El mecenazgo, un motor silencioso para la promoción de la cultura

Palau de la Música Catalana © Lorenzo Duaso
Palau de la Música Catalana © Lorenzo Duaso

Catalunya es todavía hoy el resultado del esplendor y el auge de mecenas y patrocinadores a finales del siglo XIX y principios del XX. Con el cambio de siglo, sin embargo, estos mecenas no solo no han desaparecido, sino que incluso se han multiplicado, con nuevas formas de financiación más colectivas

(Redactora en The New Barcelona Post)
12 de octubre de 2025

Una sociedad sin cultura es casi una sociedad sin alma. Por este motivo, el potente tejido cultural catalán lucha por configurar y preservar el alma de esta sociedad. Un trabajo imparable que, especialmente en los últimos años, parece que está dando sus frutos, con cifras récord que revalidan la buena salud de la cultura en Catalunya: salas de teatro con récord de espectadores, películas en catalán que triunfan en la pequeña y la gran pantalla, y una enérgica industria literaria que se consolida como el gran motor del sector a escala española. Un imparable trabajo que, sin embargo, a menudo encuentra barreras para continuar creciendo, como la falta de recursos económicos para proyectos culturales.

En esta búsqueda de financiación, las administraciones públicas —desde los Ayuntamientos hasta la Generalitat— juegan un papel fundamental, a través de las diferentes subvenciones y ayudas para proyectos culturales. Aun así, en un momento en el que el sector cultural clama para que el Departamento de Cultura disponga, como mínimo, de un 2% de los presupuestos durante esta legislatura, las ayudas y subvenciones públicas no siempre resultan suficientes.

En tiempo de crisis, de hecho, la cultura parece quedar relegada a un segundo plan, convirtiéndose una de las primeras áreas a sufrir recortes, tanto por parte de las administraciones públicas como a  título personal. “Mientras que en tiempo de inestabilidad política y económica en Cataluña se decide recortar el presupuesto en cultura, en 2008 —coincidiendo con la crisis inmobiliaria— Francia apostó por la estrategia contraria: eliminar el IVA para los productos culturales, ya que se consideraba que, en tiempos de inestabilidad, la población todavía necessitva mér la cultura para conectar y desvanecerse de los problemas”, reflexionaba Ainhoa Grandes, presidenta de la Fundación MACBA en la sesión Mecenazgo e impacto: más allá de la financiación del ciclo Momentos Estelares organizado por The New Barcelona Post y la Fundación Catalunya Cultura.

Es en este momento, cuando las ayudas públicas resultan mínimes o insuficientes, es cuando entra en juego otra forma de financiar y apostar por la cultura: la financiación privada. Los espectadores, lectores y consumidores de los productos culturales son, en definitiva, la razón de ser, pero también uno de los principales motores que facilitan que la cultura subsista. Aun así, consumir la cultura no es la única forma de financiarla: los mismos individuos también se pueden convertir en mecenas, es decir, en personas que, de forma altruista, deciden impulsar cierta actividad, ya sea a través de dinero, donaciones materiales o incluso invirtiendo su tiempo.

El mecenazgo es, de hecho, una forma de financiación que no es solo posible gracias a la iniciativa privada, sino también a la colaboración publica ya que, si bien son las personas en título individual o las empresas quienes aportan estos recursos económicos, las administraciones públicas devuelven una parte de estos gastos a través de deducciones del IRPF o en el impuesto sobre sociedades.

Esta forma de financiación de proyectos culturales, la del mecenazgo, es la responsable de la magnificencia de ciudades como Florencia, que no sería la misma sin familias acomodadas como los Mèdici, quién decidieron apostar por el arte y financiar el trabajo de artistas que acabarían convirtiéndose en genios, como Miquel Àngel o Da Vinci. Aun así, no hay que recurrir en esta ciudad italiana para encontrar ejemplos de como el mecenazgo ha configurado e impactado en la sociedad: la misma ciudad de Barcelona, así como otros lugares de Catalunya, tendrían una configuración muy diferente sin las aportaciones de pequeños y grandes mecenas.

