Las letras vivas contra la “monotonía de lluvia tras los cristales”, que dijo Machado

Los seres humanos somos lo que hacemos. También somos lo que decimos, lo que pensamos y lo que sentimos. Porque decir, pensar y sentir son acciones, acciones verbales. Las palabras, las decimos y a la vez nos representan. Las vivimos y nos infunden a ser lo que somos. Lo que somos, lo somos en la palabra. Por otra parte, todo lo que es verbal puede ser transcrito. La escritura, en definitiva, es una herramienta —una tecnología, como decimos ahora— que permite fijar, hacer perdurable la incesante aguaje del verbo.
E

mpecé a ir al colegio en otoño de 1963 o en invierno del 64, a los cinco años. Cuando llegué, las monjas —había que llamarlas hermanas— habían dibujado una mesa y una silla en la pizarra y, debajo, unas figuras. Las señalaban y nos hacían decir M-E-S-A y S-I-LL-A. Luego, nos hacían dibujar más figuras. Luego, silabear. Yo no encontraba ningún sentido a todo lo que me parecía inútil y aburrido. El tercer día me harté, y me negué en redondo a volver a una escuela que no me gustaba y no aprovechaba para nada. Pero mi madre se lo tomó muy mal y me llevó ella misma, arrastrándome por el camino, sin el menor ápice de piedad. Sin remedio, seguí dedicándome a ejercicios aparentemente absurdos unos cuantos días más, en medio de ese aburrimiento mortal, “monotonía de lluvia tras los cristales”, que un poema de Machado acertó muy bien a reflejar.

Era un niño enfermizo y, al poco, tuve que pasar unos días de calentura en la cama, rodeado de los mudos tebeos de mis héroes preferidos, el Capitán Trueno y el Jabato. Por supuesto, sabía que mis queridas viñetas incluían una especie de globos llenos de signos que, según me habían contado, representaban lo que los personajes iban diciendo. Pero como no sabía leer, no les hacía caso. Me conformaba en distraerme con la lujuriante riqueza de los dibujos, e interpretaba como podía los momentos de la acción. De pronto, tuve una revelación, y la palabra es justa. Descubrí que algunos de aquellos signos secretos se parecían mucho a los que trazaba en el tedio escolar. Y se hizo la luz. Miré la portada, donde tenía que decir El Capitán Trueno, y enseguida reconocí las vocales. Por tanto, los otros signos debían ser la l, la c, la p, la t, y la r. Que la t y la n aparecieran dos veces en los lugares adecuados fue una prueba suplementaria de la bondad del método. Dentro del embrollo de letras del tebeo, palabras como trono y atacar se hicieron inteligibles. Tenía en mis manos mi piedra Rossetta para descifrar los arcanos de la escritura. Solo era necesario un ejercicio de combinatoria elemental para encontrar la solución.

Lo que ocurría era que, de repente, toda la aventura de mi héroe preferido cobraba vida. El capitán decía cosas, formulaba propósitos, se hacía el duro o se alegraba del buen resultado de sus empresas. La acción sucedía en tierra de los kirguizos, un escenario de lo más exótico en la profunda Asia. Todo era nuevo y indescriptiblemente fantástico, una aventura muy superior a lo que hubiera podido imaginar. Estaba fascinado, apasionado, embrujado. Y fui descifrando todo aquello con una lentitud exasperada, por el afán de saber más y más. No paré hasta llegar al principio; después, empecé de nuevo, hasta entenderlo todo. Al terminar, todavía excitadísimo, cogí otro tebeo, y otro y otro. Mi cuarto de enfermo había dejado de ser un lugar solitario y, de repente, mi cama se había convertido en el escenario más tumultuoso y más rico de maravillas de la tierra. Todo era vida palpitante, pasiones desbocadas y acciones enérgicas, la sorpresa constante de las intrigas, el sonido enfervorizado de la palabra. Ese día aprendí a leer. Fue el mejor tesoro nunca encontrado. Un tesoro que un genio inusualmente benévolo me regaló, la fuente de la vida que lo iluminaba todo y que tenía la virtud de no agotarse nunca.

