Barcelona, 1.300 Km de calles y algunas polémicas

Las calles de Barcelona miden más de 1.300 kilómetros lineales. Seguramente nadie los ha recorrido en su totalidad y ni un taxista old school podría localizarlos todos en un mapa sin dudar. Sin embargo, la elección de sus nombres no siempre resulta inocua.
L

os nombres de las calles se llaman hodónimos, qué término. Y los de Barcelona los regula la Ponencia de Nomenclátor de las calles de Barcelona. Según un cómputo reciente, hay 4.518 calles en la ciudad, y el nomenclátor incluye espacios y vías públicas de todo tipo: calles, callejones, planos, plazas, placetas, paseos, avenidas, vías, rondas, pasos, pasajes, bajadas, escaleras, ramblas, traveseras, miradores, caminos y carreteras, además de muelles, espigones, playas, parques y jardines.

Mientras hay calles cuyo nombre no ha cambiado desde la edad media, los que rinden homenaje a personas o regímenes políticos son, naturalmente, más controvertidos. La Diagonal ha tenido hasta el día de hoy ocho nombres desde el día en que se abrió a mediados del siglo XIX

En el pasado más remoto, cuando la ciudad tenía un tamaño más abarcable, la mayoría de las calles ni tan siquiera tenía nombre, y la gente a menudo se refería a ellas con términos relacionados con la actividad que allí se llevaba a cabo o con lo que había físicamente. Muchos nombres medievales todavía perviven en los barrios históricos, referidos a los propietarios de las casas principales o a los gremios establecidos: Carders, Assaonadors, Basses de Sant Pere (por los estanques de agua de los molinos de harina que había), Tapineria, Agullers… No fue hasta mediados del siglo XIX que se empezaron a instalar rótulos con la denominación oficial. Y aquí empezaron los problemas.

Mientras hay calles cuyo nombre no ha cambiado desde la edad media, los que rinden homenaje a personas o regímenes políticos son, naturalmente, más controvertidos. La Diagonal ha tenido hasta el día de hoy ocho nombres desde el día en que se abrió a mediados del siglo XIX: Gran Vía Diagonal (1860), Argüelles (1874), Nacionalitat Catalana (1922), Alfonso XIII (1924), 14 de Abril (1931), Gran Vía Diagonal (1939), Generalísimo Franco (1939) y Avinguda Diagonal (1979). Una sucesión de denominaciones que contiene un subtexto suficientemente preciso sobre los avatares políticos del último siglo y medio en Barcelona.

El último y muy comentado caso es el de la retirada de la estatua dedicada a Antonio López y López. López nació en Cantabria en una familia humilde, emigró a Sevilla de niño y después se marchó a Cuba para huir de la justicia tras una oscura batalla de calle

Así de inestable es la toponimia urbana moderna, que muta en función de los cambios políticos, sociales e ideológicos. En contra de la visión utilitarista de la toponimia actual, el poder simbólico de denominar el espacio público seduce a los políticos, que en los últimos años ha desatado sucesivas polémicas en su afán de reflejar mayorías parlamentarias, valores mayoritarios o consensos sociales en el nombre de las calles o la presencia de monumentos. Y a todo esto se ha sumado una creciente participación ciudadana en las decisiones de denominar nuevas calles o de cambiar el nombre de las ya existentes.

El último y muy comentado caso es el de la retirada de la estatua dedicada a Antonio López y López. López nació en Cantabria en una familia humilde, emigró a Sevilla de niño y después se marchó a Cuba para huir de la justicia tras una oscura batalla de calle. Allí empezó como un modesto comerciante en los bajos de un edificio que era propiedad de un próspero comerciante catalán, Andre Bru Punyet. Terminó casándose con su hija, lo que le permitió utilizar la fortuna de su familia política para emprender proyectos empresariales a gran escala. Hizo fortuna creando la Compañía Transatlántica Española en el 1850, y después se hizo inmensamente rico gracias a empresas como la Compañía General de Tabacos de Filipinas y el Banco Hispano Colonial. Amigo íntimo del rey Alfonso XII, su yerno fue Eusebi Güell y su descendencia tuvo un papel preeminente durante los años dorados de la expansión barcelonesa. Fue mecenas de las artes, infatigable emprendedor y acumuló una fabulosa fortuna para la época.

