Vila Viniteca, en la calle Agullers, en el barrio del Born.

Tres tiendas de vinos, mil historias

El sector del vino es uno de los grandes afectados por el cierre de la restauración. Hemos visitado tres templos barceloneses dedicados a este negocio: El Petit Celler, Vila Viniteca y El Celler de Gelida. Tres visiones de la situación y una misma pasión, ¡una buena copa de vino!
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on los restaurantes y bares cerrados, el sector del vino se queda, de momento, sin los principales compradores. Me voy a dar una vuelta por Barcelona, ​​a visitar algunas tiendas de vino que amo, para preguntarles cómo están. Por lo que sé, las ventas de vino online se han disparado, y no por mi causa. Nunca compraría lo que más me gusta por Internet (por Internet, pongamos por caso, compraría un accesorio que no me ilusione, como una aspiradora) porque me gusta ir al establecimiento y que el vendedor me dé rollo. Los libros, el vino, el queso, las flores y los vaqueros… en la tienda. “¿Este, lo has probado?”, Preguntaré. “Uy, este te gustará, es tu estilo”, me contestarán. A mí, esto me da la vida.

Comienzo la ruta en El Petit Celler, de la calle Beethoven, casi delante de Catalunya Ràdio. La tienda, ahora, pertenece al grupo Familia Torres. Da trabajo a 70 familias, si contamos a los comerciales (13, en total, cuatro de los cuales, en Barcelona), a la contable, al gerente, a los que compran o a los tres camareros. Como en muchas tiendas, donde también sirven vinos a copas, tienen el Coravin. Es un aparato (un día tenemos que hablar de todos los accesorios del mundo del vino) que pincha el tapón de la botella hasta atravesarlo, extrae una cantidad de vino y rellena el vacío que ha quedado con gas argón. Esto hace que esa botella, a pesar de estar empezada, te pueda durar tiempo en buenas condiciones y, por tanto, que el cliente pueda tomar media copa, si quiere, sin tener que pagar la botella entera, que se podrá guardar hasta la próxima vez. Esto permite tener grandes vinos a copas. En casa también.

El Petit Celler, en la calle Beethoven de Barcelona pertenece ahora al grupo catalán Familia Torres.

Carles Mata, que es el director del establecimiento, me recibe en una de las salas de cata. Las dos camareras han cogido ahora las vacaciones (forzosas) y se queda sólo Miguel Ángel, el camarero (que también es un maestro de la coctelería) para vender. “Se está vendiendo sobre todo para la exportación“, me cuenta Carlos. “Los nórdicos beben mucho vino, no tienen tantos bares como nosotros, y, por tanto, compran para tomar en casa”. También ha habido un repunte de ventas en Alemania e Inglaterra. “Durante el confinamiento, los pedidos online se dispararon”, me cuenta.

Durante el confinamiento, los pedidos online se dispararon

Y cuando le pido datos me dice: “Antes, teníamos unos 25 pedidos al mes. En abril pasamos a 650. Ahora tenemos unos 150 al mes “. Sonríe y me pone un ejemplo. “Esta semana hemos tenido un encargo de 1.800 euros de un cliente que vive a… ¡cincuenta metros de la tienda!”. Como sonrío al ver el pedido, que incluye Dofí, Alabaster, Las Lamas, Manyetes o Cos d’Estournel, añade: “Aquí hay gente con poder adquisitivo alto. Te puede venir una señora con los dos perros para pedir que le lleves un vino a casa a temperatura“. Acabamos hablando de cuáles son los estados europeos donde se consume más vino por persona y año. El primero, tal vez no lo dirían nunca, es el Vaticano.

A continuación me voy al centro de la ciudad. Al Born. En la calle de Agullers, que, como su nombre indica, es la calle donde vivían —desde mediados del siglo XIX, si hacemos caso a Joan Amades— los fabricantes de agujas y utensilios de pesca. Allí está la tienda de vinos y colmado Vila Viniteca, que distribuye por todo el mundo. Si aman el queso y el vino, vayan. Allí o a L’illa Diagonal, donde también tienen plaza. Cuando pueda, volveré allí a leer el periódico mientras me tomo una copa de burbujas y un queso, como solía.

Francisco Martí y Quim Vila pusieron en marcha el grupo Vila Viniteca en 1993.

