Un nuevo radicalismo democrático frente a populismos y extremismos

06 de octubre de 2026 - 05:30

Nuestras democracias liberales sufren una compleja paradoja política. Las sociedades reclaman y necesitan cambios y reformas profundas para garantizar la prosperidad, la sostenibilidad, la seguridad y la equidad, pero las instituciones democráticas tienen cada vez más dificultades para poder ofrecerlas y ejecutarlas. Los cambios geopolíticos, económicos, tecnológicos, sociales y medioambientales sumados a la polarización política son un test de estrés de alta intensidad que convierte las instituciones democráticas en organizaciones y sistemas disfuncionales.

Las consecuencias son conocidas, el creciente malestar por la inaccesibilidad a una vivienda asequible, la precariedad y desigualdad creciente de las clases populares y la tensión económica de las clases medias. Por otro lado, una percepción de inseguridad y de incertidumbre ante el futuro por el impacto de las transformaciones tecnológicas, la crisis climática y la pérdida de expectativas de futuro optimistas.

En este escenario distópico, las democracias se disocian de la idea de progreso y de un futuro razonablemente optimista dejando el terreno abonado para los populismos que ofrecen respuestas aparentemente más sencillas y simplistas. Las instituciones democráticas pasan a ser percibidas como el establishment generando una grave crisis no tanto ideológica como de expectativas.

Algunos se empeñan en reivindicar el centro y el statu quo como antídoto ante el empuje de las formaciones populistas.

El resultado, el auge aparentemente imparable de las formaciones con propuestas extremas, especialmente de la extrema derecha, ante la contención o la moderación de una derecha y una izquierda que se perciben como conservadoras. Ante esta situación, algunos se empeñan en reivindicar el centro y el statu quo como antídoto ante el empuje de las formaciones populistas. Un error estratégico y táctico que puede herir gravemente nuestras democracias. Una cosa es administrar prudentemente los retos a los que nos enfrentamos, pero necesitamos respuestas y propuestas ambiciosas y osadas para transformar la realidad y reconstruir la idea de progreso siendo respetuosos con las instituciones, los derechos, el pluralismo y el Estado de derecho.

Hay que decirlo alto y claro, debemos impulsar un nuevo radicalismo democrático que no significa gritar más alto, buscar enemigos externos o internos o cuestionar las reglas democráticas. Ser radical es llegar a la raíz de los problemas con empatía, coraje y ambición transformadora y no solo con grandes proclamas y declaraciones. La crisis de la vivienda puede ser un buen ejemplo. No estamos ante un problema del mercado inmobiliario, sino ante una falla estructural de la llamada economía social de mercado. Asistimos a una fractura gravísima de la idea de progreso que erosiona la confianza en las instituciones mientras aplicamos medidas paliativas y soluciones en un horizonte de ocho a diez años.

Ser radical es llegar a la raíz de los problemas con empatía, coraje y ambición transformadora.

El gran reto colectivo es volver a hacer deseable el presente y el futuro, pero el "buenismo" declarativo ha quedado obsoleto. No podemos proteger las instituciones convirtiéndolas en organizaciones disfuncionales o piezas de museo. La idea de progreso no puede ser un concepto abstracto o un intangible; necesitamos ofrecer beneficios funcionales y emocionales. Un proyecto de prosperidad compartida en el que se perciban resultados a corto plazo.

La idea de progreso no puede ser un concepto abstracto o un intangible; necesitamos ofrecer beneficios funcionales y emocionales.

Necesitamos sacudirnos el gradualismo y apostar por un radicalismo democrático que aparentemente puede ser contradictorio pero que es posible. Ser radical en las reformas, e institucional en los procedimientos. Cambiar muchas cosas sin romper las reglas. Es precisamente aquí donde las instituciones pueden conservar la legitimidad, evolucionar, reformar las cosas y ofrecer resultados. La confianza democrática también depende en buena medida del ejercicio y una democracia que quizás tiene la capacidad de escucha, pero no resuelve o no encauza los problemas principales que preocupan a la sociedad, acaba por debilitarse inexorablemente.

También necesitamos revisar nuestra concepción del liderazgo. He escrito varias veces sobre la falacia del mito de los llamados líderes fuertes. Esto es, modelos de liderazgo basados en el mando y la orden, la jerarquía y la confrontación con el adversario. Es un liderazgo que quizás puede ser aparentemente eficiente y rápido en la toma de decisiones, pero debilita la colaboración, el conocimiento distribuido, las propias organizaciones y la capacidad de construir alianzas transversales. Los grandes desafíos contemporáneos requieren liderazgos sólidos más que líderes fuertes o incontestables. Personas capaces de tejer complicidades, movilizar emociones y tener la honestidad de reconocer que solos no podemos, que necesitamos horizontes y soluciones colectivas. Líderes que además de proclamar y activar determinados cambios, sean capaces de vincularnos para que consideremos que vale la pena reconstruir la idea de progreso conjuntamente.

Los grandes desafíos contemporáneos requieren liderazgos sólidos más que líderes fuertes o incontestables.

Reconstruir la idea de progreso es una de las grandes luchas democráticas del siglo XXI. Ante los que ofrecen refugiarse en un pasado idealizado que no volverá, o los que se conforman con administrar de forma conservadora un status quo que no soporta la presión de los nuevos bárbaros políticos, económicos o tecnológicos, necesitamos impulsar e imaginar un futuro diferente y radicalmente distinto de la distopía que nos ofrecen las fuerzas iliberales.

Ya hace muchos años que la filósofa y politóloga belga Chantal Mouffe teorizó y desarrolló sobre el radicalismo democrático. Mouffe explicó bien que la democracia no debe intentar eliminar el conflicto político, sino organizarlo democráticamente. Hoy el debate no reside en una confrontación dialéctica, intelectual o política entre moderación y radicalidad. El reto es desplegar una nueva radicalidad democrática que sea capaz de volver a transformar la sociedad y ofrecer un proyecto de prosperidad y convivencia compartida e inclusiva frente a aquellos que abogan por una radicalización que convierten al adversario en el enemigo y cuestionan las instituciones democráticas y la convivencia.

La democracia no debe intentar eliminar el conflicto político, sino organizarlo democráticamente.

Reconstruir la idea de progreso significa recuperar la convicción de que podemos transformar profundamente nuestras sociedades sin destruir aquello que permite convivir desde la diferencia. Debemos atrevernos a cambiar radicalmente algunas de las verdades con las que hemos convivido en las últimas décadas, pero hacerlo democráticamente con audacia y eficiencia.
 

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Sobre el autor

Pau Solanilla
Pau Solanilla Franco
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