Sin embargo, sus supuestas actividades como traficante de esclavos cuando aún estaba en Cuba, de las que sabemos sobre todo gracias al testimonio de su cuñado, Francesc Bru (más conocido como Pancho Bru), quien le dedicó el furioso panfleto llamado “La verdadera vida de Antonio López y López”, han terminado causando la defenestración de su monumento. La escultura ahora retirada es una obra del destacado escultor Frederic Marès (había otra anterior, que fue destruida a principios de la Guerra Civil) que descansa ahora en el almacén del Museo de Historia de Barcelona (MUHBA). La plaza de Antonio López, en la que ha quedado desnudo el pedestal de su estatua, conserva sin embargo el nombre de forma provisional. Será necesario un proceso participativo para tener un nombre nuevo, y entre los candidatos posibles destacan la plaza de las Bullangues (en homenaje a las revueltas populares que recibían este nombre) o plaza de Idrissa Diallo, un inmigrante que murió en el 2012 en el Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) de la Zona Franca.

Aunque durante la transición se cambiaron los nombres de la mayoría de calles que rendían homenaje al régimen franquista, perviven otros que conmemoran personajes históricos más remotos pero también cuestionados. Es el caso de la calle dedicada al Secretari Coloma, feroz inquisidor y promotor de la expulsión de los judíos de la península

El caso de López no es el único. Muchos de los apellidos más insignes de la ciudad tienen en su árbol genealógico antepasados con conductas que no pasarían ningún filtro de corrección política contemporáneo. Podemos recordar, por ejemplo, que en el 1872, dos décadas después de que López abandonara sus negocios caribeños y se estableciera en Barcelona, un grupo de patricios de Barcelona firmaron un manifiesto en contra de la abolición de la esclavitud en Cuba. Entre los signatarios se encontraban dos futuros obispos, Morgades y Casañas; intelectuales como Rubió i Ors y Duran i Bas; médicos como José de Letamendi e industriales y banqueros como Güell, Arnús y Ferrer i Vidal. Todos ellos están representados en el nomenclátor barcelonés actual. Cabe decir que no fue hasta el 1880 que España aprobó la ley que establecía la abolición de la esclavitud en Cuba, y que hubo ligas y manifestaciones antiabolicistas en distintas ciudades españolas durante la misma época.

Existen más casos polémicos. Aunque durante la transición se cambiaron los nombres de la mayoría de calles que rendían homenaje al régimen franquista, perviven otros que conmemoran personajes históricos más remotos pero también cuestionados. Es el caso de la calle dedicada al Secretari Coloma, feroz inquisidor y promotor de la expulsión de los judíos de la península, que próximamente recuperará su nombre original: Pau Alsina, en memoria de un obrero textil que acabó siendo senador en las Cortes Españolas. La decisión fue tomada por los vecinos tras una consulta del Ayuntamiento.

El afán de ajustar cuentas históricas puede ir muy lejos: la CUP ha pedido formalmente y diversas veces la retirada de la estatua de Cristóbal Colón, emblema del skyline barcelonés pero cuestionado por su papel en la colonización de América. También hay calles, como la de Sant Domènec del Call, que pasan más desapercibidas pero que si prestamos atención resultan problemáticas. El 5 de agosto del 1391 tuvo lugar una matanza de más de 300 judíos en la judería de Barcelona, el pogromo más grande del que se tiene noticia en Barcelona y que supuso prácticamente el fin de la comunidad judía en la ciudad. La masacre sucedió en los alrededores del día de Sant Domènec, y en su honor se bautizó la calle, que antes se conocía como calle de las Carnisseries (no en el sentido luctuoso del término sino porque allí se podía adquirir carne kosher).Conmemorar a un pogromo rindiendo homenaje a un santo católico puede resultar, por lo menos, cuestionable estéticamente.

