La historia del teatro en Barcelona es tan fascinante como curiosa. Todo comienza en un espacio concreto, el Hospital de la Santa Creu que, en el siglo XVI, fue el único escenario en el que se daban las representaciones teatrales en la ciudad condal. Este antiguo hospital (que estaba situado en la calle Hospital, 56 del barrio del Raval y que, justamente por eso, la calle tiene ese nombre) programaba obras de teatro para recaudar dinero y poder pagar la atención médica de los enfermos del hospital.
Ahora, en pleno 2026, es La Perla 29 quién habita este antiguo espacio reconvertido en la Biblioteca de Catalunya. Un cierre de círculo perfecto y que, según se mire, puede ser, incluso, de justicia poética.
El Hospital de la Santa Creu, el único teatro en el siglo XVI
La historia del teatro en Barcelona está vinculada a la labor benéfica llevada a cabo por el Hospital de Santa Creu. Fue en el 1579 cuando el rey Felipe II le dio al Hospital el derecho exclusivo de organizar obras y cobrar entradas por ello. Así fue cómo se construyó la Casa de Comèdies, construida en la Rambla en el 1597 y que, años más tarde, se rebautizaría como el Teatre de la Santa Creu y, años más tarde, el Teatre Principal.
Anteriormente a la construcción de este primer teatro en la ciudad, las compañías solían actuar de manera ambulante en plazas o calles. Pero, gracias a la inauguración de este espacio profesional y dedicado en exclusiva a la representación teatral, los actores y actrices pudieron instalarse en su interior, cobrar entrada y, al fin, vivir de su oficio.
El monopolio teatral de Santa Creu se extendió durante casi tres siglos. Pero la actividad cultural y artística de la ciudad empezó a hacerse más notoria y esto obligó a la ciudad a abrir nuevos espacios para la exhibición teatral. La Llotja de Mar fue el segundo espacio habilitado para albergar este tipo de representación y fue a causa de la boda entre el archiduque Carlos III de Austria con Isabel Cristina de Brunswick-Wolfenbüttel en el 1708. El escenógrafo italiano Ferdinando Galli Bibbiena convirtió el patio interior del edificio en un teatro improvisado para representar Il più bel nome de Antonio Caldara, que fue la primera ópera italiana estrenada e la península.

La aristocracia y la burguesía del XVIII también querían disfrutar de las artes escénicas y conocer las nuevas corrientes procedentes de Europa. Pero en la Barcelona de aquella época, el circuito oficial estaba totalmente controlado por el Hospital y las obras que aquí se representaban estaban controladas, censuradas y limitadas. Por eso, ante esta situación de control y censura, las familias más adineradas hicieron algo muy inteligente: llevarse el teatro a su casa. Fue así como arrancó un circuito de teatro clandestino que tenía lugar en los salones y palacios burgueses y que, sin quererlo, creó una nueva corriente: el teatro de proximidad.
La 'guerra de teatros' y el nacimiento de la comedia costumbrista
En el 1833 el gobierno elimina el privilegio exclusivo del Hospital de la Santa Cruz de representar obras de teatro en Barcelona y, de la noche a la mañana, cualquier persona o empresario tenía la potestad de construir y abrir su propio teatro. Pero esta apertura era solo simbólica porque, por muchos permisos que se tuvieran, lo cierto es que en la Barcelona de aquella época no había espacio físico para construir un edificio de este calibre. Recordemos que, por aquel entonces, la ciudad estaba encerrada entre murallas y muchos de los terrenos estaban cedidos a órdenes religiosas.
Pero en el 1835 llegó la desamortización de Mendizábal, es decir, el Estado expropió las fincas, terrenos y edificios que pertenecían a dichas órdenes. Esto hizo que los antiguos e inmensos conventos que estaban en el centro, fueran derribados por completo y, por tanto, solares vacíos comenzaron a quedar en el corazón urbano. Los burgueses, al ver la oportunidad de negocio, comenzaron a comprar esos terrenos y a convertirlos en grandes espacios escénicos.

