LA CIUDAD ESCULPIDA

La fuente herida

Plaça del Pedró © Eurocatalana
Plaça del Pedró © Eurocatalana
14 de abril de 2026

Hay lugares de Barcelona que quedan fuera del mapa emocional de la ciudad, a pesar de contener su origen simbólico más profundo y auténtico. Tesoros, patrimonio, las joyas de la abuela. La plaza del Pedró, en el Raval, es uno de ellos, pero sobre todo porque en su mismo centro se alza la fuente de Santa Eulalia. Para quien no lo sepa, es probablemente el monumento más antiguo de Barcelona. Con todas las reformas, sí, pero también con toda la fuerza que eso representa: venimos de aquí, somos así, esto.

La historia de esta fuente empieza antes de ser una fuente. En 1673, el Consell de Cent decidió levantar en este lugar un monumento dedicado a Santa Eulalia, única (entonces) patrona de la ciudad, de hecho poco antes de la famosa plaga que entronizaría a la Merced impostora. Precisamente se erigió en el lugar donde la tradición sitúa el martirio de la santa. Según la leyenda, en este punto (que era un cruce de antiguos caminos) el cuerpo de la joven mártir fue expuesto tras su ejecución durante la persecución romana. El resto ya se conoce: que milagrosamente cayó nieve, que cubrió su cuerpo expuesto, etcétera. El monumento tiene forma de obelisco: al menos la ciudad puede decir que no solo sabe tener obeliscos sin nombre, como el vergonzante “lápiz” anónimo, huérfano, mudo y sordo de la plaza Cinco de Oros. Este es un obelisco con sentido, con mensaje. Ya se sabe que desde los egipcios un obelisco es una marca, un recuerdo, una cicatriz, una señal de trascendencia y solemnidad. No se ha visto que sea otra cosa.

Aquel primer monumento era de madera, pero pronto fue sustituido por una estructura de piedra y una escultura de mármol obra de maestros como Lázaro Tremullas y Luis Bonifás. Con el tiempo, el recuerdo se domesticó: en 1826, por iniciativa del gobernador militar, el conjunto se transformó en fuente pública. La ciudad crecía, y el agua debía circular. Durante el siglo XIX y buena parte del XX, los vecinos hacían cola con cubos y jarras, convirtiendo aquel espacio de martirio en un lugar de vida cotidiana.

La fuente de Santa Eulàlia es probablemente el monumento más antiguo de Barcelona. © Enfo / Wikimedia

Pero ya se sabe: Barcelona es una ciudad que también tiende a la destrucción. Normalmente por gente de fuera, aunque no siempre. El caso es que en 1936, con el estallido de la Guerra Civil, la fuente fue arrasada (como no podía ser de otra manera) y no quedó ni obelisco ni nada. De aquella imagen barroca solo se conserva un fragmento, guardado en el Museo de Historia. Lo que vemos hoy es una reconstrucción de 1952, obra de Frederic Marès, que intentó restituir no solo la forma sino también el espíritu del original.

Por tanto, el monumento más antiguo de la ciudad es a la vez un objeto reconstruido, una pieza que ha sobrevivido a base de desaparecer y volver, una especie de ave Fénix local. Eso sí, bien escondida de los recorridos turísticos. Quizá por eso resiste mejor que ninguna otra el paso del tiempo: porque es un monumento a la persistencia, al “todavía estamos aquí”. La figura de Santa Eulalia, al fin y al cabo, no es solo un icono religioso. Es también una metáfora de la ciudad expuesta, castigada, asediada, y sin embargo obstinadamente erguida como un pendón. Y no en un lugar cualquiera, sino en un punto fundacional, casi geológico.

En definitiva, es una fuente demasiado antigua para ser moderna, y demasiado modesta para ser icónica. Pero es aquí, en el Raval (ese barrio con nombre de coche), donde Barcelona se muestra sin maquillaje y sin artificios: con sus capas de tiempo, con sus heridas, con su determinación de no olvidar. Nos recuerda que la ciudad no nace del urbanismo superficial ni del diseño artificial, sino del conflicto, de la fe, de la violencia y de la resistencia. Y que, a pesar de todos los intentos de convertirla en decorado, Barcelona sigue siendo, en el fondo, una ciudad de memoria rotunda, de patrona sufrida y de piedra picada.

Detalle de la fuente de Santa Eulalia. © Enfo / Wikimedia

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Jordi Cabré
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