Hace solo dos años una antigua estación de tren en París, Halle Freyssinet, fue transformada en una gran incubadora de start-ups, y a los promotores se les ocurrió bautizar una de las nuevas calles con el nombre de Steve Jobs. Pronto el alcalde se encontró con la oposición de algunos grupos políticos, que acusaban a Jobs de ser un Antonio López moderno debido a las condiciones de los trabajadores chinos que fabrican los aparatos de Apple

Otros cambios suscitan menos polémica. Pronto, el 15 de abril, el nombre del cómico Pepe Rubianes substituirá a el almirante Cervera en las placas de una de las calles más amplias del barrio de la Barceloneta. Cervera fue un destacado militar de la marina española que luchó en las guerras de Filipinas y Cuba, donde su actuación como oficial no fue especialmente brillante. Poca gente parece que lo vaya a echar de menos, y Rubianes resulta más cercano y simpático a la mayoría de vecinos.

Pero no pensemos que la controversia sobre la denominación de calles y espacio público es propia de nuestra ciudad. Sucede en todas partes, y no solo con relación a personajes del pasado: hace solo dos años una antigua estación de tren en París, Halle Freyssinet, fue transformada en una gran incubadora de start-ups, y a los promotores se les ocurrió bautizar una de las nuevas calles con el nombre de Steve Jobs. Pronto el alcalde se encontró con la oposición de algunos grupos políticos, que acusaban a Jobs de ser un Antonio López moderno debido a las condiciones de los trabajadores chinos que fabrican los aparatos de Apple. También de practicar una política empresarial de fraude fiscal a Europa. A cambio, proponían el nombre de Ada Lovelace, pionera de las tecnologías de la información y creadora del primer programa informático. La solución fue salomónica: la estación ya transformada se llama Station F, y la calle se ha dedicado finalmente a Alan Turing, científico británico pionero de la informática y de la inteligencia artificial que fue represaliado por su homosexualidad y se acabó suicidando.

Quizás la única forma de sacar el intríngulis del nomenclátor y salvarlo de la polémica constante sería adoptar una decisión radical y sustituir todos los nombres por números, según el modelo de Manhattan y de otras ciudades americanas, y borrar para siempre del espacio público las huellas de una historia no siempre digna. O, incluso mejor, encomendarse a las nuevas tecnologías y referirnos a los sitios según las coordenadas geográficas, tan asépticas e indiscutibles.

Barcelona, 1.300 Km de calles y algunas polémicas

Las calles de Barcelona miden más de 1.300 kilómetros lineales. Seguramente nadie los ha recorrido en su totalidad y ni un taxista old school podría localizarlos todos en un mapa sin dudar. Sin embargo, la elección de sus nombres no siempre resulta inocua.
L

os nombres de las calles se llaman hodónimos, qué término. Y los de Barcelona los regula la Ponencia de Nomenclátor de las calles de Barcelona. Según un cómputo reciente, hay 4.518 calles en la ciudad, y el nomenclátor incluye espacios y vías públicas de todo tipo: calles, callejones, planos, plazas, placetas, paseos, avenidas, vías, rondas, pasos, pasajes, bajadas, escaleras, ramblas, traveseras, miradores, caminos y carreteras, además de muelles, espigones, playas, parques y jardines.

Mientras hay calles cuyo nombre no ha cambiado desde la edad media, los que rinden homenaje a personas o regímenes políticos son, naturalmente, más controvertidos. La Diagonal ha tenido hasta el día de hoy ocho nombres desde el día en que se abrió a mediados del siglo XIX

En el pasado más remoto, cuando la ciudad tenía un tamaño más abarcable, la mayoría de las calles ni tan siquiera tenía nombre, y la gente a menudo se refería a ellas con términos relacionados con la actividad que allí se llevaba a cabo o con lo que había físicamente. Muchos nombres medievales todavía perviven en los barrios históricos, referidos a los propietarios de las casas principales o a los gremios establecidos: Carders, Assaonadors, Basses de Sant Pere (por los estanques de agua de los molinos de harina que había), Tapineria, Agullers… No fue hasta mediados del siglo XIX que se empezaron a instalar rótulos con la denominación oficial. Y aquí empezaron los problemas.

