Cuando, frente a un auditorio de cientos de personas, pido que levanten la mano aquellos que han hecho una donación en el último año a La Marató de TV3, que son socios de alguna entidad sin ánimo de lucro o que han contribuido a una causa social, a un banco de alimentos o a la investigación, afortunadamente la mayoría la levantan. Cuando lo que pregunto es: “¿Quién de vosotros es —o quiere ser— mecenas?”, la respuesta cambia. Se hace un silencio.
En Catalunya y en España hay un porcentaje muy significativo de población donante, pero casi nadie se reconoce como mecenas. Y, sin embargo, ¿a quién no le gusta pasear por el paseo de Gràcia y detenerse a contemplar el patrimonio que los mecenas dejaron como legado para las generaciones futuras? ¿Quién afirmaría que la Sagrada Família tiene un impacto negativo en nuestra sociedad? Levantada, piedra a piedra, por el esfuerzo de cientos de miles de personas que han sido mecenas. Pero, a pesar de todo, el mecenazgo que hay detrás —ese motor económico invisible y silencioso— sigue sin reconocimiento social.
¿En qué momento, como sociedad, hemos subvertido la percepción del mecenazgo?
En sociedades maduras, la colaboración público-privada es a menudo la única vía para que el talento avance y se desarrolle. Sería ingenuo creer que la administración pública puede sostener toda la creatividad, las necesidades sociales y la investigación que impulsamos —y aún menos en Catalunya, un país innovador por naturaleza y con una capacidad de resiliencia muy por encima de la media. Hace pocos meses, una persona del norte de Europa me preguntaba, sorprendida, dónde estaba el problema a la hora de encontrar recursos cuando hay talento. “Nosotros —me decía— lo que no tenemos es tanto talento; eso sí que es un problema”.
En Catalunya hay mucho talento. Y disfrutamos de un legado que nos posiciona en el mundo y que nos ha mostrado los beneficios del mecenazgo. Somos beneficiarios directos de sus consecuencias. Pero, ¿cuándo seremos capaces de sentir orgullo de pertenencia y responsabilidad colectiva? ¿Cuándo querremos ser mecenas y participar de lo que puede llegar a ser este país si aportamos recursos —en la medida de nuestras posibilidades— para impulsar a aquellas personas que pueden llevarnos a otro nivel?
No hace falta ser empresario. No hace falta ser millonario. Solo hace falta sentir los colores y querer formar parte de una mirada ambiciosa y de una voluntad de mejora de nuestra comunidad, donde vivimos y compartimos quiénes somos y cómo somos.
"En sociedades maduras, la colaboración público-privada es a menudo la única vía para que el talento avance y se desarrolle"Mientras tanto, en la Fundació Catalunya Cultura seguiremos trabajando con todos los sectores implicados para que esta aportación y colaboración que hacemos los mecenas —este gesto— sea reconocida y, en la medida de lo posible, bonificada.
Con todo, hay que tener muy claro que un mecenas no se mueve por el retorno económico. Lo mueve el placer y el orgullo de sentirse parte de una mejora colectiva, de conseguir juntos aquello que, en solitario, nunca habría sido posible. Perpetuar una oportunidad, responder a una necesidad o dejar un legado.
Piénsalo bien. Y la próxima vez que alguien te pregunte, responde: ¡Sí! Yo quiero ser mecenas.