Jair Bolsonaro en Sao Paulo, Brasil 2018. Foto de Nelson NELSON ALMEIDA/AFP/Getty Images

Vientos racheados en el Cono Sur

El panorama político del Cono Sur es hoy muy distinto al de años atrás. En menos de una década el cambio político es radical y también los efectos económicos. Urge cerrar pronto el Tratado de Asociación entre Mercosur y la UE. Es hora de que Europa diga lo mucho que le importa América Latina.
E

l pampero es un fenómeno meteorológico típicamente rioplatense. Gracias a él los vientos del Pacífico meridional, atraídos por el anticiclón del sur de Brasil, se extienden por Argentina y Uruguay. Se manifiesta con tormentas cortas e intensas y bruscos descensos de temperatura, tanto en invierno como en verano. El triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil y los problemas económicos argentinos han convertido el Cono Sur en un centro de tormentas atravesado por intensos vientos racheados que podrían devenir en Pamperos políticos o económicos.

La victoria de un candidato brasileño de extrema derecha ha mostrado la cantidad de problemas que tiene la región, aunque muchos no son de su exclusividad, y también debería permitir la reflexión sobre sus grandes desafíos. Las elecciones en Brasil, como las restantes del intenso ciclo electoral 2017-2019, tienen lugar en un contexto de fuerte deterioro de la democracia y sus instituciones, pérdida de confianza en los partidos políticos tradicionales y sus dirigentes, aparición de graves conflictos, como la inseguridad ciudadana y la corrupción, y, finalmente, el protagonismo político de las iglesias evangélicas.

De ahí la pregunta sobre la profundidad del «tsunami» Bolsonaro y los cambios políticos y económicos que podrían ocurrir en el Cono Sur en el futuro inmediato. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el continente latinoamericano creció un 1,3% en 2018 y lo hará un 1,8 % en 2019, gracias a la recuperación de la demanda interna y al leve incremento de la inversión. Tan modesto desempeño responde a los malos resultados de Argentina y Brasil, que con Venezuela y Nicaragua ocupan los puestos de cola del pelotón regional.

ECONOMÍA Y POLÍTICA

La economía argentina, amenazada por una fuerte recesión, decreció un 2,8% en 2018 y bajará un 1,8% en 2019. El gigante brasileño también preocupa ya que su PIB solo aumentará un 1,4% (un 2,4% en 2019). Si bien se esperaba una recuperación mayor, la incertidumbre política evitó que esta se concretara, y mantuvo elevados tanto el índice de desempleo como el déficit fiscal. Entre los países suramericanos que más crecen está Paraguay (4,6% en 2018 y 4,7% en 2019) y en menor medida, Chile (3,9% y 3,5%) y Uruguay (1,9% y 1,5%).

El punto de inflexión ocurrió en diciembre del 2015 con la victoria de Mauricio Macri sobre el candidato kirchnerista Daniel Scioli. Desde entonces se desencadenaron otros procesos, como el impeachment del 31 de agosto de 2016 que desalojó a Dilma Rousseff del poder

El panorama político del Cono Sur es hoy muy distinto al de años atrás. En menos de una década se ve un cambio radical en la orientación de sus países. A principios del 2010 todos tenían gobiernos populistas —Argentina y Paraguay— o de izquierda o centro izquierda —Uruguay, Brasil y Chile—. El giro es de 180 grados y solo Uruguay está gobernado por una coalición izquierdista, el Frente Amplio, aunque a finales de octubre del 2019 se celebrará la primera vuelta de unas cruciales elecciones presidenciales.

Si bien se puede decir que las cosas comenzaron a cambiar a finales del 2009, cuando Sebastián Piñera conquistó por primera vez la presidencia chilena, o en junio del 2012, cuando el Parlamento paraguayo destituyó mediante un juicio político a Fernando Lugo que gobernaba desde agosto del 2008, el punto de inflexión ocurrió en diciembre del 2015 con la victoria de Mauricio Macri sobre el candidato kirchnerista Daniel Scioli. Desde entonces se desencadenaron otros procesos, como el impeachment del 31 de agosto de 2016 que desalojó a Dilma Rousseff del poder, la victoria que marcó el regreso de Sebastián Piñera al Palacio de la Moneda (en Chile no es posible la reelección consecutiva) en diciembre del 2017 y el triunfo electoral de Mario Abdo, candidato del Partido Colorado de Paraguay, en abril del 2018.