El Liceu no sería hoy una realidad sin la implicación de familias acomodadas que financiaron su construcción. © Sergi Panizo

De hecho, edificios como el del Palau de la Música Catalana o del Gran Teatro del Liceu —dos de las grandes instituciones culturales de referencia— no podrían haberse erigido sin la apuesta de una sociedad civil comprometida, así como también personalidades o empresarios de renombre que ayudaron a financiar sus construcciones. “Una sociedad civil y unas personalidades que, especialmente en momentos en los que la sociedad catalana observaba que la cultura autóctona sufría un retroceso —como la Renaixença o los años posteriores a la Guerra Civil—, han aportado dinero para financiar importantes proyectos culturales”, relata Marta Grassot, responsable del proyecto Centro de Documentación del Orfeón Catalán.

Grassot también ha sido la comisaria de la muestra Mecenatge i cultura. Una història compartida, que repasa el auge del mecenazgo especialmente en la Cataluña de finales del siglo XIX y principios del XX, época en la que destacan nombres de personalidades que ejercieron de mecenas culturales, como Francesc Cambó —muy vinculado al Orfeó Català—, Eusebi Güell o Josep Bartomeu —que organizaba conciertos gratuitos en su casa, en el conocido como el Jardín de los Naranjos—, pero también la implicación de artistas como el mismo Pau Casals e incluso de mujeres como Isabel Llorach. Unas personalidades que se suman a la fuerza de la sociedad civil, gracias a la que se pudo construir el Palau de la Música Catalana. Una fuerza que se manifestaba a través de asociaciones y entidades como el Orfeó Català, que llegó a concentrar 9.500 socios en 1969, en plena época franquista.

La muestra Mecenatge i cultura. Una història compartida quiere servir para concienciar a la población de la importancia del mecenazgo hace un siglo, pero también hoy.

En la Catalunya del siglo XXI parece que, con la muerte de estas personalidades también haya ido muriendo una forma de invertir y preservar la cultura. “En un momento de inestabilidad geopolítica como el actual, en la sociedad parece que reina un desaliento generalizado en muchos aspectos: político, social, e incluso cultural y artístico. Esta inestabilidad, sumada, a un cambio generacional provoca que la figura de mecenas haya ido diluyéndose e incluso desapareciendo", lamenta Bernat Puigdollers, director de arte de la Fundación Vila Casas.

La entidad fue fundada en 1986 por el empresario farmacéutico Antoni Vila Casas, propietario de Prodesfarma —que a finales de los años 90 se acabó fusionando con los laboratorios Almirante—, con el objetivo de promocionar la investigación y, posteriormente también el arte contemporáneo catalán. Hoy en día, la entidad gestiona cinco espacios repartidos por el territorio desde los que mantienen vivo el espíritu y el legado de Antoni Vila Casas, para algunos considerado como el último gran mecenas catalán, contribuyendo a la difusión del arte contemporáneo catalán. Por este motivo, Puigdollers considera que individuos o entidades como la Fundación Vila Casas se han convertido casi en una “rara avis” dentro del panorama catalán, puesto que ven que cada vez son menos las entidades o individuos que ejercen este papel de mecenas y facilitadores de la cultura.

Actualmente, de hecho, la entidad se encuentra en un momento de redefinición interna para intentar establecer puentes o diálogos entre esta apuesta por el arte emergente y la tradición catalana, además de intentar fusionar de una forma más clara las áreas de salud y arte, las dos grandes patas de la fundación. Durante este proceso de redefinición y adaptación a los nuevos tiempos, la Fundación quiere aprovechar para poner en valor la figura de empresarios como Vila Casas y el impacto de estos mecenas en la sociedad catalana.

Una aportación altruista y discreta

A pesar de que la percepción generalizada es que, con el cambio de siglo, la apuesta por el mecenazgo cultural se ha diluido, la realidad es que mecenas que invierten en cultura continúan existiendo, aunque lo hagan de forma discreta. Mecenas como Sergi Ferrer-Salat, presidente de Grupo Ferrer e impulsor de las librerías Finestres así como de una fundación de música que subvenciona las carreras y conciertos de jóvenes artistas; Tatxo Benet, que ha recuperado y expuesto obras censuradas durante décadas; o Joan-Artur Roura y Comas, que, a lo largo de los años, ha reunido una colección de arte ecléctica, unas obras que han sido cedidas en varias exposiciones.