De este negocio viven 270 familias. Sobre todo, sobre todo sirven a restaurantes. Por eso, Quim Vila, el copropietario de la empresa, me dice: “Como yo no soy sanitario, haré lo que tenga que hacer confiando en que es por la salud. Portémonos bien quince días. Es el mensaje que transmito a mi gente. ¿Qué no podemos hacer catas de ocho? Pues no se hacen. Me siento muy solidario con los que no pueden, como nosotros, vender online, por lo que quisiera salir lo menos posible en este reportaje. La gente, durante el confinamiento, ha seguido comiendo carne y pescado y bebiendo vino. Mi solidaridad es para los bares y restaurantes. ¿Cómo se les puede ayudar? Pues pidiendo para llevar. Ya sé que no se puede hacer delivery de gintónics, pero sí se puede ir a comprar comida para llevar. Quizás en casa no tienes todo lo que te gusta del restaurante, pero en cambio puedes ir en chanclas, ver una peli o poner la música que quieres”.

Es una cuestión de felicidad. Si no estás feliz, no descorchas una botella de burbujas

Me cuenta Quim que un sector que ha sufrido pérdidas es el de las burbujas. Las ventas de champán han caído un 30 por ciento. Seguro que las de cava también. “Es una cuestión de felicidad. Si no estás feliz, no descorchas una botella de burbujas. De vino, quizás sí”.

Con la pandemia, los centros de las ciudades se han vaciado. Al de Barcelona le está pasando lo mismo que al centro de Londres, Madrid o Milán. De momento, ahora, no hacemos vida allí. El fenómeno hace que, paradójicamente, sí que hagamos vida “de proximidad”. El tendero de nuestro barrio o del pueblo, que seguramente entre semana no nos veía el pelo, ahora nos lo ve todos los días.

El Celler de Gelida es todo un icono en Barcelona, una saga dedicada al mundo del vino desde 1895.

Termino el recorrido en El Celler de Gelida, en la calle de Vallespir. Allí me encuentro con  Meritxell Falgueras, sumiller entusiasta (una de todavía pocas mujeres del sector), hija de los propietarios, quinta generación dedicada al vino. En la familia, los padres se encargan de la venta, ella a la comunicación (que se le da de perlas) y el hermano, a la gerencia. Ir al Celler de Gelida, con más de 5.000 referencias, es un placer.

El vino, durante estos días que estás en casa y tienes tiempo para cocinar, se ha redescubierto; el vino te calienta el alma”

“Para mí, lo que es deprimente es el sector de los pintalabios”, me dice Meritxell, que es gran usuaria del producto. “Con esto de la mascarilla, no deben vender ni uno. Nosotros seguimos vendiendo, porque la gente sigue comiendo y bebiendo, aunque con menos alegría. Han bajado los presupuestos, claro. Y no tienes lo que tienes cuando vas al restaurante: la experiencia, el sumiller que te cuenta cosas… Durante el confinamiento todo el mundo decía que bebía más, porque estábamos encerrados, no teníamos que coger un avión al día siguiente… Yo también he comido y he bebido más. Cuando estudiaba en Estados Unidos siempre me preguntaba: ¿Cómo puede ser que el vino, aquí, se vea tan cool y en cambio en Barcelona tan viejuno? Pues me parece que ahora la gente ha conectado con el vino. La cerveza siempre se ha asociado a “libertad”, por lo tanto el vino, en estos días que estás en casa y tienes tiempo para cocinar, se ha redescubierto. El vino te calienta el alma. Es el paisaje que no puedes ver pero que te puedes beber. Nosotros hemos estado siempre abiertos porque éramos —y me encanta— primera necesidad. Había muchos clientes que no venían pero se lo llevábamos a casa. Pero a los clientes les gusta venir. ¡Los conocemos a todos! ¡Sabemos de su vida y sabemos para qué ocasión quieren el vino que compran!”, explica Falgueras.

Ferrán Falgueras y Meritxell Falgueras, quinta generación de El Celler de Gelida, con sus padres, Toni Falgueras y Maria Febrer.

En El Celler de Gelida, fundado en 1895, tenían preparada una gran fiesta para el mes de marzo, que cumplían años. Los hábitos de consumo han cambiado mucho en todo este tiempo. “Ahora ya se vende todo el año, pero, antes, el ochenta por ciento de las ventas eran en Navidad, los lotes para los abogados, los médicos… Todo el mundo venía por Navidad. Mi padre nació a finales de diciembre. Días de tienda llena. Mi abuela lo parió, como quien dice, tras el mostrador. Ahora esto ha cambiado. De todas formas, yo he trabajado en la tienda desde los 13 años sin parar”. Se ríe. “Quizás es por eso que me permito, ahora, ser un poco pija”. La fiesta aplazada la harán cuando estemos todos bien. No falta mucho. Mientras tanto ¡Salud!