Pantallas gigantes —transparentes, curvas o capaces incluso de simular el trencadís de Gaudí—, focos de múltiples colores, altavoces de última generación o salas de reuniones inteligentes. Son solo algunas de las tecnologías que estos días se despliegan con magnificencia con la llegada del Integrated Systems Europe (ISE), la mayor feria audiovisual del mundo y uno de los congresos más importantes que se celebran en Barcelona. Tecnologías que provocan un inmediato “wow” o “amazing” en los pasillos, llenos de profesionales que hacen negocio, pero que también se detienen a fotografiar y grabar estas innovaciones. Sin embargo, más allá de la sorpresa y el impacto visual, estas tecnologías comparten una misión menos visible pero mucho más profunda: inspirar, despertar la imaginación y hacernos soñar.
Un propósito que, aunque parezcan mundos opuestos, la tecnología comparte con la cultura. ¿Cuál es, si no, el sentido de una película, un poema o una Fiesta Mayor? Emocionar, conmover, inspirar, despertar la curiosidad o abrirnos nuevos horizontes. En definitiva, hacernos imaginar. No es casualidad, por tanto, que una de las palabras que más se repite entre las consignas de los stands del ISE —más allá de píxeles o resoluciones— sea precisamente esta: imaginar.
Pero en este ejercicio de soñar e imaginar, la tecnología puede ser una aliada, nunca un sustituto. La tecnología amplía los límites de lo que podemos sentir y percibir, pero el motor debe seguir siendo humano. Así lo sintetizaba el director del ISE, Mike Blackman, en una entrevista para The New Barcelona Post: “Los creadores necesitan herramientas para crear. Un pintor necesita un lienzo y un pincel. Hoy esas herramientas son más sofisticadas y digitales, pero el motor debe seguir siendo la creatividad”.
Con esta convicción, en su cuarta edición en Barcelona —tras establecerse en la ciudad en 2022, cuando su antigua sede en Ámsterdam ya se les había quedado pequeña—, el ISE ha querido reivindicar su faceta más desconocida: el impulso a la creatividad. Lo hace con Spark, un nuevo espacio que conecta disciplinas como el gaming, el diseño o los eventos en directo para romper fronteras entre industrias y fomentar colaboraciones inesperadas. Demostrando que, hoy, la cultura ya no conoce límites ni fronteras, y que la tecnología hace posible todo aquello que podamos imaginar. Precisamente, una de las grandes tendencias actuales del audiovisual es este cruce de industrias, lenguajes y formatos que hasta hace poco avanzaban por separado. Las fronteras entre cine, videojuegos, artes escénicas, diseño, música, arquitectura o publicidad se difuminan.
Y es aquí donde quizá reside su verdadero impacto en la ciudad. Más allá de las cifras económicas —más de 520 millones de euros de impacto solo el año pasado— o del posicionamiento de Barcelona como capital mundial de congresos, el ISE puede generar una huella menos cuantificable pero igualmente decisiva: crear oportunidades para empresas y creadores locales, despertar vocaciones y alimentar la creatividad.
Pero, ¿cómo se traducen todos estos conceptos en la práctica? ¿Cómo pueden empresas y creadores catalanes transformar la tecnología en cultura, en relatos y en experiencias que dejen huella?
Nuevas experiencias y nuevos formatos. La tecnología abre la puerta a vivencias que hace solo unos años parecían ciencia ficción. Observar la Capilla Sixtina a través de gafas de realidad virtual en el IDEAL, o dejarse guiar por un pequeño chef digital en el restaurante Le Petit Chef (Hyatt Regency), ya no es futuro: es presente.
Estas nuevas formas de crear permiten a artistas y creadores concebir relatos que van más allá de los formatos tradicionales. Experiencias que transportan al público a otros mundos, que lo sitúan en el centro de la acción, transformando al espectador en participante. Ya sea a través de realidad virtual, instalaciones inmersivas o narrativas interactivas, la tecnología se convierte en un nuevo formato para contar historias y generar emociones.
En el ISE, esta dimensión cultural se hace tangible en los stands de los más de 1.700 expositores, muchos de los cuales convierten el espacio expositivo en una obra en sí misma: discotecas inmersivas, muros para pintar grafitis digitales o recorridos sensoriales que hacen que los stands dejen de ser simples escaparates de producto para convertirse en auténticas experiencias. Incluso el simple hecho de caminar por la feria puede convertirse en una vivencia artística, como sucede con Breathe —la exposición inmersiva creada por el estudio barcelonés instronic—, la instalación que conecta el octavo pabellón de Fira de Barcelona e invita a detenerse, respirar y reconectar antes de retomar el intenso ritmo de las reuniones de negocio.
En este contexto se enmarca Immersive Horizons: A journey across Catalan digital creativity, una propuesta impulsada por el l’Institut Català de les Empreses Culturals (ICEC) y la Direcció General d’Innovació i Cultura Digital. En un cubo inmersivo, la iniciativa presenta seis proyectos catalanes que ejemplifican cómo la tecnología puede replantear la experiencia cultural y abrirla a nuevos formatos con proyección internacional.