La Fundación Vila Casas gestiona actualmente cinco espacios con el objetivo de promover el arte contemporáneo catalán.

Asimismo, también hay empresas catalanas que apuestan por el mecenazgo como uno de sus objetivos principales. Empresas como Llet Nostra, cooperativa lechera que cada año organiza El Nostre Festival, la cita cultural dirigida a un público familiar y mujer sus beneficios a la Fundación Catalunya Cultura. Aun así, Llet Nostra no es un caso excepcional.

Además del sello IMPULSA, un listado extenso de las compañías comprometidas con la cultura se encuentra entre las ochenta empresas que forman parte del Consejo de Mecenazgo del Palau de la Música, donde destacan nombres como la Fundación Damm, Havas Media Group, Agbar, Fundación Puig, Agrolimen, o incluso The New Barcelona Post.

El Nostre Festival se ha consolidado como una cita anual que reúne diferentes actividades culturales dirigidas a familias: desde talleres hasta conciertos.

Entre los agentes que apuestan para financiar la cultura en Catalunya, destaca también la fuerza de asociaciones y fundaciones que apuestan por la cultura a todos los niveles y en todas las disciplinas. De hecho, según el Observatorio de Fundaciones publicado este mes de octubre por la Coordinadora Catalana de Fundaciones, en Cataluña existen más de 2.000 entidades activas, un 49% de las cuales se dedican a prestar servicios en el ámbito de la cultura.

Así, además de la Fundación Vila Casas, también existen otras entidades que apuestan por el sector cultural, como la Fundación Catalunya-La Pedrera, la Fundació Setba o la Fundació Carulla. Unas entidades que, a pesar de que a menudo se concentran en el área metropolitana, se esparcen por todo el territorio catalán, como por ejemplo la Fundación Iluro o el Festival Itinera.

Unas ochenta empresas, como la Fundación Damm o la Fundación Puig, forman parte del Consejo de Mecenazgo del Palau de la Música.

Así, pues, los mecenas y las compañías comprometidas con la cultura no han desaparecido con el cambio de siglo, pero es cierto la tarea de estas personalidades y empresas a menudo pasa desapercibida. Son los mismos mecenas y empresas que invierten en cultura, de hecho, quienes optan porque estas sean aportaciones discretas, en parte también por miedo que la población perciba estas donaciones como un intento de publicidad o lavado de cara.

Hacia un modelo de mecenazgo más colectivo

Aun así, especialmente en los últimos años, en Cataluny la sociedad civil ha desmontado la falsa idea que el mecenazgo solo es responsabilidad de las grandes fortunas y familias acomodadas. Así, en los últimos años destaca un nuevo modelo de financiación: los micromecenazgos de personas o negocios que, quizás en una escala muy reducida, contribuyen a la proliferación de los proyectos culturales. Desde la tienda de barrio que patrocina una colla de cultura popular hasta el amante de la cultura que decide abonarse a una sala de teatro.

Para canalizar e impulsar todos estos mecenas anónimos hace quince años que nació Verkami, una pionera plataforma de crowdfunding —o micromecenazgo— que permitía conectar artistas con pequeños mecenas. Fue la idea del biólogo Joan Sala y sus dos hijos Adrià Sala y Jonàs Sala, un historiador del arte y un doctor de física, que, pese a  sus profesiones, compartían la pasión por la cultura. Replicando un modelo que empezaba a tener éxito en los Estados Unidos, impulsaron la plataforma que permitía conectar creadores con mecenas anónimos que pudieran ayudar a financiar sus creaciones.

Jonàs Sala, Adrià Sala y Joan Sala; los cofundadores de Verkami.