La combinación fue explosiva: legalmente se podían abrir nuevos teatros y, de repente, había terreno disponible en la mejor zona de a la ciudad. Así fue cómo nacieron grandes espacios teatrales que hoy en día siguen en pie como es el caso del Gran Teatre del Liceu (construido en el 1847 sobre el solar que había albergado el convento de los Trinitarios) o del Teatre Romea (construido en el 186 en el solar del convento de Sant Agustí). La Rambla pasó de ser un simple paseo al lado de la muralla para convertirse en la gran avenida teatral.
Pero ¿qué pasó con el teatro del Hospital de Santa Creu? Lejos de desaparecer, lo que hizo fue reinventarse. La antigua Casa de Comèdies cambió de nombre en el 1849 para llamarse Teatre Principal, un espacio que quería competir con el nuevo y deslumbrante Liceu. Y la población de Barcelona se dividió en dos sectores contrapuestos: los "liceítas", asistentes del Liceu y vinculados a la ópera italiana y la elegancia burguesa; y los "cruzados", el público del Principal, más vinculados con el teatro de texto y la tradición teatral española.
Esta rivalidad teatrera en la sociedad de la época fue plasmada por Serafí Pitarra (el apodo del dramaturgo catalán Frederic Soler) en su obra Liceístas y cruzados. Consistía en una obra que, aprovechaba este "conflicto" social para hablar de forma satírica sobre la burguesía catalana.

Pero su obra marcó un antes y un después en el teatro catalán, ya que inauguró el movimiento de els xalets, es decir, incluir en el escenario el catalán coloquial y llano, el que se hablaba en las calles de Barcelona. Gracias a este movimiento, en la escena barcelonesa surgió la comedia costumbrista, un tipo de teatro humorístico y de crítica social que tuvo en el Romea su principal escenario.
La cultura al aire libre
La ciudad de Barcelona fue derribando las murallas que la encerraban y comenzó a expandirse por el Eixample ideado por Ildefons Cerdà. Está obertura hizo que la cultura también diera un giro y aparecieran nuevos espacios de exhibición como, por ejemplo, los teatros de verano.
Estamos ya en la segunda mitad del siglo XIX. El Passeig de Gràcia comenzaba a construirse y, junto a él, nacieron diferentes jardines que unían Barcelona con el pueblo de Gràcia. En los jardines de los Camps Elisis, el Criadero o el Tívoli se instalaron zonas verdes, restaurantes, atracciones y, por supuesto, escenarios de teatro al aire libre que se pusieron de moda durante los meses de verano. Estos escenarios eran, al principio, carpas efímeras (envelats), pero, con el tiempo, acabaron construyéndose y bautizándose como "teatros de verano".
El Teatre Tívoli surge de esos teatros de verano. La antigua construcción que bebía de un "envelat", terminó convirtiéndose en el espacio que hoy en día podemos seguir disfrutar en Barcelona.