FIN DE LOS GOBIERNOS LARGOS

Así concluyeron una serie de gobiernos largos, bien de partidos, bien de personas o matrimoniales. Los de partido fueron el de Chile, donde la Concertación, la alianza de los partidos socialistas y la Democracia Cristiana, gobernó de 1990 a 2010 y del 2014 a 2018; el de Brasil, con los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) de Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2011) y Rousseff (2011-2016), y el de Uruguay, con el Frente Amplio, presente desde 2005 con Tabaré Vázquez (2005–2010 y 2015–2019) y José Mujica (2010-2015). Y, finalmente, el matrimonio Kirchner, cuya idea primitiva de alternarse indefinidamente en el poder se truncó por la muerte de Néstor Kirchner en 2010. Sin embargo, este gobernó entre 2003 y 2007 y luego vinieron los dos mandatos de Cristina Fernández (del 2007 a 2015).

El perfil de Bolsonaro y la profunda transformación de la política brasileña permitieron el triunfo de un candidato de extrema derecha en unas elecciones democráticas, lo que no pasaba en el Cono Sur desde el inicio de la transición. Esto lleva a preguntarnos por un posible efecto contagio en los países vecinos. El discurso controversial y polarizador, la defensa de una agenda valórica y una política de mano dura en la lucha contra la delincuencia y la proximidad ideológica de Bolsonaro con Donald Trump y Steve Bannon han comenzado a preocupar en el vecindario.

Las razones de estos vuelcos políticos, especialmente en Argentina y Brasil, surgen de un cierto cansancio social con un estilo de gobierno asociado a la corrupción. Junto a ella se castiga una deficiente gestión económica, cuyas consecuencias aumentaron una vez finalizado el irrepetible período de bonanza del superciclo de las commodities, el mayor ciclo expansivo de la reciente historia latinoamericana. Brasil estuvo en recesión en 2015 y 2016 —(los dos años hubo un crecimiento negativo anual de -3,5%— y Argentina desde finales del 2013 hasta 2015.

EL EFECTO MACRI

Macri llegó al poder tras una ajustada victoria en la segunda vuelta y asumió el gobierno en medio de una difícil coyuntura económica. A eso se unía la herencia kirchnerista —una pesada losa que amenazaba la gobernabilidad—, caracterizada por una inflación galopante con cifras falseadas sistemáticamente desde los años de Néstor Kirchner, el cepo cambiario —trabas a la compra de divisas por particulares y empresas y a la repatriación de ganancias por inversores extranjeros—, un déficit público del 7% del PIB a finales del 2015, sectores fuertemente subsidiados y tarifas de los servicios públicos muy rezagadas en relación con la inflación.

A la vista del importante apoyo que tenía el kirchnerismo, Macri optó por una política gradualista, y mantuvo buena parte de los programas sociales en vez de revelar todas las dificultades e implementar un ajusto duro. Simultáneamente, confiaba en el retorno de la inversión extranjera, que permitiría relanzar el crecimiento económico. Sus propuestas tuvieron algunos éxitos iniciales, lo que se tradujo en las victorias de candidatos oficialistas en las elecciones de medio término, de octubre del 2017. Incluso comenzó a especularse con su reelección en 2019.

Sin embargo, en abril del 2018 estalló una nueva crisis, manifestada inicialmente como crisis cambiaria, que lo puso todo patas arriba. Entonces reemergieron los fantasmas del corralito del 2001 bajo la forma de una fuerte devaluación y subida de tasas, junto a una inflación desbocada. El acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), cifrado en

56.300 millones de dólares, evitó un nuevo viaje a los infiernos aunque muchos argentinos, influenciados por el kirchnerismo, se vieron reflejados en un relato centrado en la explotación imperialista, la miseria y el desempleo.

Tras la victoria de Macri muchos analistas creían que si finalizaba su mandato sería algo histórico, al ser la primera vez desde 1946 que pasara algo semejante con un presidente no peronista democráticamente elegido. Resonaban los nombres de Alfonsín y de De la Rúa y los más lejanos de Frondizi e Illia. Hoy se ha subido el listón y el futuro del macrismo se juega en sus opciones de reelección el próximo octubre. Si bien todavía queda una eternidad y todo puede cambiar, la posibilidad de que Macri vuelva a ser presidente depende de diversas variables, como la marcha de la economía, la renovación peronista y los candidatos que estos presenten.