Los seres humanos somos lo que hacemos. También somos lo que decimos, lo que pensamos y lo que sentimos. Porque decir, pensar y sentir son acciones, acciones verbales. Las palabras, las decimos y a la vez nos representan. Las vivimos y nos infunden a ser lo que somos. Lo que somos, lo somos en la palabra. Por otra parte, todo lo que es verbal puede ser transcrito. La escritura, en definitiva, es una herramienta —una tecnología, como decimos ahora— que permite fijar, hacer perdurable la incesante aguaje del verbo. Todo, absolutamente todo lo que se puede decir, pensar o sentir, se puede escribir. Así, leer nos da acceso a todo lo que alguna vez se ha hecho palabra, si alguien la ha transcrito y ha sobrevivido a los avatares del tiempo. Quizás no lo es todo, pero sí una inmensidad. Un regalo por mis cinco años: el acceso al universo humano entero: el conocimiento de las ciencias, los saberes y las infinitamente vastas y variadas aventuras de la peripecia humana. Las vividas y las imaginadas. Y de la palabra —que está por todas partes y nos acompaña siempre— puede salir un libro de relatos, un estudio erudito, un tebeo, un artículo de prensa, una carta, un panfleto, un ciberdocumento. Como las partituras, que solo serán música cuando las interprete alguien, cada texto es un mundo germinal que nos reclama, un país donde habita una chispa de la esencia del hombre. Toda palabra escrita vive cuando la leemos. La resucitamos y es nuestra.

Solo lo que se transmite de unos hombres a otros puede sortear los peligros del olvido y la muerte. Todavía hoy, la escritura es el medio de transmisión más eficaz de lo que somos. Podemos leer los himnos que los sacerdotes egipcios grabaron en la piedra de las pirámides hace cinco mil años, y su estruendoso sentimiento de lo sagrado puede conmovernos aún; como puede cautivarnos el dolor de Gilgamesh ante Enkidu muerto, y su fracaso en la empresa —ni siquiera al alcance de un héroe como él— de ser inmortal, un llanto, escrito hace más de cuatro milenios también es nuestro. Nos conmueven las lágrimas de Príamo ante el asesino de su hijo, el ansia de Ulises por volver a casa, la visión del viejo Sócrates discutiendo incansable entre ebrios dormidos al final del Banquete, la jornada de Dante a través de infiernos y paraísos, o el viaje de Quijote y Sancho a través de unos espacios que son más prodigiosos porque construyen el sueño en lo cotidiano, o bien la extraña aventura de un niño que aprendió a leer en una larga velada de fiebre y soledad y que aún agradece este regalo inagotable. Leer es apoderarnos del mundo, una fiesta que no termina nunca.

Las letras vivas contra la “monotonía de lluvia tras los cristales”, que dijo Machado

Los seres humanos somos lo que hacemos. También somos lo que decimos, lo que pensamos y lo que sentimos. Porque decir, pensar y sentir son acciones, acciones verbales. Las palabras, las decimos y a la vez nos representan. Las vivimos y nos infunden a ser lo que somos. Lo que somos, lo somos en la palabra. Por otra parte, todo lo que es verbal puede ser transcrito. La escritura, en definitiva, es una herramienta —una tecnología, como decimos ahora— que permite fijar, hacer perdurable la incesante aguaje del verbo.
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mpecé a ir al colegio en otoño de 1963 o en invierno del 64, a los cinco años. Cuando llegué, las monjas —había que llamarlas hermanas— habían dibujado una mesa y una silla en la pizarra y, debajo, unas figuras. Las señalaban y nos hacían decir M-E-S-A y S-I-LL-A. Luego, nos hacían dibujar más figuras. Luego, silabear. Yo no encontraba ningún sentido a todo lo que me parecía inútil y aburrido. El tercer día me harté, y me negué en redondo a volver a una escuela que no me gustaba y no aprovechaba para nada. Pero mi madre se lo tomó muy mal y me llevó ella misma, arrastrándome por el camino, sin el menor ápice de piedad. Sin remedio, seguí dedicándome a ejercicios aparentemente absurdos unos cuantos días más, en medio de ese aburrimiento mortal, “monotonía de lluvia tras los cristales”, que un poema de Machado acertó muy bien a reflejar.

Era un niño enfermizo y, al poco, tuve que pasar unos días de calentura en la cama, rodeado de los mudos tebeos de mis héroes preferidos, el Capitán Trueno y el Jabato. Por supuesto, sabía que mis queridas viñetas incluían una especie de globos llenos de signos que, según me habían contado, representaban lo que los personajes iban diciendo. Pero como no sabía leer, no les hacía caso. Me conformaba en distraerme con la lujuriante riqueza de los dibujos, e interpretaba como podía los momentos de la acción. De pronto, tuve una revelación, y la palabra es justa. Descubrí que algunos de aquellos signos secretos se parecían mucho a los que trazaba en el tedio escolar. Y se hizo la luz. Miré la portada, donde tenía que decir El Capitán Trueno, y enseguida reconocí las vocales. Por tanto, los otros signos debían ser la l, la c, la p, la t, y la r. Que la t y la n aparecieran dos veces en los lugares adecuados fue una prueba suplementaria de la bondad del método. Dentro del embrollo de letras del tebeo, palabras como trono y atacar se hicieron inteligibles. Tenía en mis manos mi piedra Rossetta para descifrar los arcanos de la escritura. Solo era necesario un ejercicio de combinatoria elemental para encontrar la solución.