Las varietés del Paral·lel
Pero... ¿qué pasa con el Paral·lel? Esta avenida ha sido, durante años, considerada como la "avenida del teatro en Barcelona". Pero su origen es un poco más tardío porque esta gran arteria que delimitaba la ciudad fue, durante años, un descampado a pies de Montjuïc. Y, precisamente por eso, el suelo era más barato, las autoridades más permisivas y no se requerían licencias de construcción demasiado complejas. Así fue cómo empezó el estallido teatral en el Paral·lel.
Los cómicos ambulantes y los pequeños empresarios vieron la oportunidad de negocio. No tenían suficiente capital como para edificar teatros en la Rambla o Passeig de Gràcia, así que montaron estructuras de madera (barracones) en esta avenida de Barcelona. Este fue el caso de Teatre Circ Espanyol que comenzó como una gran carpa de circo de madera y acabó convirtiéndose en un teatro estable en el 1892 gracias a su gran éxito.
Los obreros del Poble-sec, el Raval y Sants salían de las fábricas tras largas jornadas de 12 horas. Necesitaban un espacio de ocio que fuera barato y cercano. El Paral·lel ofrecía entradas a precios populares, vino, cerveza y espectáculos que duraban hasta altas horas de la noche. La revolución del Paral·lel había comenzado.
Con el paso del tiempo, esta avenida se convirtió en un espacio en el que coexistía el proletariado anarquista de las fábricas del Poble-sec y Sants con la burguesía bohemia de la ciudad. Todos acudían para descubrir ese lado más "canalla" de la escena barcelonesa y deleitarse con la actuación de cupletistas icónicas como Raquel Meller o asistir a obras que hacían sátira política cargada de humor y crítica social.
Las vanguardias europeas del XX
A comienzos del siglo XX, las corrientes de vanguardia de Europa llegaron a Barcelona y ese impacto se vio reflejado en los teatros de la ciudad. La Sala Mercè (1904) fue impulsada por el pintor Lluís Graner en las Ramblas. Nació como un intento de crear un espacio donde convergieran la pintura, la música, la literatura y el recién nacido cine.
El proyecto contó con el diseño de Antoni Gaudí y la escenografía de artistas modernistas. El resultado fue una sala que parecía una gruta artificial que fue bautizada por la prensa de la época como "la cova". Las proyecciones y las actuaciones en vivo que allí se representaban buscaban ofrecer una experiencia sensorial inmersiva.

Adrià Gual y el Teatre Intim también buscaron espacios escénicos no convencionales, influenciados por el Noucentisme. A ellos debemos la histórica representación de Ifigenia en Táuride de Goethe en los jardines del Laberint d'Horta (1898), o la escenificación de Canigó de Verdaguer en la plaza de toros de Las Arenas (1910).
En el plano institucional, el movimiento noucentista motivó la creación de la primera gran red pública de teatros. La Mancomunitat de Catalunya y el Ayuntamiento llegaron a convocar un concurso internacional para erigir el Teatre de la Ciutat en la recién abierta Via Laietana. Quería ser un edificio público que acogiera el teatro nacional y las escuelas dramáticas. Pero el golpe de Estado de Primo de Rivera impidió su desarrollo.
El teatro clandestino durante la Guerra Civil y el franquismo
Tras la Guerra Civil y el inicio de la dictadura franquista, el teatro en Barcelona empezó a trabajar de manera clandestina. Su objetivo era claro: ser la trinchera de resistencia lingüística y seguir apostando por un teatro innovador, pese a la censura oficial.
La Agrupació Dramàtica de Barcelona fue creada por Lluís Orduna y respaldada por figuras como Frederic Roda. Funcionó del 1955 al 1963 como una estructura de teatro nacional en la clandestinidad, ya que organizó un circuito itinerante de teatro en lengua catalana que se representaba en espacios privados, sedes gremiales y palacios históricos (como el Palau Moja o el Palau Dalmases). Llegaron a estrenar a los grandes autores del existencialismo y el absurdo europeo (Ionesco, Beckett, Brecht) antes de ser clausurados por la autoridad en 1963 tras el montaje de La meva teta de Joan Oliver.

En 1960, Ricard Salvat y Maria Aurèlia Capmany fundaron la Escola d'Art Dramàtic Adrià Gual (EADAG), e instalaron su aula de ensayo y su escenario en la cúpula del cine Coliseum. La EADAG introdujo en España las teorías de Bertolt Brecht y el teatro dialéctico, formando a toda una generación de actores, directores y dramaturgos.
Paralelamente, en los años setenta, el Teatre Capsa de la calle Aragón, bajo la dirección del actor y empresario Pau Garsaball, se convirtió en la sala de referencia para el teatro independiente más arriesgado y contestatario de la época. Por su escenario pasaron las compañías de creación colectiva más innovadoras de la época, como Els Joglars, Comediants o el Teatre de l'Escorpí, así como dramaturgos de vanguardia nacionales e internacionales cuyas obras desafiaban los códigos morales y políticos del régimen.
Pero fue en el barrio del Poblenou, concretamente en el Casino L'Aliança del Poblenou, donde tuvo lugar la llamada Operación Off Barcelona en el 1967. El tejido asociativo del barrio y creadores independientes llevaron a cabo una programación alternativa con obras de vanguardia, teatro físico, creación colectiva y espectáculos llenos de música y fiesta. El resultado fue un éxito masivo e insperado: miles de jóvenes de clase trabajadora llenaron la sala día tras día.