Así, como muestra de agradecimiento con sus mecenas, los creadores ofrecen un sistema de recompensas de acuerdo con el producto en que trabajan: desde ver en primicia una película hasta un libro dedicado o una serie de cartas de edición limitada en el caso de un juego de mesa. La plataforma permite, pues, que cualquier persona pueda acontecer mecenas de proyectos culturales con aportaciones tan mínimas como 20 euros, a pesar de que la media acostumbra a situarse en torno a los 45 euros por proyecto. Desde el 2010, la plataforma ha hecho realidad 13.000 proyectos, recaudando 66,5 millones de euros, con una tasa de éxito del 80% respecto al total de proyectos que se inician a través de la plataforma.

Aun así, para Jonàs Sala la clave radica no solo en las cifras de éxito, sino también en la comunidad de pequeños mecenas que ha conseguido movilizar Verkami, con personas que han aportado dinero en hasta 200 proyectos que, de otro modo, no hubieran salido adelante. “El mecenazgo no es solo aportar dinero, es también un compromiso y un vínculo entre las dos partes implicadas”, un vínculo que se favorece a través de plataformas como Verkami, donde incluso se dan casos de personas que actúan como mecenas de un proyecto concreto también hablan con el creador para ayudarlo a reenfocar ciertas estrategias o mensajes.

Desde Verkami defienden que el mecenazgo es mucho más que aportar dinero: también genera un compromiso y un vínculo entre las dos partes.

De hecho, el Palau de la Música desde hace un par de años también trabaja en esta línea, intentando fomentar los micromecenazgos para que una mayor cantidad de personas puedan convertirse en benefactoras de la institución. Recordando, además, que la donación de dinero no es la única forma de convertirse en mecenas, ya que también se pueden hacer donaciones de material de archivo o histórico para la institución o dejar una parte del legado testamentario a la institución.

Para Jonàs Sala, la proliferación de estos micromecenazgos más colectivos, que salen adelante gracias a la colaboración de múltiples personas, han permitido democratizar tanto la figura de mecenas, que ha dejado de pertenecer a una clase social acomodada, pero también la creación cultural. “Hace unos años, para artistas y creadores era mucho más difícil encontrar los recursos económicos porque o bien sabían que firmaban por una potente discográfica o editorial o sus proyectos acabarían en un cajón. Ahora, los creadores cuentan con estas plataformas que eles permiten salir adelante sus ideas a pesar de no contar con el apoyo de jefe grande empresa”, defiende Sala.

La Fundació Catalunya Cultura promueve el sello IMPULSA para reconocer la labor de empresas comprometidas.

Esta nueva forma de micromecenazgo colectiva, pues, se suma al incansable trabajo de grandes empresarios y compañías catalanas que, todavía hoy en día, apuestan para la preservación de la cultura catalana. Con todo, gracias a este ecosistema integrado por múltiplos y variados agentes, el tejido cultural catalán puede encontrar en estas diferentes formas de mecenazgo un aliado y un impulso para preservarse, especialmente para cubrir proyectos donde no llegan las subvenciones o las ayudas públicas.

Un ecosistema, pero, que, según el director general de Llet Nostra, Gabriel de Mariscal, todavía podría favorecerse más si existiera una ley de mecenazgo catalana que no solo no penalizara fiscalmente las empresas que invierten en proyectos culturales, sociales o científicos, sino que incluso las apoyara y proyectara. Para Mariscal, es imprescindible que esta futura regulación, en la que ahora trabaja la Generalitat con el objetivo que pueda ver la luz durante esta misma legislatura, explique y multiplique el impacto positivo del mecenazgo tanto para las organizaciones privadas como para los individuos.

“Solo una sociedad culta y formada puede ser considerada una sociedad libre y justa, con individuos capaces de discernir aquello que los conviene y aquello que no”. Y solo una sociedad con cultura, y con proyectos impulsados y financiados tanto desde las administraciones públicas como desde las acciones de pequeños y grandes mecenas, puede llegar a considerarse una sociedad con alma.

Sobre el autor

Ainara Valadez
Ainara Valadez Medina

Redactora en The New Barcelona Post

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