Que la vida persevere: la resistencia micropolítica de Suely Rolnik

La meta de Rolnik es clara: pensar críticamente para defender a la vida de los abusos, hacer que el «deseo» encuentre la forma de cumplir con su deber, lograr que persevere. Así lo expuso el pasado 6 de abril, día en que inauguró las sesiones abiertas del Programa de Estudios Independientes del MACBA de este año. Su conferencia se tituló: «Esferas de la insurrección. Notas para una vida que resista el abuso», y así se titula también, con una ligera adaptación en el subtítulo, su último libro en la traducción al español (Esferas de la insurrección. Apuntes para descolonizar el inconsciente, Editorial Traficantes de Sueños, 2019).

E

n una de las proposiciones más citadas de su Ética, publicada en 1677, Baruch Spinoza escribe que «Cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser». En la medida en que el esfuerzo por la conservación hace que las cosas sigan siendo lo que son, dicho esfuerzo es esencial en las cosas mismas. Cuando este esfuerzo se refiere al alma y al cuerpo a la vez, Spinoza lo llama deseo. Siguiendo este razonamiento, el filósofo holandés deduce que juzgamos «bueno» aquello que deseamos, y no al revés. Así, podríamos decir que la vida es buena porque la deseamos. Para Suely Rolnik, psicoanalista, ensayista y curadora brasileña, estas ideas han tenido una importancia muy considerable a la hora de plantear su proyecto de resistencia micropolítica. También la tuvieron para Gilles Deleuze y Félix Guattari, con quienes mantuvo una fecunda relación intelectual a partir de su exilio en París entre 1970 y 1979.

«De lo que siempre se trata es de liberar la vida allá donde esté cautiva, o de intentarlo en un combate incierto»

En ¿Qué es la filosofía? (1991), Deleuze y Guattari describían así la tarea de pensar: «De lo que siempre se trata es de liberar la vida allá donde esté cautiva, o de intentarlo en un combate incierto». Rolnik se sirvió de esta cita como punto de partida de su conferencia, pues encaja a la perfección con el desarrollo teórico y práctico de su activismo. Para localizar el lugar donde la vida es «sofocada» hay que preguntarse cómo se relaciona el sujeto con el mundo. Rolnik observa en el sujeto dos formas de experiencia simultáneas aunque contrapuestas: la «experiencia perceptiva» y la «experiencia extra-personal». La primera es «estructural» porque se guía con un «reparto» cultural para valorar la situación presente; la segunda aprehende los afectos –entendidos como «fuerzas» que afectan a nuestro cuerpo sembrando en él semillas de estados emocionales–, y fuerza al sujeto a apreciar el presente como una singularidad que requiere una respuesta nueva. Estas dos «lógicas» opuestas crean una tensión de la que nace la vivencia más o menos intensa de la «desestabilización del repertorio». Y a esta incomodidad puede responderse activa o reactivamente.

Rolnik define la actividad del pensamiento «desde un punto de vista ético-estético». Ético, porque supone la voluntad de cumplir nuestro deseo esencial (conservarnos), y por lo tanto la búsqueda de lo bueno. Estético, porque hallar una respuesta para la incomodidad del presente significa crear.  

Como ejemplo de micropolítica activa, Rolnik trajo a colación el caso del pueblo guaraní, donde considera que hay una conciencia generalizada del tiempo que separa el afecto de su afloramiento en el sujeto. Este lapso, de espera paciente, permite localizar con precisión la causa del sofoco de la vida. «Cuidar» el proceso que sigue el afecto –«sostenerse en el estado de desestabilización»– es necesario para poder decir la causa del malestar y para imaginar nuevas posibilidades de actuación sobre el presente y lo «transvaloren», estableciendo así un equilibrio nuevo, distinto del que ha sido originalmente problematizado. Esto mismo define, según Rolnik, la actividad del pensamiento «desde un punto de vista ético-estético». Ético, porque supone la voluntad de cumplir nuestro deseo esencial (conservar nuestro ser), y por lo tanto la búsqueda de lo bueno. Estético, porque hallar una respuesta para la incomodidad del presente significa crear.

 

Rolnik ve en el inconsciente el lugar en que se produce el deseo, de modo que ignorarlo equivale a «no lograr estar a la altura de lo que la vida exige» (el esfuerzo para conservarla). El inconsciente es la «fábrica de mundos» que pueden ofrecer respuestas activas para la realidad que afecta al sujeto. Ocurre que según Rolnik el capitalismo avanzado halla en la expoliación del deseo su forma genuina de acumulación de capital. El «régimen colonial-capitalista» acaba de disociar al sujeto moderno del «saber-del-cuerpo», de su capacidad de atender la experiencia extra-personal. Eso no significa que desaparezca el contacto de los afectos, ni tampoco la incomodidad que provoca su tensión con la experiencia perceptiva. De hecho, esta es mayor, por cuanto el sujeto no puede reconocer su causa. Por eso la respuesta ante el malestar solo puede ser reactiva: el sujeto pretende mantener aquel reparto cultural que ha entrado en crisis y que lo representa y constituye como tal. El potencial creador queda anulado; sólo queda la cáscara: la «creatividad», capaz de dar lugar a «escenarios novedosos para nuevas situaciones de consumo».

La vida, repitió varias veces Rolnik, hay que defenderla toda la vida.

El arte es aquella «actividad humana destinada a la creación de un cuerpo a partir de la escucha de los afectos». Así lo definió Rolnik. Efectivamente, el arte puede formalizar las emociones que han germinado en la experiencia; el arte podría ser tal vez el gesto crítico más directo contra la subjetividad moderna, reducida al sujeto en sí mismo. Sin embargo, la conferencia no se limitó al diagnóstico de los males micropolíticos de nuestra sociedad. Suely Rolnik propuso diez «apuntes para descolonizar el inconsciente». El último, como epílogo de esta invitación a reconsiderar el esfuerzo más esencial, decía así: «Ejercer el pensamiento en su plena función: indisociablemente ética, estética, política, crítica y clínica. Es decir, re-imaginar el mundo en cada gesto, en cada palabra, en cada modo de existir y en cada relación con el otro (humano y no humano)». La vida, repitió varias veces Rolnik, hay que defenderla toda la vida.