Mientras hay calles cuyo nombre no ha cambiado desde la edad media, los que rinden homenaje a personas o regímenes políticos son, naturalmente, más controvertidos. La Diagonal ha tenido hasta el día de hoy ocho nombres desde el día en que se abrió a mediados del siglo XIX: Gran Vía Diagonal (1860), Argüelles (1874), Nacionalitat Catalana (1922), Alfonso XIII (1924), 14 de Abril (1931), Gran Vía Diagonal (1939), Generalísimo Franco (1939) y Avinguda Diagonal (1979). Una sucesión de denominaciones que contiene un subtexto suficientemente preciso sobre los avatares políticos del último siglo y medio en Barcelona.

El último y muy comentado caso es el de la retirada de la estatua dedicada a Antonio López y López. López nació en Cantabria en una familia humilde, emigró a Sevilla de niño y después se marchó a Cuba para huir de la justicia tras una oscura batalla de calle

Así de inestable es la toponimia urbana moderna, que muta en función de los cambios políticos, sociales e ideológicos. En contra de la visión utilitarista de la toponimia actual, el poder simbólico de denominar el espacio público seduce a los políticos, que en los últimos años ha desatado sucesivas polémicas en su afán de reflejar mayorías parlamentarias, valores mayoritarios o consensos sociales en el nombre de las calles o la presencia de monumentos. Y a todo esto se ha sumado una creciente participación ciudadana en las decisiones de denominar nuevas calles o de cambiar el nombre de las ya existentes.

El último y muy comentado caso es el de la retirada de la estatua dedicada a Antonio López y López. López nació en Cantabria en una familia humilde, emigró a Sevilla de niño y después se marchó a Cuba para huir de la justicia tras una oscura batalla de calle. Allí empezó como un modesto comerciante en los bajos de un edificio que era propiedad de un próspero comerciante catalán, Andre Bru Punyet. Terminó casándose con su hija, lo que le permitió utilizar la fortuna de su familia política para emprender proyectos empresariales a gran escala. Hizo fortuna creando la Compañía Transatlántica Española en el 1850, y después se hizo inmensamente rico gracias a empresas como la Compañía General de Tabacos de Filipinas y el Banco Hispano Colonial. Amigo íntimo del rey Alfonso XII, su yerno fue Eusebi Güell y su descendencia tuvo un papel preeminente durante los años dorados de la expansión barcelonesa. Fue mecenas de las artes, infatigable emprendedor y acumuló una fabulosa fortuna para la época.

Sin embargo, sus supuestas actividades como traficante de esclavos cuando aún estaba en Cuba, de las que sabemos sobre todo gracias al testimonio de su cuñado, Francesc Bru (más conocido como Pancho Bru), quien le dedicó el furioso panfleto llamado “La verdadera vida de Antonio López y López”, han terminado causando la defenestración de su monumento. La escultura ahora retirada es una obra del destacado escultor Frederic Marès (había otra anterior, que fue destruida a principios de la Guerra Civil) que descansa ahora en el almacén del Museo de Historia de Barcelona (MUHBA). La plaza de Antonio López, en la que ha quedado desnudo el pedestal de su estatua, conserva sin embargo el nombre de forma provisional. Será necesario un proceso participativo para tener un nombre nuevo, y entre los candidatos posibles destacan la plaza de las Bullangues (en homenaje a las revueltas populares que recibían este nombre) o plaza de Idrissa Diallo, un inmigrante que murió en el 2012 en el Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) de la Zona Franca.

Aunque durante la transición se cambiaron los nombres de la mayoría de calles que rendían homenaje al régimen franquista, perviven otros que conmemoran personajes históricos más remotos pero también cuestionados. Es el caso de la calle dedicada al Secretari Coloma, feroz inquisidor y promotor de la expulsión de los judíos de la península

El caso de López no es el único. Muchos de los apellidos más insignes de la ciudad tienen en su árbol genealógico antepasados con conductas que no pasarían ningún filtro de corrección política contemporáneo. Podemos recordar, por ejemplo, que en el 1872, dos décadas después de que López abandonara sus negocios caribeños y se estableciera en Barcelona, un grupo de patricios de Barcelona firmaron un manifiesto en contra de la abolición de la esclavitud en Cuba. Entre los signatarios se encontraban dos futuros obispos, Morgades y Casañas; intelectuales como Rubió i Ors y Duran i Bas; médicos como José de Letamendi e industriales y banqueros como Güell, Arnús y Ferrer i Vidal. Todos ellos están representados en el nomenclátor barcelonés actual. Cabe decir que no fue hasta el 1880 que España aprobó la ley que establecía la abolición de la esclavitud en Cuba, y que hubo ligas y manifestaciones antiabolicistas en distintas ciudades españolas durante la misma época.

