo gesto cabizbajo de la escala evolutiva.

A finales de año, para los que miren hacia arriba, la torre central estará terminada (con cruz superior visitable en ascensor) y ahora ya es la construcción más alta de la ciudad. Después, entre uno y ocho años para acabar la fachada de la Gloria, que ruego sea verdad que se va hacia las manos de Barceló. Y mientras tanto, ahora mismo, están en marcha la capilla de la Asunción, situada al lado del presbiterio (Provença lado mar, para los locales laicos), las cubiertas de las naves laterales a la altura de la nave de la Pasión y el Nacimiento, la sala del crucero, el baptisterio subterráneo y, evidentemente, la fachada de la Gloria (Mallorca lado montaña), si Dios ayuda, ya sea en forma de acuerdo con los vecinos o de rayo providencial.

Las torres de la Sagrada Família. © Fundació Junta Constructora del Temple Expiatori de la Sagrada Família

Cuando esté terminada, no solo este país demostrará que cuando quiere sí que sabe rematar la faena sino que además lo hará con espíritu tan universal como radicalmente autóctono. La capital del país puede conformarse con las nostalgias en forma de cuatro torres testimoniales, gimoteando por aquello que podría haber sido, o bien crecer, elevarse, asumir los pecados o los defectos y aspirar a más. Contando siempre con unos cimientos sólidos, y con unos códigos inalterables. A pesar de que el proyecto tiene todo el tiempo del mundo, porque su cliente no tiene ninguna prisa, Gaudí nunca deseó que se quedara paralizado.

Yo también tengo partes preferidas del templo y otras que no me entusiasman tanto, exactamente igual que los capítulos de la historia del país, pero la alternativa conservadora, resignada, pequeña y gruñona de los contrarios conduce (como siempre) a la derrota total.

¿Quieren una Sagrada Familia para derribar? Busquen la iglesia de la Sagrada Familia de Igualada, una exacta granja de pollos con techo de uralita, obra del también equivocado Oriol Bohigas. La verdad cuesta de definir, pero se reconoce enseguida cuando se ve: lo contrario a la verdad, también. Mientras tanto, como decía Gaudí, el pueblo hace el templo y en él se refleja.

Façchada del Nacimiento desde la plaza Gaudí. © Fundació Junta Constructora del Temple Expiatori de la Sagrada Família

Sobre el autor

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Jordi Cabré
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