Si el Gobierno estabiliza la economía y el tipo de cambio del peso con el dólar e incluso si impulsa una tibia recuperación económica a comienzos del 2019 aumentarían sus opciones. Estas también serían altas si Macri compite con Cristina Fernández, ya que a día de hoy su rechazo es mayor que el del presidente. Por eso, un peronismo renovado y reorganizado en torno a un candidato creíble y potente sería peor que el regreso de la presidenta anterior.

Las razones de estos vuelcos políticos, especialmente en Argentina y Brasil, surgen de un cierto cansancio social con un estilo de gobierno asociado a la corrupción. Junto a ella se castiga una deficiente gestión económica

LA INCÓGNITA BOLSONARO

El nuevo gobierno brasileño se estrenó el 1 de enero. Hasta ahora hay más incógnitas que certezas sobre sus principales líneas de acción, especialmente sobre cuánto podrá cumplir de todo lo prometido. Hay muchos compromisos con sectores muy variados, a veces contradictorios y los intereses de los diferentes grupos que lo apoyaron, especialmente los más poderosos, no suelen coincidir. Un punto importante serán las privatizaciones.

El superministro económico Paulo Guedes, graduado en la Universidad de Chicago, es partidario de abrir la economía y reducir el tamaño del Estado. Sin embargo, los militares que respaldaron a Bolsonaro son desarrollistas y prefieren mantener un control estratégico de las empresas públicas. Otro tema conflictivo es el traslado de la embajada de Brasil a Jerusalén, una promesa clave en la campaña, ya que los ganaderos y los exportadores de carne temen que un gesto de esa naturaleza comprometa la venta de productos cárnicos a los países árabes.

MERCOSUR EN EL FUTURO

Mercosur es otra cuestión con fuertes repercusiones regionales, especialmente si consideramos las estrechas conexiones entre las economías brasileña y argentina. Cuando Guedes dijo que Mercosur no era prioritario para Brasil, ya que el sesgo bolivariano que adquirió el bloque regional convirtió a su país en “prisionero de alianzas ideológicas”, algo malo para la economía, provocó gran alarma. Pero, más allá de la brutalidad de unas opiniones luego matizadas, Mercosur necesita una profunda transformación si quiere seguir avanzando. Al margen de los convenios firmados dentro de América Latina, solo tiene tratados de libre comercio (TLC) con Israel, Egipto y la Autoridad Palestina, buena muestra de su parálisis.

Uruguay ya había solicitado flexibilizar las negociaciones del bloque, incluyendo que cada país pudiera hacerlo de forma individual. La llegada de Bolsonaro y el aperturismo de Guedes haría posible dar pasos en esa dirección. Cristina Fernández y Dilma Rousseff fueron bastante hostiles con la Alianza del Pacífico, una situación que había comenzado a cambiar con Macri y es posible que Bolsonaro la profundice dados los estrechos lazos que quiere tener con el chileno Sebastián Piñera.

Desde la perspectiva regional, otro motivo de inquietud es el intento de un hijo de Bolsonaro de aglutinar a las opciones más derechistas de América Latina, en línea con lo que Bannon está intentando hacer en la Unión Europea (UE): reunir a todo el populismo nacionalista y xenófobo. La elección del diplomático Ernesto Araújo como ministro de Exteriores también alarma dadas sus críticas al globalismo, el teórico mecanismo utilizado por el marxismo para transformar la globalización y herir de muerte a la civilización occidental.

EVOLUCIONES DEL CONO SUR

Con las dos grandes potencias del Cono Sur sumidas en sus propios problemas, los países menores (Chile, Uruguay y Paraguay) esperan expectantes la evolución futura. Por tratarse de economías abiertas, especialmente la chilena, su crecimiento depende de los mercados internacionales. China es un actor económico relevante y destino de muchas de las exportaciones regionales, como el cobre chileno o las carnes uruguayas, por no hablar de los intensos intercambios de Brasil y Argentina. Paraguay es la excepción regional ya que no reconoce como interlocutor a la República Popular China.

Estados Unidos y la UE siguen siendo socios comerciales de primera magnitud para todos estos países, de ahí la importancia de cerrar pronto el Tratado de Asociación entre Mercosur y la UE. Pese a los grandes avances en la negociación en los últimos meses, todavía hay serios obstáculos que impiden un final feliz. Las trabas vienen de ambas partes, ya que el proteccionismo no es exclusivo de ninguna. Sin embargo, la UE podría hacer algunas concesiones suplementarias para lograr un acuerdo que le proporcionaría enormes ventajas y oportunidades. Es hora de que Europa diga lo mucho que le importa América Latina.