Existen más casos polémicos. Aunque durante la transición se cambiaron los nombres de la mayoría de calles que rendían homenaje al régimen franquista, perviven otros que conmemoran personajes históricos más remotos pero también cuestionados. Es el caso de la calle dedicada al Secretari Coloma, feroz inquisidor y promotor de la expulsión de los judíos de la península, que próximamente recuperará su nombre original: Pau Alsina, en memoria de un obrero textil que acabó siendo senador en las Cortes Españolas. La decisión fue tomada por los vecinos tras una consulta del Ayuntamiento.

El afán de ajustar cuentas históricas puede ir muy lejos: la CUP ha pedido formalmente y diversas veces la retirada de la estatua de Cristóbal Colón, emblema del skyline barcelonés pero cuestionado por su papel en la colonización de América. También hay calles, como la de Sant Domènec del Call, que pasan más desapercibidas pero que si prestamos atención resultan problemáticas. El 5 de agosto del 1391 tuvo lugar una matanza de más de 300 judíos en la judería de Barcelona, el pogromo más grande del que se tiene noticia en Barcelona y que supuso prácticamente el fin de la comunidad judía en la ciudad. La masacre sucedió en los alrededores del día de Sant Domènec, y en su honor se bautizó la calle, que antes se conocía como calle de las Carnisseries (no en el sentido luctuoso del término sino porque allí se podía adquirir carne kosher).Conmemorar a un pogromo rindiendo homenaje a un santo católico puede resultar, por lo menos, cuestionable estéticamente.

Hace solo dos años una antigua estación de tren en París, Halle Freyssinet, fue transformada en una gran incubadora de start-ups, y a los promotores se les ocurrió bautizar una de las nuevas calles con el nombre de Steve Jobs. Pronto el alcalde se encontró con la oposición de algunos grupos políticos, que acusaban a Jobs de ser un Antonio López moderno debido a las condiciones de los trabajadores chinos que fabrican los aparatos de Apple

Otros cambios suscitan menos polémica. Pronto, el 15 de abril, el nombre del cómico Pepe Rubianes substituirá a el almirante Cervera en las placas de una de las calles más amplias del barrio de la Barceloneta. Cervera fue un destacado militar de la marina española que luchó en las guerras de Filipinas y Cuba, donde su actuación como oficial no fue especialmente brillante. Poca gente parece que lo vaya a echar de menos, y Rubianes resulta más cercano y simpático a la mayoría de vecinos.

Pero no pensemos que la controversia sobre la denominación de calles y espacio público es propia de nuestra ciudad. Sucede en todas partes, y no solo con relación a personajes del pasado: hace solo dos años una antigua estación de tren en París, Halle Freyssinet, fue transformada en una gran incubadora de start-ups, y a los promotores se les ocurrió bautizar una de las nuevas calles con el nombre de Steve Jobs. Pronto el alcalde se encontró con la oposición de algunos grupos políticos, que acusaban a Jobs de ser un Antonio López moderno debido a las condiciones de los trabajadores chinos que fabrican los aparatos de Apple. También de practicar una política empresarial de fraude fiscal a Europa. A cambio, proponían el nombre de Ada Lovelace, pionera de las tecnologías de la información y creadora del primer programa informático. La solución fue salomónica: la estación ya transformada se llama Station F, y la calle se ha dedicado finalmente a Alan Turing, científico británico pionero de la informática y de la inteligencia artificial que fue represaliado por su homosexualidad y se acabó suicidando.

Quizás la única forma de sacar el intríngulis del nomenclátor y salvarlo de la polémica constante sería adoptar una decisión radical y sustituir todos los nombres por números, según el modelo de Manhattan y de otras ciudades americanas, y borrar para siempre del espacio público las huellas de una historia no siempre digna. O, incluso mejor, encomendarse a las nuevas tecnologías y referirnos a los sitios según las coordenadas geográficas, tan asépticas e indiscutibles.