Seis miradas diversas que utilizan la tecnología como herramienta creativa: desde la reinterpretación espiritual de Hilma af Klint de Brooder Lab, pasando por las instalaciones poéticas de Campmajó Studio, hasta la propuesta de imaginar posibles futuros climáticos que nos invita Onionlab. Proyectos que demuestran que el ISE no es solo negocio: es también un laboratorio y un escaparate de la creatividad catalana, al mismo tiempo que esa creatividad se contagia, inspirando a otros estudios y creadores, incluso a aquellos que no apuestan por el arte digital.
La tecnología como puerta de entrada a nuevos públicos. Al mismo tiempo, son cada vez más los centros culturales que utilizan la tecnología para llegar a públicos que tradicionalmente no se sienten interpelados por museos o galerías. No es casualidad que, entre las propuestas culturales con descuento que el ISE ofrece a sus más de 85.000 asistentes de todo el mundo, se incluyan espacios como el IDEAL, un Aquàrium renovado con experiencias inmersivas, o el Centre d’Art Ametller.
Ninguna experiencia virtual puede sustituir la emoción de entrar al MNAC y contemplar las pinturas románicas, pero eso no significa que la tecnología deba ser, necesariamente, una amenaza para el patrimonio. Al contrario: puede actuar como una puerta de entrada, como un primer contacto capaz de despertar la curiosidad, romper barreras y acercar nuevos públicos. Experiencias inmersivas, recorridos digitales o relatos interactivos permiten contextualizar, explicar y generar emociones incluso con obras que acumulan siglos de antigüedad. En este terreno, varios estudios catalanes ya trabajan para conectar tecnología y patrimonio, como blit.studio, Framemov o Layers of Reality.
Mejores herramientas, mejor calidad. El impacto del ISE en el sector cultural también se percibe de forma directa y tangible: este salón es el escaparate de las herramientas que hacen posible cualquier espectáculo contemporáneo. Desde focos teatrales hasta sistemas de sonido para conciertos, festivales o conferencias —con pabellones enteros dedicados a demostraciones auditivas continuas—.
Sobre todo en un mundo donde las fronteras entre disciplinas se han difuminado. Cuando una exposición incorpora lenguajes del cine o del videojuego, o cuando un evento en directo se construye a partir de luz, sonido, narrativa e interacción. Ahora bien, esta evolución tecnológica también plantea un desafío: el riesgo de que aquellos proyectos con menos recursos, que no pueden incorporar las últimas innovaciones, queden fuera de juego o lleguen a un público más reducido.
Cultura, pero también industria. A menudo se tiende a separar cultura y negocio como si fueran mundos opuestos. Pero detrás de cualquier proyecto cultural hay estructura, cifras e, inevitablemente, industria. Y en este ámbito, la tecnología puede jugar un papel clave: no solo como herramienta creativa, sino también como motor para profesionalizar el sector o mejorar la comunicación con el público.
En el ISE, la tecnología aplicada a la cultura también se manifiesta en aspectos aparentemente menos visibles, pero igual de decisivos: salas de reuniones inteligentes, soluciones audiovisuales para exposiciones y festivales, o formatos publicitarios inmersivos que permiten explicar un proyecto cultural de manera más atractiva. Así, la tecnología no solo transforma el escenario, sino también todo lo que ocurre antes y después del acto.
E incluso como final de fiesta. Hasta hace no mucho, las Fiestas Mayores no se concebían sin un inicio o un final cargado de pirotecnia, luz y ruido. De hecho, el fuego forma parte del imaginario colectivo catalán: desde los correfocs hasta las hogueras. Sin embargo, la conciencia ambiental, la inclusión y el respeto por las personas con diversidad funcional, así como el impacto de los fuegos artificiales sobre los animales, plantean nuevos interrogantes. Retos sociales y ambientales que interpelan directamente a la cultura popular y obligan a imaginar nuevas formas de celebrar.
Ante este escenario, algunas fiestas han empezado a explorar alternativas. La Mercè, por ejemplo, ha incorporado en los últimos años un espectáculo de drones, de la mano de la empresa catalana Flock Drone Art, como complemento al tradicional piromusical. No se trata de sustituir el fuego, sino de repensarlo. De encontrar formas de emocionar que sean más inclusivas, sostenibles y adaptadas al presente. En este sentido, el ISE también ha querido cerrar sus jornadas con esta misma filosofía: concluyendo cada día con un espectáculo de 600 drones, acompañado de actuaciones artísticas como ópera o proyecciones de arte digital.
Un cierre de fiesta que es también una declaración de intenciones: la tecnología no se presenta como rival de la cultura, sino como una aliada para imaginar el futuro. La sociedad plantea nuevos retos, la cultura evoluciona, y quizá la tecnología —aunque no sea la única respuesta— pueda ser una forma de afrontarlos. Y el ISE, sin duda, es una muestra excelente.