Ese éxito demostró algo muy importante: el público joven y popular sí quería consumir cultura, pero no el teatro aburrido de siempre. Buscaban historias que hablasen de su realidad con lenguajes frescos, visuales y modernos.
De las cooperativas de barrio a la escena contemporánea
Durante la Transición, el teatro independiente unió fuerzas con el movimiento vecinal para tomar las calles, dignificar el oficio y recuperar el teatro popular. Así fue cómo nació el Teatre Lliure en el 1976. Un colectivo de actores, directores y escenógrafos liderado por Fabià Puigserver, Lluís Pasqual y Pere Planella se instaló en la sede de la antigua cooperativa obrera La Lleialtat de Gràcia para fundar este espacio.
El Lliure rompió con la separación entre escenario y patio de butacas gracias a un espacio modular de madera para defender su idea de teatro: un modelo de creación colectiva, rigor técnico y servicio público. El Lliure se convirtió en el gran referente de la escena europea.
Por su parte, el Mercat de les Flors se convirtió en espacio escénico en 1983 gracias al impulso de Peter Brook para representar La Mahabharata. Del mismo modo, en el verano de 1976, la Assemblea d'Actors i Directors de Catalunya (que era el colectivo de teatro independiente que se organizó al final del franquismo) decidió "ocupar" y recuperar el abandonado anfiteatro al aire libre de Montjuïc (construido para la Exposición Internacional de 1929). Y asú fue cómo el anfiteatro del Teatre Grec se convirtió en el corazón del festival de verano de la ciudad: el Festival Grec Barcelona.

En las últimas décadas, Barcelona ha seguido creciendo con nuevas instituciones teatrales, como la inauguración del Teatre Nacional de Catalunya (TNC) en 1997, diseñado por Ricardo Bofill e impulsado por la Generalitat para poder potenciar y visibilizar a los grandes artistas catalanes como Lluís Pasqual, Josep Maria Flotats, Fabià Puigserver, y compañías de prestigio. Flotats fue nombrado su primer director fundador. Él diseñó el concepto artístico y dirigió la obra inaugural en la Sala Gran en noviembre de 1997: Àngels a Amèrica de Tony Kushner.
Otro claro ejemplo es el de la Sala Beckett, que tras décadas de actividad en Gràcia, hace 10 años trasladó su sede a una antigua cooperativa rehabilitada en el Poblenou para convertirse como el gran obrador de la dramaturgia contemporánea. Pero son muchísimos los teatros actuales de Barcelona: desde los grandes edificios gestionados por Balañà o por Focus, hasta la red de teatros de proximidad unidos por On el Teatre Batega.
El círculo de la historia cultural de Barcelona se cierra de forma poética en el siglo XXI: la compañía La Perla 29, dirigida por Oriol Broggi, ha fijado su espacio en la nave gótica de la Biblioteca de Catalunya. Se trata del mismo recinto del antiguo Hospital de la Santa Creu, el lugar exacto donde nació el primer teatro en Barcelona en el siglo XVI.

La exposición 'Barcelona: ciutat i teatre" en el CC El Born
La exposición Barcelona: ciutat i teatre, comisariada por Antoni Ramon Graells e Ivan Alcázar Serrat, realiza este viaje por la historia del teatro en nuestra ciudad. A través de mapas y cartografías, la exposición muestra la evolución del negocio teatral que va desde la Rambla hasta el Passeig de Gràcia, pasando por la mítica avenida del Paral·lel o los antiguos pueblos del pla de Barcelona.
Esta exposición se engloba en el marco de la Capitalidad Mundial de la Arquitectura que acoge Barcelona durante 2026, y pone en valor el patrimonio urbano y arquitectónico de la escena teatral. Porque, como hemos visto, el teatro en Barcelona ha sido, y sigue siendo, el corazón artístico de ciudad.
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