LA CIUTAT ESCULPIDA

El obelisco a la nada

Plaça de Cinc d'Oros © Marc Lozano
Plaça de Cinc d'Oros © Marc Lozano
07 de enero de 2026

En el cruce más noble del Eixample, en el centro geométrico (según dicen) de la ciudad, se alza un obelisco no dedicado a nada ni a nadie. No conmemora ninguna victoria, ninguna derrota, ningún personaje, ningún gesto fundacional. Más que un monumento, es una presencia inquietante estilo monolito de “2001: Una odisea del espacio” entre monos. Mientras todos los obeliscos del mundo celebran faraones (Luxor, Karnak), o emperadores (Augusto, en Roma), o héroes nacionales (el cinematográfico obelisco de Washington, dedicado al mismísimo George), el obelisco barcelonés se levanta sin nombre y sin causa. Sin razón. Desconectado de la historia, amputado de sentido y de cualquier relato, absurdo, en coma inducido, limitado a existir.

Vayamos por partes. Esta plaza frente al Palau Robert no estaba prevista en el Pla Cerdà: solo era el espacio de intersección entre la avenida Diagonal y el paseo de Gràcia. Ya entonces se llamaba Cinc d’Oros, por sus cuatro rotondas (una en cada esquina y otra más grande en el centro). En 1906 colocaron seis farolas, repartidas alrededor de la rotonda central. El aumento del tráfico obligó a retirarlas en 1957 (y hoy son las que aparecen a lo largo de toda la avenida Gaudí).

En 1915 surgió la idea de erigir allí un monumento dedicado a Francesc Pi i Margall, presidente de la Primera República Española (que es como levantar un monumento a la ingenuidad), pero el proyecto se abortó por una disputa entre republicanos y catalanistas. Se retomó en 1917 y se encargó la obra a Miquel Blay, que proyectó un conjunto escultórico con el busto del presidente. La llegada de la dictadura de Primo de Rivera volvió a suspender el proyecto.

Desde sus inicios, la plaza se conocía como Cinc d’Oros, por sus cuatro rotondas (una en cada esquina y otra más grande en el centro).

Con la llegada de la Segunda República, la plaza recibió el nombre de Pi i Margall, que, de hecho, era su primer nombre oficial. Aun así, se descartó la obra de Blay, ya algo pasada de moda, y el concurso convocado en 1932 lo ganó Josep Viladomat, con una imagen de la República en forma de desnudo femenino en bronce, con un gorro frigio y el brazo levantado sosteniendo un ramo de laurel. Se integraba, entonces, en un conjunto con el famoso obelisco (conocido como El llapis), de granito y 20 metros de altura, además de un medallón de Joan Peu dedicado a Pi i Margall.

El monumento fue inaugurado por el presidente Lluís Companys en 1936. Tras la Guerra Civil, las autoridades franquistas retiraron la estatua y el medallón y colocaron una alegoría de la Victoria de Frederic Marès, junto a un escudo con el águila franquista (popularmente conocido como el Lloro). La plaza pasó a llamarse “Plaza de la Victoria” (igual que la Diagonal se convirtió en la "Avenida del Generalísimo"). Cabe decir, sin embargo, que la estatua de Marès había sido concebida originalmente como la figura de la República, porque compitió con la de Viladomat en el concurso de 1932. Marès tuvo que modificar su obra, como cubrir el torso anteriormente desnudo, para adecuarla a su nuevo propósito. También cambiaron la inscripción “Barcelona a Pi i Margall” por: “A los heroicos soldados de España que la liberaron de la tiranía rojo-separatista. La ciudad agradecida”.

En 1979 se retiró el escudo franquista, en 1981 la plaza fue rebautizada como Plaza de Juan Carlos y desde 2016 se llama Plaça del Cinc d’Oros. En cuanto a la estatua de la Victoria, se retiró en 2011, dejando el actual obelisco sin estatua, sin inscripción, sin nombre, sin motivo ni causa. Vacío de contenido, más vacío que el agujero excavado en la poca hierba de los Jardinets de Gràcia en homenaje a Espriu (obra de Frederic Amat), como si fuera precisamente la sombra del obelisco.

Los Jardinets de Gràcia y, al fondo, el monolito del Cinc d'Oros. © Marc Lozano

Esta ausencia de nombre, de razón de ser, lo convierte en un monumento vergonzosamente único. Arquitectónicamente, un obelisco es siempre elegante: de una simplicidad deliberada, una aguja esbelta, en este caso de estilo noucentista tardío, con una austeridad buscada y una geometría perfecta. Es un obelisco urbano, sin jeroglíficos, sin culto solar, sin leyenda fundacional. Un monumento que renuncia a ser monumental, me temo que debido a los grandes traumas sufridos por la ciudad. De tantas heridas, hemos preferido no tomar partido. Sería tan fácil, no sé, dedicarlo a la libertad. Pero no: este es lamentablemente un término demasiado delicado en nuestra casa.

El precio es alto: en el ombligo de Barcelona erigimos hoy un monumento de memoria amputada, para una ciudad vencida o, en todo caso, perpleja, que nunca acaba de saber qué quiere recordar porque, seguramente, prefiere olvidar. Qué profunda tristeza.

Escultura L'Empordà en los Jardinets de Gràcia, con la fuente y el obelisco al fondo. © Júlia Arnau

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Jordi Cabré
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