El pasado 14 de septiembre, en el Palau de la Música Catalana, en el marco de la 33ª edición de los Premios Joven Empresario de AIJEC, quise plantear una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué necesita hoy la juventud empresaria?
El año pasado intenté describir qué significa ser joven y hacer empresa, y hablé del fuego que llevamos dentro aquellas personas que un día decidimos emprender. Este año quería ir un paso más allá. Y lo primero que necesita la juventud empresaria son referentes. Personas en quienes mirarse y a quienes querer parecerse.
Tenemos que dejar de sentirnos incómodos hablando del éxito empresarial. Si cada vez que alguien prospera lo primero que hacemos es menospreciarlo, difícilmente conseguiremos que la siguiente generación quiera seguir este camino. No podemos demonizar la figura de quien hace empresa por el simple hecho de hacerla. Somos personas con inquietudes y sueños que dedicamos una parte muy importante de nuestra vida a intentar convertirlos en realidad. A quien lidera una empresa se le exige responsabilidad cada día. Ante los trabajadores, clientes, proveedores, socios, bancos o administraciones. Cuando nos equivocamos, asumimos las consecuencias. Y creo que tenemos el derecho, y también la obligación moral, de exigir la misma responsabilidad a aquellos que nos lideran.
No esperemos líderes que no se equivoquen nunca. Sería absurdo. Esperemos que, cuando se equivoquen, den la cara, lo expliquen, rectifiquen cuando corresponda y asuman las consecuencias. También importan las formas. A más responsabilidad, más exigencia en las formas.
No necesitamos convertir a quien piensa diferente en nuestro enemigo. No es una cuestión de empresa contra trabajadores ni del sector privado contra el público. Todo esto va de construir. Y de construir juntos. Empresa más trabajadores. Sector público más sector privado.

Pero la juventud empresaria también necesita ser escuchada. Se habla muchísimo de talento joven. De la necesidad de atraerlo, retenerlo, conseguir que nuestros jóvenes no se marchen. Y me parece perfecto. Pero no basta con querer nuestro talento. También estaría bien querer nuestra voz.
Desde AIJEC hemos decidido levantar la mano. No para protestar más fuerte ni para señalar a nadie, sino para decir una cosa mucho más sencilla: Estamos aquí. Contad con nosotros. Somos inconformistas, pero nuestro inconformismo busca proponer, mejorar y transformar. Queremos generar prosperidad.
AIJEC tiene más de cuarenta años de historia. Representamos una comunidad de jóvenes empresarios y empresarias de Cataluña y, después de 33 ediciones de unos premios que reconocen empresas que generan empleo, arriesgan y crean oportunidades, seguimos teniendo la voluntad de llegar allí donde haga falta. Nadie podrá decir que no hemos querido participar. Estamos aquí. Y queremos formar parte de ello.
Pero para hacerlo también necesitamos comunidad. El año pasado éramos unas 300 personas en la gala. Este año, más de 500. Y eso nos hace una enorme ilusión, no simplemente porque seamos más, sino porque aumenta nuestra capacidad de aportar. Queremos que cuando una persona joven que hace empresa tenga un problema encuentre a alguien al otro lado. Queremos estar ahí porque podemos aportar. Porque tenemos experiencia, conocemos los problemas y también tenemos propuestas. AIJEC quiere sentirse útil, no utilizada. La juventud empresaria no puede ser una herramienta de marketing. Debe ser una herramienta de transformación.

Y lo creo firmemente: el talento individual puede construir una gran empresa, pero el talento organizado puede transformar una sociedad. Para lograrlo hay otra cosa bastante elemental que la juventud empresaria necesita: poder prosperar. Crear, crecer y consolidarse. Esta ha sido una de las grandes obsesiones de AIJEC durante estos meses. No podemos conformarnos con ser un país donde nacen buenas ideas. Debemos conseguir ser también un país donde estas ideas puedan crecer y quieran quedarse.
Queremos trabajar, pagar buenos salarios, tener talento en nuestras empresas y contribuir a nuestra sociedad. Y sí, también queremos ganar dinero. No nos debería dar ninguna vergüenza decirlo, de la misma manera que tampoco tenemos ningún problema en pagar impuestos. Precisamente por eso queremos tener la certeza de que los impuestos se destinan a aquello que la sociedad necesita. Exigimos transparencia, ética y responsabilidad. Porque empresa y Estado del bienestar no son enemigos. Se necesitan.
La pregunta que nos deberíamos hacer es si estamos creando un ecosistema que permita prosperar. Si conseguimos que trabajar y emprender valga la pena. El talento, por el simple hecho de ser talento, irá allá donde pueda desarrollarse al máximo. Y si se marcha, quizás es una buena pista para preguntarnos si estamos haciendo bien las cosas. Cuando se marcha una persona emprendedora no perdemos únicamente una persona contribuyente. Perdemos talento, conocimiento, puestos de trabajo e inversión. Pero perdemos algo aún más importante: referentes.
La juventud empresaria necesita motivos para quedarse. Ahora bien, sería demasiado fácil acabar aquí y situar toda la responsabilidad en los demás. También nos tenemos que exigir a nosotros mismos. Los que hoy tenemos la responsabilidad de liderar organizaciones como AIJEC estamos temporalmente. Y está bien que sea así. Nos toca hacer nuestra parte para que los que vienen detrás puedan coger esta comunidad, llena de buenos valores, y llevarla más lejos que nosotros.
"No basta con ser joven para tener razón, para merecer una silla o para ser escuchado. El espacio se tiene que ganar con trabajo, preparación y compromiso"
Por eso también quiero ser exigente con las generaciones más jóvenes. Formaos. Participad. Implicaos. Haced comunidad. No os cerréis únicamente en vuestra empresa, vuestra carrera, vuestro éxito o vuestros problemas. No basta con ser joven para tener razón, para merecer una silla o para ser escuchado. El espacio se tiene que ganar con trabajo, preparación y compromiso. Y creo que es mejor así. Porque cuando una persona se esfuerza para ganarse las cosas, todo tiene más sentido.
Nosotros intentaremos abrir puertas. Vosotros tendréis que estar preparados para cruzarlas. No podemos exigir una sociedad mejor de aquí a diez o veinte años si hoy no estamos dispuestos a dedicar una parte de nuestro tiempo a construirla.

Y, sobre todo, no tenemos que caer en el pesimismo. Sé que es fácil pensar que emprender es demasiado complicado e incierto, que acceder a una vivienda es imposible o que las decisiones siempre las toman los demás. No tenemos que aceptar esta idea. Queremos crear empresas de éxito, pero también queremos crear empresas con valores. Y los proyectos que pasaron por el escenario del Palau demuestran que las dos ambiciones pueden ir perfectamente de la mano.
Porque generar oportunidades de vida también es éxito empresarial y social. Llegará un día en que probablemente nadie recordará cuánto facturaban nuestras empresas o cuánto valían. Pero habrá personas que sí recordarán cómo las tratamos, qué oportunidad les dimos, qué valores defendimos y qué hicimos cuando tuvimos la posibilidad de ayudar a construir algo mejor.
Y aquí vuelvo al fuego que nos acompañaba el año pasado. Aquel fuego continúa encendido. Pero para que no se ahogue necesita aire. Aire que venga de todos nosotros y que nos empuje a no quedarnos esperando que alguien más construya el futuro para nosotros.
Marco Aurelio escribió hace casi dos mil años: "Deja de discutir sobre cómo debe ser una buena persona. Sélo". Quizás nosotros podemos llevarlo a nuestro terreno de una manera muy sencilla: no hablemos tanto del país que queremos. Construyámoslo.
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