Lo que ocurría era que, de repente, toda la aventura de mi héroe preferido cobraba vida. El capitán decía cosas, formulaba propósitos, se hacía el duro o se alegraba del buen resultado de sus empresas. La acción sucedía en tierra de los kirguizos, un escenario de lo más exótico en la profunda Asia. Todo era nuevo y indescriptiblemente fantástico, una aventura muy superior a lo que hubiera podido imaginar. Estaba fascinado, apasionado, embrujado. Y fui descifrando todo aquello con una lentitud exasperada, por el afán de saber más y más. No paré hasta llegar al principio; después, empecé de nuevo, hasta entenderlo todo. Al terminar, todavía excitadísimo, cogí otro tebeo, y otro y otro. Mi cuarto de enfermo había dejado de ser un lugar solitario y, de repente, mi cama se había convertido en el escenario más tumultuoso y más rico de maravillas de la tierra. Todo era vida palpitante, pasiones desbocadas y acciones enérgicas, la sorpresa constante de las intrigas, el sonido enfervorizado de la palabra. Ese día aprendí a leer. Fue el mejor tesoro nunca encontrado. Un tesoro que un genio inusualmente benévolo me regaló, la fuente de la vida que lo iluminaba todo y que tenía la virtud de no agotarse nunca.

Los seres humanos somos lo que hacemos. También somos lo que decimos, lo que pensamos y lo que sentimos. Porque decir, pensar y sentir son acciones, acciones verbales. Las palabras, las decimos y a la vez nos representan. Las vivimos y nos infunden a ser lo que somos. Lo que somos, lo somos en la palabra. Por otra parte, todo lo que es verbal puede ser transcrito. La escritura, en definitiva, es una herramienta —una tecnología, como decimos ahora— que permite fijar, hacer perdurable la incesante aguaje del verbo. Todo, absolutamente todo lo que se puede decir, pensar o sentir, se puede escribir. Así, leer nos da acceso a todo lo que alguna vez se ha hecho palabra, si alguien la ha transcrito y ha sobrevivido a los avatares del tiempo. Quizás no lo es todo, pero sí una inmensidad. Un regalo por mis cinco años: el acceso al universo humano entero: el conocimiento de las ciencias, los saberes y las infinitamente vastas y variadas aventuras de la peripecia humana. Las vividas y las imaginadas. Y de la palabra —que está por todas partes y nos acompaña siempre— puede salir un libro de relatos, un estudio erudito, un tebeo, un artículo de prensa, una carta, un panfleto, un ciberdocumento. Como las partituras, que solo serán música cuando las interprete alguien, cada texto es un mundo germinal que nos reclama, un país donde habita una chispa de la esencia del hombre. Toda palabra escrita vive cuando la leemos. La resucitamos y es nuestra.

Solo lo que se transmite de unos hombres a otros puede sortear los peligros del olvido y la muerte. Todavía hoy, la escritura es el medio de transmisión más eficaz de lo que somos. Podemos leer los himnos que los sacerdotes egipcios grabaron en la piedra de las pirámides hace cinco mil años, y su estruendoso sentimiento de lo sagrado puede conmovernos aún; como puede cautivarnos el dolor de Gilgamesh ante Enkidu muerto, y su fracaso en la empresa —ni siquiera al alcance de un héroe como él— de ser inmortal, un llanto, escrito hace más de cuatro milenios también es nuestro. Nos conmueven las lágrimas de Príamo ante el asesino de su hijo, el ansia de Ulises por volver a casa, la visión del viejo Sócrates discutiendo incansable entre ebrios dormidos al final del Banquete, la jornada de Dante a través de infiernos y paraísos, o el viaje de Quijote y Sancho a través de unos espacios que son más prodigiosos porque construyen el sueño en lo cotidiano, o bien la extraña aventura de un niño que aprendió a leer en una larga velada de fiebre y soledad y que aún agradece este regalo inagotable. Leer es apoderarnos del mundo, una fiesta que no termina nunca.